> Derechos reproductivos > Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) > El feminismo antirracista y la importancia de la despenalización del aborto (...)Miércoles 28 de octubre de 2009, por
“En una cultura de la dominación, una cultura que es esencialmente anti-intimidad, debemos luchar diariamente por permanecer en contacto con nosotros/as mismos/as y nuestros cuerpos, unos con otros. Especialmente las mujeres y hombres negros, ya que son nuestros cuerpos los que tan frecuentemente han sido devaluados, agobiados, heridos en el trabajo alienado. Celebrando nuestros cuerpos, participamos de una lucha liberadora que libera la mente y el corazón.” Bell Hooks, 1988 [1]
Agradezco la oportunidad de poder publicar este artículo y de contribuir al escaso arsenal existente de producción escrita de mujeres afrouruguayas. Este artículo pretende además disparar otros similares de forma de ir aportando en la construcción de nuestra historia como sujetas políticas en el marco de estructuración de la Red Nacional de Mujeres Afrouruguayas y de la construcción de su agenda política.
En esta oportunidad, me referiré a la complejidad que caracteriza la práctica del aborto en el marco de los derechos sexuales y reproductivos desde una perspectiva étnica-racial y de género. Es un aporte desde una feminista antirracista y esta construido a partir de todo lo que observé, aprendí, oí y leí de otras mujeres, creando comunidades de múltiples saberes y con fronteras imprecisas. ¿Qué sería de las mujeres sin el aliento y el apoyo de otras mujeres en tantos momentos de depresión, crisis y cambios? Esa red que incluye conocidas y desconocidas, cercanas y distantes en tiempo y/o espacio, amigas, madres, abuelas, nietas, tías, primas, sobrinas, hijas, hermanas, amigas, comadres, suegras, amigas de amigas, compañeras de estudio o trabajo, vecinas, mae de santos, hermanas de religión, etc. Me parece sumamente importante resaltar este aspecto vincular entre las mujeres por el tema a abordar, ya que sin estas redes de solidaridad y afecto la posibilidad de decidir sobre nuestros propios cuerpos sería nula, hasta podría decir que nuestra propia existencia se haría muy difícil.
Estas múltiples posiciones y lugares desde donde tomé aprendizajes y me construí como mujer afrodescendiente y como sujeta política me situó para abordar este tema, que se puede enmarcar en un análisis más amplio sobre la autonomía. Es decir, construiré un análisis sobre el embarazo que no estaba previsto, que no fue deseado, que no es intencional o que no se puede continuar, la práctica del aborto y la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo desde una perspectiva étnico-racial y de género.
Si bien este artículo trata de evitar cualquier sesgo esencialista de la categoría “mujer negra” como algo unitario y homogéneo, se trata al mismo tiempo de identificar los puntos comunes que sirvan para articular una lucha política transnacional frente al sexismo y el racismo. A su vez, se tratará de descartar cualquier sesgo victimizante de las mujeres afrodescendientes, tomándolas como sujetas de su propia transformación. Debo aclarar que a la interna de las mujeres afrodescendientes es un tema que no se ha discutido demasiado por su propia complejidad y que todo lo que expondré a continuación son posibles líneas de análisis sin pretender abordar ninguna verdad revelada.
El conocimiento aquí vertido surge de la participación y la experiencia adquirida durante 6 años como investigadora sobre el colectivo afrodescendiente en el grupo Etnia y Salud de la Facultad de Psicología, de la interacción y observación de las “fuentes de conocimiento vivas” que permiten analizar los patrones del colectivo afrodescendiente, de la experiencia como militante, así como también del análisis literario de las escritoras afroamericanas que presentan enormes posibilidades y constituyen una fuente imprescindible a la hora de hablar de las mujeres afrodescendientes y sus distintos arquetipos.
