> Salud > El cuerpo en clave de mujerEl cuerpo en clave de mujer [1]
Se sabe de la gran cantidad de informaciones, opiniones y estudios que han proliferado sobre el cuerpo de la mujer, así como de la influencia desmesurada que ejercen los medios de comunicación acerca de la visión que la sociedad y la propia mujer tienen con respecto al cuerpo de ésta.
Que el uso y consumo del cuerpo mediatiza la relación que cada persona establece consigo misma y con el mundo es una realidad que abarca a todo ser humano. Valorando lo que hasta ahora se ha dicho y se sigue diciendo, queremos acercarnos a otra dimensión de esta realidad.
En este artículo nos vamos a detener en lo que la mujer tiene que decir al respecto, no tanto desde la crítica a este sistema que impone modas y modos de relacionarse y expresarse con el cuerpo, sino lo que ella dice, piensa y hace con su cuerpo. Desde esta perspectiva consideramos que escuchando, interpretando, analizando y reflexionando sobre lo que un grupo de mujeres universitarias nos han contando de sus cuerpos -de sí mismas- podemos aportar esas otras visiones que esta sociedad actual necesita oír, y de esta forma, aportar modos no hegemónicos de construir la propia corporeidad.
Desde que comencé mi andadura -mejor dicho, mis carreras atléticas- por el apasionante mundo del significado del cuerpo, una relación especial se establecía entre mi persona, mi conciencia, mi sensibilidad, mi aspecto físico y mis necesidades sociales; y una fuerte pugna se generaba entre lo deseado, lo admirado y lo que se ES. Descubro veinte años después, que estos interrogantes y estos modos de no querer conformarse con lo dominante, con lo que se impone y, en lo que al cuerpo se refiere, (también considero a este respecto que se puede decir lo que nos imponemos, exigimos y dejamos que nos domine) son expresiones reales y sinceras por parte de algunas mujeres, aunque poco “escuchadas” por la sociedad. Se hace necesario, pues, sensibilizarnos con esas formas de hablar y expresar el cuerpo en lo cotidiano, y a partir de ahí, obtener datos que nos faciliten la interpretación y comprensión de modelos no hegemónicos que construyen.
La corporeidad de la mujer «¿Cómo puedo yo aceptarme así con estas “pistoleras” -se señala las caderas si todo lo que vemos por el alrededor y lo que nos meten por los ojos no es así?», Helena -una de las mujeres entrevistadas- comenzaba así a relatar la visión y vivencia de su cuerpo. «Desde que era pequeña siempre he visto a mi madre y a mis hermanas haciendo dietas, preocupándose por su aspecto, las he visto sufrir y quejarse cuando no conseguían lo que querían, y me sorprendían también cuando ellas mismas decían: ¡Si esto realmente sirve de poco, no hay nada milagroso que te cambie este cuerpo! Por eso mi obsesión comenzó desde adolescente. Me han condicionado mucho porque me he visto fea, poco atractiva, me he sometido a ejercicios intensos en el gimnasio, he hecho dietas, y aún así no conseguía lo que quería. Incluso llegué a tener problemas de depresión por este tema. Un día me levanté y ví que no podía seguir siempre tan obsesionada con mi cuerpo. Me centré en los estudios y comencé a hacer algunas cosas diferentes con mi cuerpo - relajación, masajes...-, cosas que me ayudaran a conocerme y a no querer cambiar lo que no se tiene por qué cambiar. Hay algunos momentos -pocos- que me sigo agobiando, pero eso ya no es ni por asomo lo que me pasaba antes. Ahora conozco más mi cuerpo, y eso ha hecho que me sienta más segura de lo que soy y de lo que tengo».
Podría ser el testimonio de toda aquella mujer que se detiene a reflexionar y a cuestionarse interrogantes acerca de la vivencia y relación que tiene con su corporeidad, pero precisamente la falta de “espacios” [2] donde se pueda compartir esta vivencia es lo que más echan en falta estas mujeres. Nos decía al respecto Sara: «¿Por qué siempre que la mujer quiere hacer algo con su cuerpo va al gimnasio? Porque todas sabemos que allí vamos a perder peso, a marcar músculo. Me gustaría encontrar algún lugar donde simplemente hable de mi cuerpo, de lo que me gusta, de lo que no, de hacer actividades corporales que me hagan sentir bien sin tener que dejarme el pellejo en ello; me gustaría encontrar esos lugares y a esas mujeres que no siempre hablasen de si su cuerpo es bonito o no, de si está delgado o no, de si tengo que hacer una dieta, de si he perdido por aquí o por allí, de si voy a hacerme esto para estar más guapa...».
