> Derechos reproductivos > Sexualidad > Género, psicoerotismo e intimidad psicológica ¿Cómo queremos y podemos (...)Domingo 1ro de julio de 2007, por
Artículo publicado con el consentimiento expreso de su autora
Las sociedades patriarcales -prevalecientes en nuestros días- se diseñan y organizan desde una prescripción de normas y valores identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad.
Lo masculino (atribuido al hombre) se erige como supremo sobre la inferiorización de lo femenino (atribuido a la mujer). Los hombres aparecen como dueños y dirigentes del mundo, de sus familias, mujeres, hijos e hijas. En el ámbito público el poder económico, político, jurídico, religioso, bélico está fundamentalmente en manos de hombres.
En el ámbito privado la aportación económica (aunque incluso sea en lo simbólico), la prescripción del orden y los valores están, predominantemente, en manos de hombres a la vez que constituyen el destino del apoyo emocional de la familia.
Estamos ante el patriarcado, ante una política de dominación masculina y dependencia femenina presente incluso en los actos aparentemente más privados y personales (la pareja, el erotismo, la sexualidad, el amor, la intimidad psicológica en la pareja, la familia).
Desde esta óptica es posible analizar temas como la constitución de la subjetividad individual, la autoestima de la mujer y del hombre, las relaciones afectivas, los desengaños amorosos e interrogar desde otro lugar a la realidad.
El patriarcado es universal y longevo. Sin embargo, el mismo no posee un fundamento esencial u ontológico que lo legitime, no hay esencias masculinas o femeninas eternas, sino que se va construyendo en lo simbólico, en la organización social y en un sistema de prácticas que crean lo material y lo espiritual y le dan continuidad a niveles macro, medio y micro estructurales a través de la socialización.
El patriarcado se impone a través de la coerción (leyes, islamismo fundamentalista, etc) o a través del consentimiento (imágenes y mitos trasmitidos). Esto último nos devela la existencia de una igualdad formal entre hombres y mujeres pues incluso, ante la autonomía económica femenina hay patriarcado, toda vez que la relación hombre-mujer se realiza de acuerdo a dinámicas e inversiones afectivas que resultan diferentes al ser ambos productos de una socialización también diferente, subsistiendo la dependencia y subordinación emocional de las mujeres.
De este modo, la presencia del amor conyugal y familiar, sostenido fundamentalmente por las mujeres sin suficiente reciprocidad en muchas ocasiones, se convierte en un pilar de dominación masculina y de inequidad afectiva.
El orden sociocultural configurado sobre la base de la sexualidad -definida históricamente- se expresa a través del género. En este caso se hace referencia a una construcción simbólica que integra los atributos asignados a las personas a partir de su sexo, a la organización diferencial y excluyente de los seres humanos en tipos femeninos y masculinos. Los valores y roles escindidos para cada género no tienen el mismo reconocimiento social. La cultura patriarcal, el sexismo que promueve se articula a una dicotómica jerarquización que acentúa la supremacía de lo masculino.
La constitución de diferencias de género es un proceso histórico y social. Incluso, la diferencia sexual no es meramente un hecho anatómico pues la construcción e interpretación de la diferencia anatómica es ella misma un proceso histórico social. Lo masculino y lo femenino no son hechos naturales o biológicos sino construcciones culturales. Es uno de los modos esenciales en que la realidad social se organiza, se construye simbólicamente y se vive.
El concepto de género se desprende y distingue del concepto de sexualidad al no articularse con lo biológico sino más bien poseer un esencia simbólica capaz incluso de torcer los destinos trazados por la biología.
Cada mujer u hombre sintetiza en la experiencia de sus propias vidas el proceso sociocultural e histórico que les hace ser precisamente ese hombre y esa mujer, sujetos de su propia cultura, con límites impuestos a su ser en el mundo por esa construcción que es el género.
El género implica a las actividades y creaciones de los sujetos, el hacer en el mundo, la intelectualidad y la afectividad, el lenguaje, concepciones, valores, el imaginario, las fantasías, los deseos, la identidad, autopercepción corporal y subjetivas, el sentido de sí mismo, los bienes materiales y simbólicos, los recursos vitales, el poder del sujeto, la capacidad para vivir, posición social, jerarquía, estatus, relación con otros, oportunidades, el sentido de la vida y los límites propios.