Los derechos sexuales y reproductivos desde la experiencia de las mujeres afrodescendientes
Los derechos sexuales y reproductivos son derechos humanos fundamentales y se basan en el reconocimiento de la autonomía y libertad de todas las personas respecto a la sexualidad y la reproducción, sin discriminaciones ni distinciones de sexo, edad, condición social, raza/etnia, etc. Casi siempre cuando se habla de derechos sexuales se los relaciona a las identidades o condiciones sexuales. Sin embargo dentro de lo que llamamos los derechos sexuales se engloban cosas tan importantes para el ser humano como son el placer, el deseo sexual y el erotismo. A su vez, cuando se habla de derechos reproductivos se habla de capacidad reproductiva como un destino final para las personas que nacen con sexo femenino y no se lo toma como una opción. “El orden social establece una homologación de la mujer con la madre, presentando la maternidad como algo natural, instintivo; invisibilizando la idea de la maternidad como fenómeno histórico, afectivo y volitivo” [2]
Como feminista afrodescendiente uno de los principales objetivos de esta lucha transnacional es el de promover la autonomía y en lo relativo a la temática a abordar nos referiremos a la autonomía sexual y reproductiva. La autonomía sexual en las mujeres tiene muchas dimensiones. Por un lado implica el que una mujer pueda asumirse con la capacidad y derecho de vivir su sexualidad y experimentar sus posibilidades eróticas de la forma en que mejor le plazca, estableciendo límites de lo que le resulta placentero o no, demandando aquello que le gusta y le produce placer y descubriendo en sí misma todas sus potencialidades. Desafortunadamente las mujeres no crecemos siendo entrenadas para esto, por el contrario la formación de género normativa nos exhorta a vivir la sexualidad de manera indiferenciada de la reproducción. Nos hace experimentar la sexualidad como peligro, sin contar con herramientas para enfrentar la violencia sexual e identificar mecanismos para el reconocimiento y exploración de nuestra propia sexualidad. Aprendemos parámetros y códigos rígidos que regulan no sólo nuestro deseo sino la forma en que este puede expresarse para ser considerado sano y adecuado. Así como estos estereotipos de género se refuerzan si no promovemos una reflexión sobre la sexualidad y nos permitimos cuestionarnos sobre lo impuesto, se refuerzan también discursos y prácticas discriminatorias, y con éstos, las relaciones de poder subyacentes.
Pero ¿Cómo las relaciones raciales de poder se expresan en el terreno sexual y reproductivo de las mujeres afrodescendientes?, ¿Cuál es el impacto del racismo en los/as afrodescendientes?. Para contestar estas preguntas tomaré dos líneas argumentales íntimamente relacionadas, las que separaremos simplemente a efectos de observar algunos matices que aportan al análisis: por un lado, los estereotipos y por el otro, las relaciones de género dentro del colectivo afrodescendiente [3]
Los estereotipos
El colectivo afrodescendiente expresa el sentimiento de pertenencia a un tronco étnico-cultural común, en el que ocupa un lugar preponderante un pasado histórico común relacionado a la trata esclavista y la época colonial, y los posteriores efectos transgeneracionales de este fenómeno expresados a partir de la persistencia de estereotipos e imágenes asociadas con este colectivo, los que conducen a la discriminación racial. Como sabemos la abolición de la esclavitud representó en toda América, un cambio de estatuto legal del colectivo afrodescendiente, si bien esto no se reflejó necesariamente en su integración social y/o desarrollo social, cultural o económico. Más bien, podemos decir que la mayor parte de los oficios y ocupaciones asignados al colectivo afrodescendiente continuaron la línea de las tareas que desarrollaban en la época colonial: básicamente destinados al esfuerzo físico en el caso de los hombres y a las tareas domésticas en el caso de las mujeres. Estas asignaciones estaban muy vinculadas con ciertos estereotipos que atribuían al “salvaje africano” especiales condiciones para soportar este tipo de esfuerzo, al mismo tiempo que no les reconocía capacidad intelectual para otro tipo de tarea. En especial este estereotipo tuvo un