El último 23 de abril, me dí una vuelta como todos los años por los puestos de libros. Miroteando aquí y allá, descubrí a Mary Ann Clark Bremer. No tenía referencias pero la portada del libro, me atrajo. Lo abrí al azar y de sus páginas brotó una prosa calma, hermosa. Un yo hilado entre referencias literarias y el susurro de Virginia Woolf y… me sentí feliz.
No encuentro mayor placer que abandonarme a cualquier chispa que me haga desempolvar mi cada vez más acentuada astenia vital. Mi aburrimiento de la realidad que nos rodea.

En mi vida no ha habido otro santuario que las bibliotecas, las bibliotecas de todos los lugares en los que he vivido, faro de quienes necesitamos más vidas que la vida propia. Biblioteca El Sol                                                                                                   (Biblioteca El Sol – Albacete)

Como muchas de vosotras, los libros, las lecturas han marcado las diferentes etapas de nuestras vidas

Distraje la infancia con una “convenientemente” edición expurgada de “Las mil y una noches” para habitar la poesía en la adolescencia hasta tal punto que en mi viaje de estudios a Granada, me gasté casi todo el dinero que me dieron en casa, en las Obras completas de Federico García Lorca. De ahí me fui al teatro griego y a la novela histórica. Luego a todo tipo de novela.
Mi existencia, entonces, se me quedaba corta y la narrativa era como esas extensiones capilares que me alargaban la vida.
Después la vida me fue tan intensa que ella sola me bastaba pero tenía tantas encrucijadas y recovecos que necesité respuestas. Tenía tantos estímulos que necesitaba herramientas para racionalizarlos, procesarlos y respuestas. Muchas respuestas. No había tiempo para viajes interiores. Muchas preguntas. Muchas respuestas.
En este momento me siento algo cansada y aburrida. Bastante aburrida. Como en un déjà vu. He vuelto a refugiarme en la narrativa. Autobiografías, biografías pero sobretodo, novela corta. Relatos… breves recorridos interiores. Pocas voces. Que no llegue al silencio pero que aleje el ruido.

Ese última alegría me la ha proporcionado la escasa obra publicada de Mary Ann Clarck Bremer.

“Cuando acabe el invierno” es un libro que os recomiendo. Un pequeño gran placer. Una exquisitez. Se lee de una sentada. Mientras tomas un café o un té. Arrebujada en tu sillón o en la cama antes de dormir o en la terraza al sol de la primavera. Os invito a su lectura y a que la disfrutéis tanto como yo la he disfrutado. Prosa de la buena. Vitaminas para la astenia vital.

Cuando acabe el invierno
Resumen: Cuando abramos estas páginas habremos llegado a un punto de la vida de su protagonista en que todo es pérdida: la muerte de su familia durante la Segunda Guerra Mundial, la muerte de su joven marido en la guerra por la creación del estado de Israel. Sólo una promesa hecha a sí misma, cifrada en la palabra «reconstrucción» p odrá ayudarla a renacer. Con la ayuda de sus libros más queridos (entre los que se encuentran en primer lugar los de Virginia Woolf, con la que «dialoga» casi a diario) y con la presencia nueva de hombres y mujeres con los que ha de aprender a vivir de manera distinta.

Esta parte de mi vida es la novela de todas las mujeres que fui después de la muerte de mi esposo. Y es la novela de muchas mujeres a las que luego conocí: cuando me abrí al mundo, cuando supe hacer y querer amigos.
Esta novela está llena de incertidumbres porque el eje de mi vida es la búsqueda y no la certeza.
Soy una mujer de mi tiempo.

El cuaderno no era mi confesor, sino el taller donde me abría en canal a mí misma y analizaba mis vísceras y mis pensamientos. Y había, dentro del cuaderno, tickets, fotografías, billetes, sellos, alguna hoja o alguna flor.”La herencia de las mujeres sensibles”, reía Fanny. “Las mujeres siempre han coleccionado levedades dentro de sus cuadernos”.
Y aquello nos parecía hermoso a las dos, formar parte de una herencia de silencio y escritorio y cubrecama. No desdeñaríamos lo que la comunidad de las mujeres nos había entregado aun sin saberlo. Y claro que el cuaderno podía ser una “bagatela”, pero no se trataba sólo del cuaderno, como tampoco se trataba sólo de las palabras de Virginia Woolf. Éramos nosotras contra el hombre victoriano, contra la cita, contra los grises convertidos en negro. Debíamos aprender a ser felices en este otro tiempo que también trataba de negársenos. No más piedras en los bolsillos de las ahogadas. No más estampas cursis con voces arrulladoras y tipografías engoladas, con el blanco o rosa que merecen, dicen, las niñas. Mejor negro antes que ese blanco, que ese rosa, que ese azul desvaído.
Mejor gris paloma, gris cielo.

Mary Ann Clark Bremer nació en Nueva York en 1928 y murió en Ginebra en 1996. Hija de una familia cosmopolita, pasó parte de su infancia viajando por Norteamérica, Inglaterra y varios países del Mediterráneo. Sus padres murieron al final de la Segunda Guerra Mundial en un ataque al buque donde viajaban, y en el que también fue herida la propia Mary Ann.
Posteriormente vivió en Israel (que abandonó contrariada por su política), Alemania, Francia (donde frecuentaría el círculo de André Malraux) y Suiza. Ya en los años 70 comenzó a escribir sus memorias alentada por el escritor Friedrich Dürrenmatt: lo hizo en forma de breves novelas de un alto lirismo y una sobriedad excepcional. La dispersión de su obra, escrita en varias lenguas y publicada siempre bajo seudónimo, hasta fecha reciente, la ha convertido en una escritora secreta que ahora, finalmente, comienza a alcanzar el reconocimiento que merece.