La sexualidad (experiencias humanas atribuidas al sexo) condensada en el género se constituye en la subjetividad de las personas y las adscribe a grupos bio-socio-psico-culturales genéricos y a condiciones de vida predeterminadas que condicionan posibilidades y potencialidades.
El orden fundado sobre la sexualidad es un orden de poder concretado en maneras de vivir con oportunidades y restricciones diferentes. Por su parte, la sociedad se encarga de instrumentar los mecanismos (pedagógicos, coercitivos, correctivos, valorativos) para hacer cumplir la normatividad asociada a la condición de género.
En el proceso de socialización -que tiene lugar a través de diversos agentes- se producen y reproducen relaciones de poder o de equidad y respeto a las diferencias así como el lenguaje social, los modelos y mecanismos para la interiorización. En esta socialización cristalizan las subculturas de género, la sociedad en general y las tradiciones culturales.
Así, el dimorfismo sexual se resignifica socialmente y se expresa en un orden de género binario: masculino-femenino, dos modos de vida, dos tipos de sujetos, de atributos eróticos, económicos, sociales, culturales, psicológicos, políticos, dos modos de ser, de sentir y de existir. En fin, la construcción de una subjetividad diferente para mujeres y hombres que se identifican con lo femenino y lo masculino respectivamente.
Los sujetos necesitan pensar, sentir y hacer de cierto modo para satisfacer las expectativas de género, la prescripción de un rol sexual que abarca los gestos, lenguaje, moda, diversiones, tiempo libre, actividades laborales, expresión de los afectos, del desempeño sexual, etc. y ser así socialmente aceptadas y aceptados.
Cada cual debe hacer lo que esté prescrito para su sexo y el género que se le adjudique de lo contrario recibirá el “castigo” de los agentes socializadores.
Y aunque éste no es un proceso mecánico ni lineal pues en el transcurso del mismo está presente el carácter activo del sujeto que interactúa en la sociedad y con la cultura, lo cierto es que desde puntos miméticos, reproductivos del rol a puntos creativos del mismo están presentes con diversidad de matices y tendencias los roles que aún -a pesar de las transformaciones actuales- sigue promoviendo la cultura patriarcal.
Las personas poseemos una expresión subjetiva individual que sintetiza todo el devenir histórico y sociocultural en el cual hemos interactuado activamente. Para la comprensión de la persona individual es necesario tener en cuenta tanto los elementos correspondientes a la integración de la propia subjetividad individual (motivaciones, necesidades, procesos psicodinámicos, vivencias, autoaceptación, procesos autovalorativos, cosmovisiones y guiones de vida, mitos) como la subjetivación que se haga de la expectativa social de género, cómo se ha interiorizado la dicotomía masculino-femenino, si ha sido crítica o acrítica la subjetivación del modelo sociocultural, de los valores, roles, comportamientos masculinos y femeninos y el modo como piensan, sienten y viven la relación cuerpo-sexualidad-género-placer.
En una misma persona pueden confluir cosmovisiones de género diversas (tradicionales religiosas y otras más modernas). Existe un sincretismo en la cultura como subjetividad, como vivencia social y también en la subjetividad individual. Sincretismo que no deja de ocasionar tensiones y conflictos.
La identidad social de género va logrando que mujeres y hombres se vayan identificando con lo femenino y lo masculino respectivamente, satisfaciendo los patrones exigidos socialmente y desarrollando una manera de autopercibirse. Sin embargo, feminidad y masculinidad no derivan de la sexualidad ni de los sexos. Ambos son moldes sociales, rígidos, pautados que gobiernan las prácticas de la sexualidad y establecen diferencias. Son normativas presentes en el deseo inconsciente y en los ideales que ritualizan y dan forma a la sexualidad en la dirección desigual que entendemos hoy como diferencias sexuales.
En la mujer, el quehacer y el sentido de la vida no se orientan hacia sí misma sino hacia los otros. Trabajar, pensar, sentir para otros, articulado todo alrededor del vínculo con los otros. Tanto interna como externamente es habitada por los otros y desplazada de sí misma.