impacto muy fuerte en la sexualidad de las mujeres africanas esclavizadas ya que se las utilizó como reproductoras de mano de obra esclavizada, siendo obligadas a mantener relaciones sexuales y procrear más “piezas de ébano”. Además, la mujer africana esclavizada fue utilizada como elemento de contrainsurgencia, ya que permitir relaciones sexuales entre las personas esclavizadas y la conformación de núcleos contribuía a alcanzar ciertos niveles de armonía y a evadir, hasta cierto grado, las sublevaciones. A esto se le suma, lo que bien expresaba Sueli Carneiro, “…en todo contexto de conquista y dominación, la apropiación sexual de las mujeres del grupo derrotado es uno de los momentos emblemáticos de afirmación de la superioridad del vencedor” [4]
De esta forma las mujeres africanas y afrodescendientes eran sujetas de violencia sexual y de abuso. Esta costumbre continuó hasta muy entrado el siglo XX, evidenciada sobre todo en la utilización de las mujeres afrodescendientes para que los hijos varones jóvenes se iniciaran sexualmente. Tenemos historia de estas en nuestras familias, ya que algunos de nuestros/as bisabuelos/as o abuelos/as son producto de este tipo de relaciones. Los estereotipos no son solamente una atribución desde la cultura hegemónica “blanca”, sino que con el paso del tiempo se han ido naturalizando y han sido incorporados por muchos “negros y negras” como una caracterización válida de su “raza”. En general, cuando se habla de estereotipos, suele atribuírseles una connotación negativa, sin embargo, en algunos casos estamos describiendo aspectos que suelen ser valorados por la cultura negra porque finalmente permiten dibujar un lugar social definido. Por ejemplo “el negro” es superior al blanco en su destreza física (que lo hace ser mejor deportista y bailarín) y en su fuerza. Esto se une a otra atribución frecuente que es la que identifica a los afrodescendientes como mejor dotados sexualmente y con mejores condiciones como amantes. Estos aspectos son muy valorados por los propios afrodescendientes, quienes no reniegan de él, como sí lo hacen con otros calificativos. Se trata de una construcción compartida por varones y mujeres, ya que éstas también son consideradas (y se consideran a sí mismas) como sexualmente más atractivas que las “blancas”. Este tipo de prejuicios se expresan muy frecuentemente en nuestra cultura a través de las fantasías de compartir alguna experiencia sexual con un/a afrodescendiente, aún por parte de personas que jamás considerarían la posibilidad de constituir una pareja interracial estable.
En todos los casos mencionados, estamos detectando la supervivencia de mecanismos e imágenes ligadas a los tiempos del tráfico esclavista, y que han sido estudiadas a lo largo y ancho de todas las regiones de América y no parecen mostrar significativas variaciones en los últimos cien años. Mientras duró el comercio legal de esclavos la proporción de hombres constituía más del 70% del total [5]. El bajísimo número de mujeres provocó importantes distorsiones en la vida sexual, social y familiar de los africanos y sus descendientes, así como en las relaciones con sus patrones y con la cultura blanca hegemónica. El hecho de que una misma mujer tuviera intercambios sexuales con varios hombres, motivado (más allá de herencias culturales) por este desequilibrio numérico, contribuyó a fomentar esta imagen lujuriosa en las mujeres afrodescendientes. Este prejuicio, por otra parte, fue usado en ocasiones por algunas mujeres afrodescendientes, para tratar de obtener beneficios o relaciones más ventajosas, así como también para no perder su fuente laboral, contribuyendo a reforzar la imagen de liberalidad moral.
Desde esta situación, una vez que las esclavas fueron libres, su pasaje hacia la prostitución fue casi automático, renovándose permanentemente este círculo [6]. Este es un tema muy poco hablado en nuestro colectivo que en la mayoría de los casos conoce a muchas mujeres afrodescendientes que están presas de peligrosas redes de narcotráfico y prostitución. Más allá de lo difícil que es ir contra este tipo de redes en las que están involucrados varios poderes públicos, llama la atención la poca mención sobre esta temática en el discurso y la agenda del movimiento negro.
