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Entrevista a Cristina Carrasco, profesora de Teoría Económica

Sábado 6 de mayo de 2006, por Cristina Carrasco

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Entrevista cedida por la autora para Ciudad de Mujeres


Cristina Carrasco es economista, profesora del departamento de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona y autora de varios estudios, trabajos e investigaciones sobre el trabajo doméstico y el trabajo de las mujeres. Estuvo en Iruñea, invitada por Emakume Internazionalistak, para impartir un seminario dentro del curso La nueva división sexual del trabajo.

En primer lugar, el grupo en el que estás trabajando, ¿cómo nace, qué características tiene,...?

CRISTINA CARRASCO. Nuestro grupo, Dones i Treballs, se crea en el año 1994, en Barcelona, como resultado de un seminario organizado en Ca la Dona, que es un local donde varios grupos del movimiento feminista se reúnen y realizan sus actividades. Después se han ido sumando más mujeres, algunas asiduas de la casa o de su entorno, y otras que acuden por primera vez. Sobre todo, después de haber trabajado unidas en la preparación de los debates sobre trabajo para las Jornadas de los 20 años, que se celebraron en el 95, se han unido a nuestro grupo varias compañeras de otros grupos, como del Grupo de Mujeres de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona. Comento esto porque nosotras hemos reflexionado sobre el significado que ha tenido para el grupo el hecho de reunirnos y trabajar en el espacio de Ca la Dona. Este hecho nos ha proporcionado un marco de referencia y nos ha servido como caja de resonancia más allá de nuestro círculo más cercano. Además, ha supuesto un elemento de continuidad y de apertura (perspectiva más amplia, posibilidad de integrar nuevas personas) que ha influido en la evolución del grupo. También ha sido un punto de referencia para el intercambio de experiencias y reflexiones de las que se nutren nuestras discusiones: a través del puente de Ca la Dona hemos aportado temas y debates a otros espacios, dentro y fuera del movimiento feminista, y hemos recibido demandas que nos han motivado para profundizar en temáticas concretas y nos han estimulado a concretar nuestro pensamiento.

¿Con esto nos quieres decir que la elección del espacio, por ser un espacio de referencia feminista, os ha marcado en alguna medida en el aspecto ideológico?

C.C. Por concretarlo en una frase te diría que el hecho de trabajar dentro de Ca la Dona ha marcado unas coordenadas ideológicas: vinculación al movimiento feminista; funcionamiento asambleario abierto; diversidad y transversalidad; voluntad de intercambiar y compartir, por encima de los deseos de elaborar una línea correcta; definición de un objetivo amplio y abierto: el trabajar en favor de las mujeres; trabajo en red con otras mujeres que hacen otras cosas...

Y en concreto, de vuestro grupo como tal, ¿qué nos puedes contar?

C.C. De nuestro grupo valoramos sobre todo las relaciones y el vínculo que hemos establecido entre nosotras, la manera de trabajar y el conocimiento de nosotras mismas, del tema que nos ocupa y del mundo, en general, que hemos desarrollado. Desde el primer momento, hemos combinado de forma inseparable lo personal y lo colectivo, la experiencia concreta y la teoría, la voluntad de conocer y de integrar la diversidad de las vivencias; el mismo nombre del grupo ya lo dice: Mujeres (toda la diversidad) y trabajos (todas las clases).

El nuestro ha sido, y es, un espacio tanto vivencial como de reflexión, en el que lo que nos mueve es el deseo de encontrarnos, de hablar y de pensar juntas. El mismo tema de reflexión -El trabajo y el uso del tiempo- nos lleva a rechazar cualquier productivismo y a dar valor sobre todo al proceso mismo y a la satisfacción personal que encontramos. El principio y el objetivo tácitos han sido el primar la experiencia, compartir las experiencias, y reflexionar conjuntamente sobre lo vivido, y después ver qué surge... Y poco a poco se van obteniendo resultados que después cada una aplica en su propia actividad. El grupo se ha convertido así en un referente importante para nuestro estar y hacer en el mundo, y en un espacio donde transita la autoridad que nos reconocemos las unas a las otras.

Entrando más en concreto a vuestros debates y reflexiones, vosotras habéis participado en propuestas y polémicas desde la perspectiva de género, en particular en la tan aireada propuesta sindical del reparto del trabajo. ¿Qué es lo que nos puedes contar desde vuestro punto de vista?

C.C. Desde una perspectiva de mujer, los términos en los que se plantea dicha propuesta nos parecen preocupantes, particularmente cuando proviene de sectores que se suponen con mayor sensibilidad social y que apuestan por una sociedad más justa. No me refiero ahora a la discusión de los temas concretos que se debaten, sino que planteo un problema más de fondo y seguramente más grave, como es el hecho de que la perspectiva de análisis en la cual se inscribe la propuesta peca de un carácter marcadamente androcéntrico, ignorando sistemáticamente la situación y problemas específicos de las mujeres.

Así, nosotras entendemos que hay que analizar la situación que tenemos hoy en España, en relación al tema del trabajo, desde dos características relevantes: por un parte, el trabajo familiar-doméstico destinado a satisfacer necesidades de cuidados y vida cotidiana ocupa mayor número de horas que el trabajo monetizado (alrededor del 85%). Y por otro lado, las mujeres, además de dedicar más tiempo que los hombres al trabajo en total (553 y 358 minutos diarios, respectivamente), dedican más tiempo al trabajo doméstico (448 y 95 minutos diarios, repectivamente), que al trabajo profesional y a estudios (106 y 263 minutos diarios, respectivamente).