En el centro de sus vidas no está su yo sino los otros. Esto es el núcleo del “cautiverio” o ausencia de la libertad genérica de las mujeres descrito por M. Lagarde.
La mujer ha sido educada para cuidar a los demás, aquí se encuentra gran parte de su valor social que interiorizado articula en buena medida su autoestima. Es por eso que muchas mujeres afirman obtener placer en cuidar a los demás sin darse la ocasión también de ser cuidadas. Esto lleva el implícito de la desvalorización y da lugar a la articulación de tres mitos acerca de la subjetividad femenina: ser mujer es igual a ser madre, la erótica femenina es pasiva y el amor romántico es el elemento central y estructurante de sus vidas. (Fernández, A. M.)
En la sexualidad no solo se instala la opresión genérica hacia la mujer, sino que también se expresa la represión del deseo femenino producto de la ignorancia, la invisibilidad y el miedo. A la mujer se le reprime en su sexualidad considerada también como genital y ella interioriza esa exigencia que le censura el placer y el contacto con los genitales. Sin embargo, en la mujer aparece el placer desde otro lugar que no se le censura por no ser considerado como sexualidad. Tal es el placer del contacto corporal de fuerte contenido emocional.
Lo masculino está asociado a roles instrumentales (la razón, la excelencia, la cultura, el intelecto), a la virilidad, a la potencia, eficacia y placer sexual, a la agresividad y homofobia, a la seguridad, independencia, solvencia económica y capacidad resolutiva en el ámbito público así como a la condición de emprendedor, dominador, competitivo y al rechazo por lo emocional y afectivo.
El proceso de identidad masculina se conforma en buena medida alrededor de sus genitales que simbolizan el lugar social del varón (el tamaño, la potencia) y esto nutre la autoestima y recupera el reconocimiento social en particular de sus congéneres.
Los genitales se asocian inconscientemente con la idea de poder, de ahí las frases o palabras que se apoyan en la alusión a los genitales masculinos para subrayar fuerza, ímpetu, decisión, poder, dominación.
La genitalidad forma parte de la subcultura masculina, incentivada por la sociedad falocrática e integrada a la vida cotidiana de niños en sus juegos, fantasías, comentarios.
En la mujer no existe un correlato similar e incluso estas asociaciones con los genitales masculinos terminan, en no pocos casos, por convertirse en vivencia de amenaza, de temor, de rechazo y en disfunciones sexuales femeninas.
La sexualidad masculina es medio de realización positiva para el hombre, signo de poderío y recurso para obtener a las mujeres.
La sexualidad masculina permite a cada hombre valorizarse, nutrir su autoestima a través de sus experiencias y éxitos sexuales, empoderarse mediante la apropiación sexual de las mujeres y mediante sus experiencias sexuales.
También se produce la competencia sexual intragenérica como vía de empoderamiento individual y colectivo. Es por ello que la falta de o falla en la potencia sexual se vivencia con intensa depresión.
La cultura patriarcal privilegia una visión de la sexualidad muy restringida desde lo masculino identificado con genitalidad, con heterosexualidad entre adultos, con búsqueda del orgasmo y la eyaculación. Esta es la sexualidad aceptada y que tipifica como extraño o anormal a lo que se distancie en este sentido.
En estos márgenes con no poca frecuencia ha quedado atrapado el erotismo.
Considerando que existen diversos ámbitos de expresión de este fenómeno, podríamos afirmar que la sociedad posee valores, modelos eróticos, comportamientos eróticos que se socializan a través de diversos agentes ( modelos de cuerpo, de vestuario, rituales de seducción, etc) A pesar de ser un potencial fascinante del ser humano, ha sido en no pocas ocasiones, reducido a sexo genitalizado, desnudos exhibicionistas, pornografía, confundiendo aquí sexo con erotismo situado como mercancía o anzuelo mercantil en una caricatura de una de las dimensiones más sublimes del ser humano.
Sin embargo, el erotismo no se reduce a las relaciones sexuales puntualmente entendidas sino que se expresa en diversas facetas de la vida cotidiana en su relación con lo individual, lo interpersonal y lo sociocultural. Se trata de lo sensorial, del placer en el cuerpo y en la mente y tiene extrema relación con la subjetivación de los valores de género y con el desarrollo personal.