Las relaciones de género y la pertenencia al colectivo afrodescendiente: El feminismo antirracista como reacción
Esta violencia sexual colonial es el cimiento de todas las jerarquías de género y raza presente en nuestra sociedad. La mujer afrodescendiente es víctima de discriminaciones múltiples, padeciendo aquellas que corresponden a una sociedad de perfil patriarcal, sumadas a aquellas que resultan de su pertenencia étnico-racial. Si el movimiento negro (con un perfil masculino de liderazgo) propone en su matriz una crítica a la “democracia racial” tomada como mito fundacional de las naciones latinoamericanas y caribeñas, la crítica del movimiento de mujeres afrodescendientes se hace “cuerpo” denunciando el mestizaje como una ejercicio de la violencia sexual por parte del hombre blanco sobre las mujeres africanas e indígenas. Esta crítica es construida a lo largo de todo el proceso diaspórico y es tomado como centro de disputa política. De esta forma el cuerpo y la sexualidad son tomados como ejes centrales para el desarrollo de la autonomía de las mujeres afrodescendientes. Esta experiencia de opresión es también vivenciada a lo interno de las relaciones del propio colectivo afrodescendiente.
Esta comprobado que la mujer ocupa un lugar muy desvalorizado desde el punto de vista de sus posibilidades laborales y educativas. Esto podría denominarse el lado “objetivo” de esta discriminación. Además, ocupa un lugar desvalorizado para el hombre afrodescendiente. El fenómeno de las parejas inter-raciales es un fenómeno en el que la “combinación” más frecuente se da entre hombre negro y mujer blanca. Esta forma de constituir parejas (estables o formales) revela fantasías muy diferentes de aquellas que motivan las relaciones de hombre blanco y mujer negra (que suelen ser más efímeras o superficiales). La mujer afrodescendiente es identificada por los propios integrantes del colectivo como más “peligrosa” sexualmente, menos digna de confianza (“fatales”, “infieles”, “fogosas”, son calificativos frecuentes), y por lo tanto menos buscada como compañera para construir una familia. De esta forma la mujer afrodescendiente es moldeada por el estigma de un cuerpo concebido y visto por los demás como un cuerpo pasivo sobre el cual puede ser ejercida la violencia sexual. Aquí se expresa el drama de la interseccionalidad, captando las consecuencias estructurales y las dinámicas de interacción compleja entre dos o más ejes de subordinación (desigualdades de género y raza/etnia), los cuales se entrecruzan y potencializan (Crenshaw, 2002) como agravante de la condición de opresión que experimenta la mujer afrodescendiente. Curiosamente esta imagen, que corresponde al estereotipo analizado más arriba, coexiste con un sentimiento idealizado y muy dependiente de la figura femenina de connotación materna. Esto es por una diferencia generacional, es decir las mujeres afro jóvenes son “putas”, siempre están disponibles, y las mujeres afro adultas son las madrazas omnipotentes y omnipresentes. En este sentido, la estabilidad de los grupos familiares e incluso la supervivencia de aspectos de la cultura y la tradición, están depositados en figuras femeninas fuertes y estables. La figura masculina es sentida como débil y poco capaz de remontar las adversidades de la vida. Si bien es caracterizado como muy fuerte físicamente, y es muy valorado sexualmente, el varón se desmorona rápidamente ante las dificultades y necesita del sostén de una figura femenina fuerte para sobrellevarlas. Esta figura se repite en varias de las fuentes analizadas. El papel extremadamente duro de las mujeres afrodescendientes no es aliviado por la relación de pareja con un hombre, sino complicado precisamente por su presencia. Muchas veces este tipo de lectura es vistas de forma racista como apreciaciones producidas desde el lesbianismo, basándolo en un supuesto rechazo a lo masculino y no como una opción de placer de las mujeres. En realidad de esa visión del varón se deduce una postura crítica de las mujeres afrodescendientes a la sociedad patriarcal y racista y a las instituciones de “familia ideal” que éstas proponen para perpetuar la opresión. Podemos ver como el Racismo refuerza el papel maternal de la mujer afrodescendiente.