Ello quiere decir, que en cualquier proyecto de división del trabajo solidario y emancipador, que debe incluir a toda la población, pierde sentido todo planteamiento o propuesta que sólo se centre en el trabajo asalariado. En ese caso, los efectos sobre las mujeres podrían ser incluso negativos. Así, la discusión sobre una nueva organización del trabajo sólo parece razonable y coherente, desde nuestra perspectiva, si da cabida a dos cuestiones: cómo se reorganiza la producción mercantil para que todas las personas tengamos acceso a un puesto de trabajo asalariado; y cómo se comparten las actividades familiares que reproducen la vida y la fuerza de trabajo. Traducido en términos de objetivos, implica no anteponer la lógica del beneficio y el crecimiento económico a la lógica del cuidado y la consecución de una mayor calidad de vida.

Esto, en resumen, quiere decir que hay que discutir conjuntamente la posible reducción de la jornada laboral con una distribución equitativa del trabajo familiar doméstico. El otro planteamiento escamotea, de entrada, la realidad del ingente número horas de trabajo no pagadas que son realizadas en casi su totalidad por mujeres dentro del ámbito doméstico y familiar y el debate sobre quién tiene que realizarlas.

Sin embargo da la impresión de que la realidad del trabajo que realizan las mujeres ha cambiado en las últimas décadas, produciéndose una mayor incorporación de las mujeres al trabajo asalariado; ¿cambia en algo el planteamiento que nos indicas?

C.C. Efectivamente, desde hace unas décadas surge con fuerza un nuevo modelo que tiende a consolidarse: el hombre mantiene su rol pero, en cambio, la figura del ama de casa tradicional tiende a desaparecer; lo cual no significa que la mujer abandone su rol de cuidadora y gestora del hogar, sino que ahora tiene un doble rol: participa también en el mercado laboral. Las mujeres, al incorporarse al trabajo de mercado, no renuncian al trabajo familiar porque le otorgan un valor que la sociedad capitalista patriarcal -que lo traduce todo a precios o valor monetario- no ha querido reconocerle. Dicho trabajo implica relaciones afectivo/sociales difícilmente separables de la actividad misma y crea las condiciones cotidianas de la vida social en la cual se desarrollan las personas. De aquí que haya venido de denominarse la tarea civilizatoria de las mujeres. Simultáneamente a este importante cambio realizado por las mujeres no ha habido respuesta clara ni por parte de la sociedad en su conjunto (transformaciones en la organización social y laboral, incremento de servicios públicos, etc.) ni por parte del sector masculino de la población en el sentido de asumir la parte correspondiente de trabajo doméstico.

De esta manera, la nueva situación ha traído cambios importantes para las mujeres: por una parte, han logrado mayor autonomía y capacidad de decisión, lo cual está repercutiendo en la estructura familiar (aumento de divorcios, de familias monoparentales femeninas, etc.) y, por otra, han incrementado de forma importante el tiempo global de trabajo con pocas posibilidades de tiempo para sí, entendido este último como aquel del cual se tiene la posibilidad real de apropiarlo.

Otro tema o concepto importante con el que habéis incidido en estos debates sobre el trabajo es la utilización del tiempo como indicador: el tiempo para una misma y el tiempo para las demás personas como un indicador de calidad de vida. ¿Nos puedes explicar un poco más la utilización de este medidor?

C.C. Se puede comprobar mediante la mera observación de la realidad que el uso del tiempo es distinto según el sexo y clase social. Las diferencias según el sexo son claras: para los hombres, el tiempo es discontinuo: se separa claramente la actividad laboral del resto de actividades. Disponen del tiempo que no se dedica a trabajo de mercado, tanto a nivel diario (tardes, noches), como semanal o anual (fines de semana, vacaciones), o cuando se cierra el ciclo de edad activa (jubilación). Las mujeres, en cambio, si son amas de casa a tiempo completo, no terminan nunca la jornada de trabajo, y si además participan en el mercado laboral, realizan un uso intensivo del tiempo manifestando el fenómeno conocido como la doble presencia. En ambos casos, el tiempo de las mujeres es continuo: no disponen de tardes libres, ni fines de semana, ni vacaciones, ni termina su edad activa.

Si hablamos del tiempo propio, o del tiempo para sí, es importante incidir en la componente subjetiva, que indica el grado de satisfacción conseguido al utilizar el tiempo en una cierta actividad. Es decir, el tiempo en sí mismo no es un valor, ya que puede no existir la posibilidad de ocuparlo en algo que a la persona le interesa. No es un valor si no se tiene la libertad y la posibilidad real de apropiarlo. La imposibilidad de utilizarlo puede deberse a razones de diversa índole: dinero, salud, razones psicológicas... Por ejemplo, es posible que los mendigos y seguramente muchos jubilados no consideren el tiempo como un valor; más bien, a veces no saben qué hacer con el tiempo.

En este sentido de utilización de tiempo para sí es como pensamos que se puede utilizar la variante uso del tiempo como medidora de calidad de vida, y no el concepto de tiempo libre, como contrapuesto al tiempo de trabajo remunerado, que es una concepción masculina del tiempo.

Publicada en el número 95 de Hika Revista.


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