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Estudiar teología feminista: No digas que fue un sueño

Jueves 5 de noviembre de 2009, por María José Ferrer Echávarri

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Artículo cedido por su autora.


Hace unos meses, en una boda, una amiga que llevaba años sin ver me preguntó por mi vida. Le di cumplida información de mi situación personal y laboral y añadí: “Y estoy estudiando teología feminista”. “¿Teología feminista? ¿Qué es eso? ¿No son dos palabras incompatibles? ¿Cómo se estudia?”, dijo con la cara convertida en un interrogante. Sus preguntas, que dieron paso a una charla larga e interesante, me hicieron caer en la cuenta de algunas cosas, pues hasta ese momento nunca me había planteado cómo las teólogas feministas han llegado a serlo.

La teología feminista, mejor dicho, las teologías feministas, pues no hay una sola, han sido y son creadas por mujeres teólogas, sin más adjetivos, de forma autodidacta, leyéndose y estudiándose unas a otras, sirviéndose de herramientas de otras disciplinas, inspirándose en los métodos de otros estudios feministas y siendo también inspiración para otras estudiosas, partiendo siempre de la experiencia de las mujeres, haciéndose preguntas y rastreando las respuestas de manera nueva, cavando con las manos la tierra de la historia para sacar a la luz el pensamiento, la palabra y la vida de las mujeres, invisibilizadas y silenciadas durante siglos y milenios, recuperando las voces femeninas del pasado y del presente, muchas veces feministas sin saberlo, arriesgándose a recorrer caminos inexplorados, peligrosos y liberadores al mismo tiempo, exponiéndose una y otra vez…

Aunque oficialmente nacidos en la segunda mitad del siglo XX, los estudios teológicos feministas no son, sin embargo, una disciplina “en pañales”. Como mínimo, hay que reconocer que la “niña” ya ha aprendido a hablar con fluidez y, por tanto, a pensar. Es más, creo que la teología feminista es una joven adulta y capaz de crear un pensamiento valioso y profundamente transformador.

Nadie puede negar, por tanto, la existencia y la entidad de la teología feminista. Hay teólogos que incluso se atreven a afirmar que la teología feminista es la única que está aportando savia nueva a la “ciencia sobre Dios”. No obstante, la teología feminista, en el mejor de los casos, y no precisamente el más habitual, es una asignatura aislada en las facultades de Teología, especialmente en las que dependen de la Iglesia o de instituciones u órdenes eclesiales. La teología feminista no es tenida en cuenta en muchos círculos teológicos oficiales, pues se considera como algo que compete sólo a las mujeres. En muchas ocasiones, además, el feminismo se considera un peligro, cuando no algo claramente heterodoxo.

Este boicot, patente o latente, a la teología feminista tiene consecuencias. Por un lado, la invisibiliza, y esta invisibilidad dificulta el acceso a los estudios teológicos feministas de las personas interesadas en ellos. Por otra, ignora las investigaciones, trabajos y logros de las teólogas feministas. En estas condiciones, quienes quieren acceder a la teología feminista han de ser prácticamente autodidactas. Y esa ha sido mi experiencia durante casi una década.

Soy una buscadora de sentido desde que tengo uso de razón, aunque no siempre he sido consciente de ello. Unas veces, son las preguntas las que ponen en marcha una búsqueda. Otras, es precisamente la ausencia de interrogantes la que genera inquietud y un inexplicable deseo de buscar algo, algo que a menudo no se sabe qué es, hasta que se encuentra. Fue lo que me pasó con la teología feminista. Llevaba mucho tiempo buscándola, pero sólo lo supe cuando la encontré y pude poner nombre a muchas intuiciones y vivencias que, hasta entonces, no había sabido formular y, en ocasiones, ni siquiera reconocer.

Mi encuentro con la teología feminista, como muchos grandes descubrimientos, fue algo casual y confieso que no pude resistirme a ella. Desde el primer momento despertó todo mi interés y también un cierto vértigo, pues supe que no sería inmune a sus efectos. Decidí seguir buscando, pero no me resultó nada fácil, a pesar de que no estaba sola, pues formaba y formo parte de un grupo de mujeres, también buscadoras de sentido e interesadas en la teología feminista. Queríamos saber más y empezamos a trabajar algunos libros, a tientas, inventando métodos para abordarlos y formas de compartir nuestros avances. Como “buenas” estudiantes de teología feminista, teníamos que ser autodidactas…