En este punto me interesa detenerme por un momento y diferenciar entre la matrifocalidad y el matriarcado. Muchas veces se concibe que la mujer afrodescendiente es jefa de hogar y que en general las familias afrodescendientes se destacan por los matriarcados desde una visión culturalista que alude a la continuidad del legado africano en las Américas y sobre todo en las mujeres afrodescendientes. Desde mi punto de vista se trata más bien de un patrón de resistencia y una evidencia más, de cómo la opresión de género y raza se hace cuerpo en las mujeres afrodescendientes. Las mujeres afrodescendientes somos occidentales, vivimos con patrones occidentales, lo que lleva a esa situación de matrifocalidad fue precisamente el proceso de esclavitud y el impacto del Racismo y del Sexismo en nosotras. Es por eso que nosotras lejos de una visión culturalista privilegiamos un posicionamiento político de denuncia sobre la vivencia de un cuerpo colonial en vistas de construir el sujeto político mujer afrodescendiente como sujeto crítico de su realidad, protagonista de su propia transformación y de su emancipación.
Las agendas feministas toman en su centralidad el cuerpo, desafiando mecanismos de poder/saber de la biomedicina que regulan la reproducción individual/biológica y social de los/as ciudadanos/as que son considerados desechables (marginales, parias, etc) de las sociedades actuales. De esta forma se trabaja en la noción de biopolítica donde desde una perspectiva feminista antirracista se enfatiza que el cuerpo de las mujeres afrodescendientes sufre y produce una identificación afro-diaspórica. De esta forma partimos de una concepción desde la cual las mujeres afrodescendientes comparten el mismo punto de vista singular [7], perspectiva construida desde las diferentes experiencias reunidas en nuestros propios cuerpos que conjugan los dolores y los arquetipos que marcan, históricamente, nuestras vidas. El cuerpo pasa de ser objeto a constituirse en agente que vivencia el mundo que carga consigo los marcos de una experiencia concreta, así como también las posibilidades de transformación (Csordas, 2008). El cuerpo colonial (crítica pos colonial que realiza Frantz Fanon) es transformado en un locus de resistencia de múltiples opresiones, entrando en las disputas políticas feministas antirracistas. El mismo se hace evidente a través de la acción política.
En este sentido como feminista antirracista resalto la necesidad de la construcción de nuevos modelos y la importancia del tema derechos sexuales y reproductivos para deconstruir las imágenes hiperotizadas de las personas afrodescendientes, que a su vez suponen el cumplimiento con la expectativas de los/as otros/as (la mirada blanca), lo que a su vez suponen un estímulo adicional para tomar conductas de riesgo. En este sentido es muy importante apuntar al empoderamiento referido a los procesos que pretenden desarticular las relaciones de dominación a las cuales las mujeres afrodescendientes son sometidas. Lo anterior da cuenta de las restricciones existentes para ejercer la autonomía en el plano sexual por parte de las mujeres afrodescendientes. El impacto del género y del Racismo constituye una forma de discriminación agravada que también, como consecuencia, impactan directamente en la autonomía reproductiva.
Los derechos reproductivos y el reconocimiento de la práctica del aborto desde una perspectiva feminista antirracista
“La historiadora y jurista italiana Giullia Galeotti (2004), señala que en la antigüedad, fundamentalmente en las civilizaciones grecorromanas, el aborto era en particular una cuestión de mujeres, así como lo eran la gravidez y el parto.” [8] Naturalmente esos tres estados son los posibles para todas las mujeres con una vida sexual activa y con una capacidad reproductiva corriente. Es evidente que las mujeres prefieren no embarazarse a tener que abortar cuando consideran que están frente a un embarazo que no estaba previsto, que no fue deseado, que no es intencional o que no se puede continuar. Esa preferencia queda en evidencia por lo extendido que esta el uso de métodos anticonceptivos modernos y eficaces cuando estos se encuentran disponibles y son accesibles. En esa situación las opciones son escasas: se prosigue con el embarazo y se da en adopción al recién nacido/a o se define la interrupción. La decisión dependerá de varios factores, pero en definitiva podemos decir que es la práctica del aborto la forma en la que las mujeres han podido resolver el conflicto de un embarazo no elegido y no deseado. “Hasta la aparición de los métodos anticonceptivos modernos, fue casi la única manera de ejercer la vida sexual sin fines reproductivos. A pesar de estar en el siglo XXI, los embarazos no planificados y los abortos siguen ocurriendo debido, entre otras razones, a que ningún método anticonceptivo es totalmente eficaz; existen relaciones sexuales forzadas y/o sin consentimiento; el factor subjetivo es una dimensión central cuando se trata de la sexualidad y la reproducción (las personas cometen omisiones, errores, olvidos) y, en muchas oportunidades, no se puede asumir la responsabilidad de la maternidad y/o paternidad o se tienen otros proyectos de vida” [9]. Es decir que, el aborto voluntario es una estrategia social de hecho para la regulación de la fecundidad, más allá del contexto legal restrictivo, las conductas sociales que condenan esta práctica, la soledad y el silencio con la que se transita sobre el mismo. De hecho, en este contexto lo único que aumenta es la práctica del mismo en forma insegura y las consecuentes complicaciones que pueden llegar a poner en riesgo la vida de las mujeres.