Sin obviar que “nuestra cultura” impregna valores, actitudes y modos de relación con el cuerpo, también hemos de hablar de “culturas del cuerpo”, tantas como mujeres se atrevan a expresar su vivencia y experiencia en relación a su propia corporeidad.
En este sentido, y sin intención de clasificar “modelos culturales corporales”, destacamos los significados que la mujer atribuye a su cuerpo cuando piensa y reflexiona en torno a él: el significado de cuerpo dietético, de cuerpo imaginado, de cuerpo sufrido y de cuerpo lenguajeado.
Hablar en términos de «cuerpo dietético» es hablar de la búsqueda de la belleza. Ésta ha sido siempre una «preocupación» humana, sólo que los referentes que la definen han ido cambiando históricamente. A la modernidad le corresponde esa búsqueda desde un exacerbado culto al cuerpo por medio de las más diversas técnicas. El cuerpo se convierte en un espacio de «convergencia discursiva» en el que entran en diálogo varios elementos, a saber: la higiene, la salud, la alimentación, la moda y la cultura física. Hoy por hoy, hablar del cuerpo es hablar de: eterna juventud, bienestar, placer, vitalidad, felicidad, vigorosidad, salud, fortaleza, poder, éxito, belleza, seducción... Son precisamente estos valores del discurso hegemónico los que ocupan y preocupan en el discurso que han realizado las mujeres objeto de estudio. A lo largo del análisis en torno a la dieta se ha ido constatando la importancia que se concede a esta práctica, argumentándola en términos de salud, pero dejando entrever la importancia que tiene en cuestiones relacionadas con la belleza y con la preocupación de obtener un cuerpo que responda al modelo que se «lleva».
Cuando analizamos e interpretamos los datos, se nos desvelan las «trampas», oscuridades, dificultades y consecuencias que implican asumir un modelo corporal que se impone. Creo que con un testimonio entenderemos lo que quiero decir: «Una dieta llevada con seriedad y rigor te permite conseguir disminuir el peso, mejorar las actitudes físicas y corporales y, como consecuencia, gustarse a sí misma, pero el precio es demasiado alto, ya que implica un gran sacrificio para conseguir un éxito a muy largo plazo, e incluso a veces, ese éxito es esporádico. A la larga, entrar en dinámicas de realizar dieta por motivos de mejora del aspecto físico implica efectos físicos, psíquicos y emocionales costosos, como por ejemplo, cambios de humor, mal carácter, cansancio físico, malestar, peligro para la salud... que te obligan a abandonar la dieta» (Julia).
La percepción del cuerpo en nuestra sociedad está mediatizada por un vasto “arsenal” de imágenes visuales y por el papel que juegan los medios de comunicación -en sus múltiples manifestaciones en la forma de presentarlo. Se ha idealizado un estilo de cuerpo basado en un modelo estético y físico al que le corresponde una forma determinada de vida: “consumir para sentir”. Así se puede mantener y perpetuar un modelo corporal que se nutre de imágenes y proyecciones de la cultura del bienestar y consumo. En este sentido, hablamos de la construcción de un «cuerpo imaginado», un cuerpo ficticio que se crea desde imágenes y proyecciones externas que permiten la idealización de un cuerpo saludable, fuerte, sano, perfecto, atractivo. El «cuerpo imaginado» es el cuerpo que hay que soñar, al que hay que aspirar y, ¿por qué no?, conseguir para una misma, pero también y, sobre todo, para los y las demás. Podríamos decir que el cuerpo asume rangos de belleza y estética que expresan al cuerpo exterior y que no revelan y expresan la totalidad del mundo interior de la persona, su sensibilidad, sus formas de pensar y de sentir, sus sentimientos y sus pasiones. Por ello habrá que atender a la relación que se establece entre el cuerpo deseado y el cuerpo imaginado, el cuerpo vivido por ella y el que le hace vivir el contexto en el que habita.
