La verdad es que me hubiera gustado mayor solidaridad feminista (y política general) con el grupo punk ruso Pussy Riot. No hubiera sido tan difícil pedir firmas por su libertad o que los partidos políticos dijeran algo, por no hablar de las asociaciones de la sociedad civil. Pero parece que un grupo de chicas jóvenes y feministas que hace música y que realizan performances no merecen mucha atención ni que se las tome en serio por más que con sus acciones estas mujeres se enfrenten pacifica pero valientemente a un estado autoritario, machista y homófobo como pocos. No han usado las armas, sino el valor y la imaginación. Hace falta mucho coraje para desafiar a las represivas leyes y a la brutal policía rusa.

Claro que también se han enfrentado a la iglesia ortodoxa, es decir a una de las instituciones más antidemocráticas y patriarcales que existen, como la iglesia de aquí o de cualquier otro sitio. Enseñar el pecho en una iglesia es una acción que no daña a nadie, que podrá ser una falta administrativa, que podrá merecer una multa según las leyes, pero si esa acción inofensiva es un delito, entonces estamos ante una ley injusta. Amnistía Internacional considera a las integrantes del grupo como presas de conciencia, cantantes y artistas de todo el mundo han pedido su liberación, incluso varios embajadores han solicitado su liberación. Aunque estas mujeres denuncian las restricciones a la libertad de expresión en Rusia, denuncian también el machismo de esa sociedad y eso debería haberles ganado las simpatías del movimiento feminista. De hecho su objetivo, en sus propias palabras es: “enriquecer la oposición cultural y política rusa con temas que nos importan; los derechos de la mujer, y de gays, lesbianas y transexuales, así como denunciar la ausencia de un mensaje político valiente en las escenas de música y arte, y la dominación masculina en todas las áreas del discurso público”. Una parte del feminismo sigue teniendo demasiado miedo a ser visto como antisistema, una parte del feminismo es demasiado conservador.

Aquí tuvimos –y tenemos- nuestro propio caso Pussy Riot con la performance que realizaron un grupo de feministas que se desnudaron en la capilla de la Universidad Complutense para denunciar la misoginia de la iglesia y el insólito hecho de que exista una capilla en una universidad pública. Dicho acto, que les valió una detención y un juicio pendiente generó una reacción de solidaridad en el ámbito de la cultura, de la izquierda y de la universidad, pero no tanto en el movimiento feminista que debe pensar que los desnudos no son manera de protestar. Pero puesto que es el cuerpo de las mujeres uno de los territorios más oprimidos, colonizados, despreciados y utilizados de cualquier cultura y siempre con el apoyo (o dirección) inestimable de las iglesias, es normal pensar que la liberación de las mujeres también pasa por el cuerpo, por adueñarse de él, y dentro de este adueñarse, por poder mostrarlo de manera diferente a ese otro “ser mostrado” que se nos impone desde fuera. El uso que se hace del cuerpo de las mujeres, determinar quién puede mostrarlo y quién no y en qué contexto, es uno de los grandes temas del feminismo y una permanente batalla aun no ganada por el feminismo.

El cuerpo femenino es mostrado sin pudor en la publicidad para vender todo tipo de cosas; es utilizado en la pornografía que se vende libremente en cualquier quiosco o librería a la vista de todo el mundo; también en cualquier revista o publicación puede mostrarse sin problemas si hace cosas “de mujeres” como dar de mamar, o en contextos en los que el desnudo –o el topless- se ha normalizado, como en la playa. El cuerpo femenino desnudo o semidesnudo lo vemos en la televisión, la fotografía o el cine sin ningún problema, todos los días a todas horas (y desde luego no estoy diciendo que no debiera verse/mostrarse sino hacerlo en condiciones de igualdad con los hombres). Pero he aquí que si ese cuerpo femenino, el mismo cuerpo, es mostrado por la propia mujer no para prestarlo a un uso comercial, no para ofrecerlo a la mirada de un público masculino, sino para darle a ese mostrarse un uso político; he aquí que si ese mismo cuerpo es utilizado para protestar contra la misoginia o el autoritarismo o la falta de democracia… entonces es un escándalo y la policía corre púdica (y brutalmente) a taparlo con una manta. Cuerpos para vender sí, cuerpos para someterse también, pero cuerpos en rebeldía no, esa parece ser la máxima que guía el espíritu de las leyes en lo que se refiere a la exhibición de los cuerpos femeninos. De ahí que, en estas condiciones, mostrar el cuerpo sea un acto político lleno de sentido.

Hay muchas maneras pacíficas de enfrentarse al autoritarismo, a la ignorancia y a la superstición opresivas; hay muchas maneras de enfrentarse a la misoginia cultural e institucional pero me parece que quienes lo hacen en condiciones extremas, de peligro físico real y sin utilizar la violencia, merecen al menos nuestro reconocimiento. En este caso merecen mi total admiración. Las Pussy Riot no son gamberras, son activistas políticas, son presas de conciencia. Existe una página web que pide su libertad  y que informa de la situación de las activistas detenidas

Fuente: Beatriz Gimeno