En este marco, ¿Qué garantías y que margen para el ejercicio de la autonomía y la capacidad de elegir sobre su propio cuerpo tienen las mujeres afrodescendientes? ¿Cómo los factores subjetivos y simbólicos están incidiendo en la toma de decisión? Queremos resaltar que históricamente las mujeres africanas y afrodescendientes han abortado evitando que su descendencia tuviera que pasar por los martirios de esclavitud [10]. La opción por el aborto o por dar muerte a su descendencia se da en el marco de la ausencia total de derechos. Luego de esta etapa, y por el contrario, no por voluntad de las mujeres sino por voluntad de los Estados, se han desarrollado distintos ejemplos de políticas eugenésicas y racistas públicas que siempre han estado dirigidas hacia las mujeres pobres, indígenas y afrodescendientes. En este marco las feministas antirracistas han estado fervientemente en contra de la estilización forzada, (Hooks, 2004; Wernerk, 2005; Carneiro, 2005; Roland, 2000), priorizando en sus demandas el derecho a la reproducción en buenas condiciones frente a la falta de acceso equitativo a los servicios públicos de salud y especialmente a los servicios integrales de salud sexual y reproductiva, que permiten una información oportuna, pertinente y calificada. La intención en esta parte es mostrar como hasta el día de hoy siguen impactando los efectos transgeneracionales de la esclavitud y como la persistencia del Racismo sigue restringiendo el ejercicio de la ciudadanía sexual y reproductiva de las mujeres afrodescendientes. Partimos de la premisa que establece que al igual que en el campo de la sexualidad, en el plano reproductivo también existen estereotipos raciales y de género que condicionan la autonomía y el ejercicio de derechos en las mujeres afrodescendientes.
Como feminista antirracista me interesa resaltar la importancia que para las mujeres afrodescendientes tiene la despenalización del aborto y cómo es importante jerarquizar en nuestras agendas esta temática en el marco del ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos. Para hablar del impacto de los estereotipos raciales y de género me interesa subrayar algunos datos sobre las mujeres afrodescendientes relativos a la temática abordada. Los últimos datos estadísticos han revelado que: “La fecundidad de las mujeres afrodescendientes es más alta que la de las mujeres blancas: al final de su vida fértil, las primeras acumulan cerca de un hijo más que las segundas. A su vez, existen tasas mayores de precocidad de las mujeres negras en el inicio de la vida reproductiva. Este fenómeno puede observarse tanto en la mayor paridez que acumulan las mujeres de origen afro en los grupos más jóvenes (15-24) como en los indicadores de edad media al nacimiento del primer hijo ” (Cabella, W. , Buchelli, M, 2006) “Por otra parte, la distribución de las mujeres respecto a la edad en que fueron madres, muestra que si bien no hay diferencias relevantes en las edades centrales de la reproducción (20-25 años), los calendarios difieren entre los grupos de edades extremos. Entre las afrodescendientes se registra una fuerte concentración de mujeres que inician la fecundidad antes de los 20 años, mientras que la participación de las mujeres de ascendencia blanca es minoritaria en este grupo y considerablemente mayor pasados los 25 años.” (Cabella, W. , Buchelli, M, 2006) La paridez de las mujeres adolescentes y jóvenes afrodescendientes es más alta que la de las mujeres blancas. Si bien hay controversia respecto a cual es la cadena causal de este fenómeno, respecto a si es la maternidad precoz el factor que incide en el peor desempeño o es que las madres jóvenes suelen provenir de hogares desaventajados, un extenso cuerpo de investigación es consistente en señalar que la maternidad temprana tiene efectos negativos sobre el desempeño social y económico futuro, en tanto compromete la acumulación de capital educativo y en consecuencia afecta su inserción en el mercado laboral y el nivel de sus remuneraciones (Hobcraft & Kiernan 1999). “La mirada conjunta con los patrones de formación de uniones sugiere que, en promedio, las mujeres negras realizan transiciones más tempranas hacia la vida adulta” [11].
