|  05/04/2013  |

El martes, Leonor tenía que haber vuelto al cole, pero ya nunca conseguirá restar bien, bien, como le decía su profe. Tenía seis años y su padre la asesinó justo el día que tenía que devolverla a su madre, de la que estaba separado y a la que había maltratado, razón por la que tenía una condena de seis meses de prisión, que nunca llegó a cumplir por no tener antecedentes, así como una orden de alejamiento por dos años.

Condena a prisión y dos años de alejamiento de la madre y, sin embargo, ninguna protección para Leonor. Cuando se conoció el asesinato, Jesús Galeote, el alcalde de Campillos (Málaga), donde fue asesinada Leonor, dijo que estaba consternado y que el asesino era “un hombre tranquilo”, “un muchacho apocado”. Lo mismo que debieron pensar el juez, el fiscal, los equipos psicosociales… es decir, todas las personas que debían haber protegido la vida de Leonor y no lo hicieron.

El asesinato de Leonor causó un relámpago de tristeza y horror que igual que vino se fue. Dentro de unos días, salvo su familia y amigos nadie se acordará ya de ella y dentro de unos años, probablemente sólo sea un vago recuerdo excepto para su madre, a la que nadie ni nada quitarán el dolor de haber perdido a una hija. Quizá ni siquiera nadie consiga quitarle el sentimiento de culpa de que nunca debió dejar a su hija en manos de ese hombre. Sin embargo, esa madre estaba obligada a hacerlo. La Ley Integral contempla que ningún maltratador tenga la custodia de sus hijos pero utiliza el verbo “podrán” (los jueces suspender el régimen de visitas) en vez del “tendrán”.

Así, la mayoría de los maltratadores disfruta de sus hijos e hijas, con las visitas “normales” en una separación o divorcio y, por supuesto, con sus días de vacaciones. Un podrán le costó la vida a Leonor. Y una ceguera crónica en los juzgados que, aunque pueden, no quieren proteger a los menores de los violentos. Parece que ni siquiera en los juzgados encuentran contradicción alguna en ser un maltratador con condena y, al mismo tiempo, un hombre tranquilo y buen padre.

Es uno de los mitos intocables que aún sobreviven en nuestra cultura: un maltratador puede ser un buen padre, “nada tiene que ver lo que le haga a la madre con lo que le haga a los hijos”… Tan potente es el mito que incluso algunas mujeres maltratadas lo dicen y son ellas mismas las que no quieren solicitar la suspensión de las visitas porque “me da pena quitarle a su hijo” o “mi hijo se merece un padre” o, incluso, “a mí me machacaba pero es un buen padre”.

Un mito que le ha costado la vida a Leonor, a Ruth, a José, al crío de 11 años al que su padre estampó dentro del coche después de llamar a su madre por teléfono para decirle “asómate a la ventana y verás lo que te mereces”… Un mito que provoca escenas dantescas en los puntos de encuentro donde van a parar las criaturas que tienen horror a sus padres y a las que la justicia obliga a ver bajo vigilancia porque “no se puede romper el vínculo paterno-filial”, llegan a decir los jueces por escrito. No se me ocurre ningún centro de tortura mayor para un menor –en un país que no esté en guerra o situación de conflicto-, que un punto de encuentro que, traducido, significa un lugar donde se obliga a acudir a los menores víctimas de la violencia de sus padres a pasar unas horas con ellos. Todo esto, por supuesto, en beneficio del menor que es la coletilla habitual para cualquier aberración de este tipo.

Pero el mito no sólo no desaparece, está creciendo hasta convertirse en un monstruo. Cuando el desaparecido Ministerio de Igualdad propuso en noviembre de 2010 reformar el Código Civil para que la retirada de la custodia fuera automática para los imputados por malos tratos y que también se acabara con el régimen de visitas para maltratadores, se montó uno de los típicos follones que se liaban alrededor de todas las propuestas que salían de aquella casa. No se consiguió sacar la propuesta a pesar de que en los juzgados comenzaba a verse dos nuevas estrategias que han ido en aumento con el paso del tiempo: los maltratadores denuncian sistemáticamente a sus víctimas cuando son denunciados y se apela al conocido como SAP (Síndrome de Alienación Parental, es decir, la manipulación de los pequeños por parte de la madre –nunca se utiliza para el padre-, para indisponerlos y enfrentarlos con él) para evitar así cualquier intento de separar a los maltratadores de sus hijos.

El SAP no existe, no ha sido reconocido por ninguna sociedad científica y fue inventado por un tipo, Richard Gardner, un pederasta confeso que dejó escritas cosas como: “Debe ayudarse al niño a comprender que en nuestra sociedad tenemos una actitud exageradamente punitiva y moralista respecto al abuso sexual contra niños” (1992). “Los niños son naturalmente sexuales y pueden iniciar encuentros sexuales seduciendo a un adulto” (1986). “Hay algo de pederasta en cada uno de nosotros” (1991).

Sin embargo, todos los días podemos leer sentencias como las siguientes. “Resulta más conveniente para el interés de los menores mantener la guarda paterna, señalando el propio informe que la custodia a la madre ‘podría ser peligrosa’ y con ‘riesgo de alienación parental’. No se concede la custodia compartida aunque exista un informe de la psicóloga favorable, puesto que tanto el Ministerio Fiscal como el padre se oponen a este régimen” (AP Alicante Sec 4ª, 13-5-2010). “Procede el cambio de guarda a favor del padre por el grave perjuicio que ocasiona a la hija la custodia materna hasta el punto de estar al inicio de un síndrome de alienación parental o injustificado rechazo a la figura del padre. La actitud perjudicial demostrada por la madre respecto a la hija y el grave riesgo de pérdida de la relación con su padre hace improcedente fijar un sistema de visitas para la madre” (AP Madrid. Sec.24, 23-4-2009).

Frente a esta pesadilla, el ministerio que dirige Ana Mato ha decidido que este año, por primera vez, los registros de víctimas de violencia machista incluyan también a los menores fallecidos. Yo no sé ustedes, pero yo no quiero seguir contando niños asesinados. Es hora ya de que el SAP desaparezca de los juzgados y de que en ningún caso los maltratadores puedan tener custodias ni régimen de visitas con sus hijos e hijas. Y esto sí que es “en interés del menor”.

Fuente: La Marea