Las mujeres también hablan de un «cuerpo sufrido», porque cuando se trata de ir creando un cuerpo que proyecte y se identifique con el modelo corporal actual, éste tiene que ser privado de excesos -por ejemplo, comida- tiene que ser sometido a procesos de embellecimiento que lo modifiquen y no siempre son agradables de experimentar -depilación y cirugía- y también tiene que seguir disciplinas físicas que le hagan sudar y eliminar todo aquello que le sobra - mediante deporte o actividad física-. Pensamos que esta forma de vivir las prácticas corporales va propiciando una relación con el propio cuerpo basada en la creencia e idea de que para transformar a éste con éxito hay que someterlo, entrenarlo y sufrirlo. Una vez más se perpetúa la idea del «culto al cuerpo». Conseguir transformar esta creencia implica que la relación de la mujer con su cuerpo ha de pasar por espacios y prácticas que ayuden a vivir el tiempo y el esfuerzo invertido desde valoraciones y reflexiones que le permitan enjuiciar el tipo de motivaciones que le llevan a realizar dichas prácticas. Por ello, proponemos la necesidad de realizar propuestas que aborden el cuerpo de la mujer desde la experiencia personal que la habita, crear espacios donde pueda hablar sobre lo que piensa y siente y ofrecerle lugares de formación donde las prácticas no estén exclusivamente basadas en la idea de cuerpo motor, cuerpo rendimiento, cuerpo eficiente... sino también cuerpo que siente, que expresa, que enferma, que goza, que disfruta...
Si entendemos que el cuerpo no sólo es ese ámbito que expresa a los y las demás lo que nuestro aspecto físico muestra, entonces podemos convenir que hablar sobre el cuerpo implica mayores relaciones. Creo que con un ejemplo lo entenderemos: la idea extendida de que la mujer es objeto de seducción limita la actuación de ésta a dicho papel y provoca actitudes de los y las demás que no tienen por qué coincidir con lo que la mujer desea. Se espera de la mujer que sea atractiva, seductora; se le establece un límite, pero también ella puede usar ese límite para mostrar otras facetas u otros deseos. Se puede desear ser atractiva, sentirse atractiva..., o no, pero también pueden mostrar otras cualidades.
En este sentido, la presencia corporal y también el tipo de lenguaje no verbal nos ayudan a percibir que el cuerpo es plataforma de expresiones sociales, culturales y personales, aunque no se sea muy consciente de ello. Por un lado, la mujer aprovecha lo que se espera de ella (estar atractiva) para adquirir confianza, autoestima, valoración por parte de los demás, pero, por otro, no desea que se la identifique con los estereotipos que tradicionalmente se le han asignado («la mujer es solo físico»). Pensamos que esta dualidad -sentirse atractiva pero no enjuiciada por el atractivo- mantiene y sostiene el discurso social. Siguiendo a García (1994) [3] tendremos que construir los marcos en los que se desarrolla la acción, es decir, saber cuáles son los significados de los códigos de expresividad y representación, el conjunto de normas y valores sociales y públicos y las geometrías de los deseos privados, si se quiere entender qué ocurre o cómo es la realidad social y cultural en la que las mujeres jóvenes se desarrollan corporalmente.
En definitiva, habrá que ser conscientes de que muchas de las actuaciones y pensamientos que se le atribuyen al cuerpo son fruto del discurso social que se impone, producto de una tradición cultural y también de expresiones personales de vivencia y educación.
El cuerpo no es sólo lo que se ve, sino también lo que éste dice con su expresión; no es sólo lo que evoluciona física y fisiológicamente, sino también cómo se va expresando en dicha evolución. Se quiera o no, la experiencia de vivir el cuerpo imaginado induce a una manera de pensar, imaginar y soñar la corporalidad. Pensamos que adquirir la conciencia de sentir y saber que el cuerpo no es sólo lo que experimenta físicamente, sino también lo que proyecta y lo que habla a través de sus gestos, emociones y sentimientos puede ayudar a no perder las coordenadas en las cuales se haya inscrito. Se hace necesario buscar un rostro y unas formas que sean propias de la mujer y que vayan eliminando los estereotipos de «cuerpo soñado o cuerpo idealizado» para adentrarse en lo que la mujer quiere y desea Ser, un «cuerpo lenguajeado» [4], escuchado y comunicado desde sí misma.
Publicado en la revista Meridian nº 33.
[1] Los datos aportados en este artículo forman parte del trabajo de investigación que ha dado lugar a la tesis doctoral: “La construcción cultural del cuerpo: un estudio etnográfico en una población de mujeres universitarias de Almería”.
[2] Espacios en su sentido amplio (lugares, actividades, ámbitos, momentos, grupos...)
[3] García Selgas, F. (1994). El cuerpo como base del sentido de la acción social, en Reis, 68: 41-83
[4] Término acuñado de Humberto Maturana (1997) con el que expresa la necesidad del ser humano de comunicar-se a través de la palabra en y desde el cuerpo.