Estas sentencias nos evidencian que existen diferencias en los patrones de comportamiento entre las afrodescendientes y las que no lo son. En general se trata de mujeres con menores oportunidades educativas y de desarrollo laboral, lo que las coloca en situación de desventaja en cuanto a accesibilidad a la información y a los servicios de salud. A su vez, por pertenecer a los grupos sociales más desfavorecidos están sometidas a condiciones de vida que representan un mayor riesgo para la salud, potencializado por la existencia de una muy poca cultura de la prevención. Además de la condición social creemos que el Racismo tiene influencia en estos patrones, tanto sea por el peso de la maternidad dentro del colectivo afro (matrifocalidad), como por la inexistencia de modelos alternativos que sirvan para conformar un proyecto de vida alternativo. Resaltamos como el Racismo lleva a las/os afrodescendientes a tener practicas de riesgo influenciadas por los estereotipos e imágenes racializadas relacionadas con la hipersexualizadación (están mejor dotadas/os sexualmente y tienen mejores capacidades sexuales). Estas autoimágenes conducen a cumplir expectativas ajenas y relacionadas con los estereotipos que son adoptados la mayoría de las veces por las personas afrodescendientes porque finalmente les permite situarse en un lugar social definido. Las mujeres afrodescendientes están sobrevaloradas en el imaginario colectivo en el plano sexual incidiendo y condicionando su autonomía, ya que las pone en situación de demostrar superioridad física y sexual y consecuentemente transitar por situaciones de riesgo, como por ejemplo el mantener relaciones sexuales no protegidas. La discriminación racial y de género y la persistencia del “cuerpo colonial” son factores que influyen y hace que exista un descuido y desvalorización (tanto de parte de sus compañeros sexuales como de ellas mismas) de las mujeres afrodescendientes.
A su vez, la matrifocalidad (madres omnipresentes y omnipotentes) como forma de resistencia a las adversidades que deben transitar las mujeres afrodescendientes y que les exige una postergación personal en pro de la familia y la comunidad es parte de una imagen identitaria que representa una forma adicional de opresión hacia las mujeres afrodescendientes y que se sigue transmitiendo de generación en generación con pocas posibilidades de elegir un destino diferente. Aunque no existen muchos estudios académicos al respecto, hemos observado que existe una ausencia o escasa apropiación por parte de las y los jóvenes afrodescendientes de su proyecto de vida. La hipótesis que existe es que ante la falta de oportunidades socio-económicas y culturales determinadas por pertenecer a sectores de pobreza sumadas a la falta de modelos alternativos a causa del impacto de Racismo se configura un contexto desfavorable o una incidencia negativa en la autonomía de las mujeres afrodescendientes que impacta directamente en su opción por el ejercicio de la maternidad. A falta de otros proyectos éste se constituye en un proyecto en sí mismo. Según estos datos [12] podemos decir que la condición social determina el ejercicio de la autonomía reproductiva de las mujeres afrodescendientes. Este dato en el contexto simbólico y cultural que venimos desarrollando con anterioridad evidencia como el Racismo es causal de pobreza y a su vez, cómo la discriminación racial y de género fortalecen roles reproductivos y maternales en las mujeres afrodescendientes. Desde este punto la ciudadanía feminista afrodescendiente reivindica la igualdad de oportunidades y el combate al Racismo desde una perspectiva de género que permita romper con los círculos de reproducción de modelos de opresión y permita el ejercicio de la ciudadanía plena y el desarrollo de proyectos de vida alternativos.