Durante casi diez años dediqué muchas horas a buscar textos de teología feminista, buceando por Internet, leyendo libros que me llevaban a otros libros, fuera cual fuera el tema concreto que abordaran los textos, intuyendo que había mucho más, pero no sabiendo cómo llegar a ello ordenadamente. Fui conociendo la terminología teológica feminista a base leer y releer textos, cayendo en la cuenta, días después, de lo que significaba algo que había leído cincuenta páginas antes. Algunas autoras me resultaban especialmente difíciles, pero seguía adelante con la esperanza de acabar entendiendo lo que decían. En realidad, no sabía cómo organizar ni mis descubrimientos ni los conocimientos que iba adquiriendo ni las ideas que yo misma iba generando. Y, en efecto, no fui inmune al contacto con la teología feminista, pues cambiar mi punto de vista lo transformó todo.

Hace dos años, también por casualidad, descubrí EFETA, la Escuela Feminista de Teología de Andalucía, que me dio la posibilidad de estudiar teología feminista de forma sistemática y con herramientas que, como autodidacta, hubiera tardado años en manejar. Al mismo tiempo que me iniciaba como alumna de la Escuela, empecé a formar parte del equipo de Umbrales, el espacio de espiritualidad feminista de EFETA, lo que supone para mí una experiencia única de búsqueda compartida de formas nuevas de encuentro conmigo misma, con la realidad, con la naturaleza y con la Divinidad, formas que Umbrales ofrece a quien quiera acercarse a nuestro espacio.

Encontrar EFETA fue, cualitativamente, tan importante como descubrir la teología feminista, porque EFETA es mucho más que una escuela en la que se adquieren conocimientos estructurados. Es, ante todo, un proyecto que excede los límites de las enseñanzas on line que se imparten y del que forman parte todas las personas que colaboran en él, sean alumnas o profesoras (mujeres la mayoría, pero no únicamente) o integrantes de otros equipos y comités. Es un marco de pensamiento teológico y de espiritualidad feministas, en el que se generan, se expresan y se comparten ideas. Y las ideas son poderosas, muy poderosas, porque transforman el mundo y la historia. Me trasforman a mí. En los dos últimos años, mi vida ha cambiado mucho. Y yo también. Hago lo mismo que antes, pero con una perspectiva diferente, feminista y liberadora. Ordenar mis ideas, conocer otros puntos de vista, disponer de herramientas de análisis, encontrar personas con las que compartir, alimentar la autocrítica… me ha hecho más libre y más responsable, me ha descubierto un poder que no sabía que tenía, me ha dado palabras con las que expresarme y con las que luchar por lo que creo justo. También hago cosas nuevas, algunas retomadas de sueños que creía perdidos, otras, fruto de una nueva mirada que me mantiene despierta y de una nueva fuerza que me mantiene viva.

Este verano acudí a la asamblea de la Asociación de Mujeres Investigadoras en Teología (con abreviatura en inglés, ESWTR) que se celebró en Winchester. Me impresionó el valor que las teólogas europeas concedían a EFETA. Afirmaban que una escuela así era el sueño de cualquier teóloga feminista. Hace pocos días, una amiga fue testigo de cómo una conocida teóloga estadounidense le explicaba a una colega australiana qué era EFETA, mientras mostraba la mayor admiración por las teólogas españolas que habían sido capaces de poner en marcha un proyecto así. Ella también lo consideraba un sueño inalcanzable. Pero no es un sueño, sino una realidad.

Tenemos al alcance de nuestra mano la posibilidad de ser teólogas feministas superando el autodidactismo, de trabajar de una forma nueva, paritaria y liberadora, de crear conocimiento y de compartirlo, de encontrar nuevos lenguajes… Las teólogas profesoras de EFETA no tienen el título de Teología Feminista, pero quieren para sus alumnas algo mejor de lo que ellas mismas tuvieron. Quieren allanar algunos caminos, para que no se gasten todas nuestras energías en recorrer a tientas senderos en los que algunas mujeres ya han dejado sus lámparas encendidas. Quieren facilitar el acceso a los estudios teológicos feministas a todas las personas interesadas en ellos, que buscan y no siempre encuentran. Quieren que nuestro pensamiento sea reconocido y que podamos dar razón de nuestra fe en una Divinidad de la que las mujeres somos imagen perfecta y de una esperanza en un mundo donde las mujeres seamos reconocidas como seres humanos plenos, adultos, libres y responsables, capaces de pensamiento, de palabra y de acción trasformadora.

¿Vamos a renunciar a este sueño?



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