La articulación de género y raza que apunta a la naturalización de determinadas relaciones sociales, como los son las de género y raza, para la perpetuación de las sociedades de clases, caracterizada por su profunda desigualdad y contradicción, convive con la reivindicación feminista sobre los derechos reproductivos y el reconocimiento de la práctica del aborto como cuestión de salud pública. Muchas veces la reivindicación de la despenalización del aborto por las feministas antirracistas y la inacción de los Estados en dar solución y cambiar la penalización de esta práctica se constituye en una “nueva y perversa traducción de política pública”. En un contexto de penalización y de dificultades en el acceso a los servicios integrales de salud sexual y reproductiva y de poca difusión y ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos, el Estado esta promoviendo “indirectamente” una forma de prevención y contención de la violencia, por considerar que la fertilidad en las mujeres pobres, entre las que desproporcionadamente se encuentran las mujeres negras, se convertirían en una “fábrica de producir marginales”. Por tanto, la práctica del aborto sería tomada como una “línea auxiliar” en el combate a la violencia (Carneiro, 2007). En este sentido el cuerpo, la reproducción y los cuidados, que de por si parten de una discusión más amplia que extrapola las nociones de “bienestar”, revelan las disputas simbólicas sobre el control y el destino de los cuerpos (López, 2009) que se están tramitando en un contexto de penalización y de prohibición del ejercicio de decidir sobre el propio cuerpo.
Para finalizar y de forma circular vuelvo a Bell Hooks, y me encuentro a mi misma a través de ella que dice que “el grado en que sufrimos la opresión y explotación racista y sexista afecta el grado en el que nos sentimos capaces tanto de auto-amor como de afirmar una presencia autónoma que sea aceptable y agradable para nosotras mismas.” Entonces yo digo que… hoy me reconozco, me acepto, me posiciono, sé lo que quiero, y por eso, a pesar de todo, decido luchar por mi libertad.
[1] “Straihgtening Our Hair” Zeta Magazine, sep 1988 pp 33-37; reprd. En Good Reasons. Eds, Lester Faigley y Jack Selzer, Boston, Longman Publishers, 2001. pg. 446-452. Alisando nuestro pelo. (2006) Publicación electrónica CRITERIOS, La Habana. Traducción al español Desiderio Navarro.
[2] Rostagnol, S. (2007) “El silencio, la soledad, la censura” en Iniciativas Sanitarias contra el aborto provocado en condiciones de riesgo.
[3] Estas dos líneas de análisis tienen su base empírica en grupos de discusión realizados en el marco de la investigación “Incorporación de la variable etnia/raza en las estadísticas vitales” Equipos Etnia y Salud – Facultad de Psicología – Ministerio de Salud Pública – OPS.
[4] Carneiro, S. (2001) Ennegrecer el Feminismo: la situación de la mujer negra en América Latina a partir de una perspectiva de género.
[5] Moreno Fraginals, Manuel (1977) África en América. México: UNESCO- Siglo Veintiuno Editores.
[6] Bastide, Roger (1970) El prójimo y el extraño. El encuentro de las civilizaciones. Buenos Aires: Amorrortu.
[7] En el sentido de la teoría del punto de vista de Patricia Hill Collins
[8] Carril Berro, Elina y López Gómez, Alejandra (2008) Entre el alivio y el dolor. Mujeres, aborto voluntario y subjetividad. Trilce. Montevideo, Uruguay.
[9] Abracinskas, L., López, A (2007) “Problemas complejos, intervenciones integrales” en Iniciativas Sanitarias contra el aborto provocado en condiciones de riesgo.
[10] Podemos ver un ejemplo de ello en la película “Belove” basada en el libro del mismo título de la escritora afroestadounidense Tony Morrison.
[11] Cabella, W; Buchelli, M. Infome sobre la población uruguaya según su pertenecia racial. INE 2006
[12] Los datos surgen en función de la incorporación de la variable étnica-racial a instancias de la negociación por parte de la sociedad civil organizada afrodescendiente con Iniciativas Sanitarias (Asociación Civil de profesionales de la Salud) que funciona dentro del Centro Hospitalario Pereira Rossell y que co-gestiona los Servicios Integrales de Salud Sexual y Reproductiva.