El erotismo puede considerarse como una reproducción de valores socioculturales. “Se vive en el cuerpo -entendido como totalidad sexual, sensitiva, emocional, mental, espiritual y social- y se vive con placer” (Sanz, F. 1998 p.1).
Es la propia persona en un proceso de toma de conciencia de sí misma, de autoconocimiento, quién descubre su cuerpo, su sensibilidad, sus gustos, quien en un proceso de libertad personal en un contexto de determinación sociocultural va descubriendo qué es lo que le produce placer.
El erotismo se relaciona con la vida, lo sensorial, lo imaginario, lo espiritual, las relaciones, la vida cotidiana, la excitación y relajación del cuerpo. Es una dimensión del ser humano espiritual y carnal, fuente de energía y se relaciona con una actitud ante el placer y su descubrimiento en todas las esferas de la vida, con nuestra capacidad de gozar, de disfrutar que no solamente es sexual (desde saborear un chocolate, escuchar una voz, hasta un pleno orgasmo). Es abrirse para recibir, es capacidad para disfrutar la belleza, la naturaleza, la música.
Por eso lo que para una persona es placer, para otra puede que no lo sea. Cada cual lo entiende y lo vive de un modo propio.
Lo erótico no niega lo sexual pero lo trasciende, no se identifican. Incluso puede ser que lo erótico sea el fin en sí mismo, disfrutarse en la relación sin llegar al coito u orgasmo. Invita a descubrir sentimientos, sensaciones, a liberar temores y culpas, a combinar cuerpo y espíritu en el disfrute de la vida.
El erotismo se puede experimentar se tenga o no pareja. Se trata de lo sensorial, del placer en el cuerpo y tiene extrema relación con la subjetivación de los valores de género y con el desarrollo personal.
Aparece entonces una identidad erótica de género, maneras de vivenciar el erotismo, de fantasear, de erotizarse que marca diferencias para mujeres y hombres.
¿Qué es lo que erotiza a unas y otros? ¿Quién define lo que es erótico? ¿Qué es lo erótico para cada cual?
Toda persona es sexuada y su sexualidad y su erotismo se manifiestan de diferentes formas atendiendo a la edad, el género, la cultura y a su subjetividad.
A su vez, la propia personalidad, la autoestima, las autopercepciones y percepciones de la vida están muy condicionados por el sexo no específicamente biológico, sino por el sexo asignado culturalmente, es decir, por la condición de feminidad o masculinidad.
Mientras el hombre acrecienta su autoestima en cada puesta en práctica de su sexualidad, la mujer emerge descalificada cuando accede a sus deseos salvo que esto sea acompañado del amor del hombre, estando ausente el derecho al goce.
Estas diferencias no derivan de algo pulsional o inmanente a la sexualidad sino de la desigual valoración y legitimación de la feminidad y la masculinidad en la sociedad y del deseo sexual y el erotismo en uno u otro caso.
La escisión de género dicotomiza los cuerpos y las vivencias eróticas constituyendo dos tipos de psicoerotismo: genital, más presente en el mundo de los varones, y global, en el de las mujeres.
Esto tiene que ver con los mandatos culturales o guiones de vida para uno u otro caso articulados a los guiones propios. Se crea un código para los sujetos de una cultura y para la subcultura intragenérica que se reproduce y mantiene inconscientemente.
Existe un erotismo de género, maneras de vivenciar, de fantasear, de erotizarse según la socialización en la que hemos interactuado y según el género para el cual nos han educado. Se va creando una expectativa social de lo erótico y una expectativa erótica de género.
El hombre, de modo predominante, vive su erotismo y sexualidad en los genitales propios y ajenos y suele sentirse atraído primeramente por los atributos físicos de la mujer que por los psicológicos distinguiendo lo afectivo de lo sexual.
La cultura favorece que el varón focalice la sensibilidad, las fantasías y el placer sexual en sus genitales (masturbación entre chicos, la referencia continua a los genitales, la realidad o fantasía acerca del número de eyaculaciones), para una “anestesia” en el resto del cuerpo el cual queda“insensibilizado”, despreciado, en una suerte de psicoerotismo genital.
Entre ellos con frecuencia no existe la práctica de tocarse, no expresan la ternura en sí misma, se golpean más bien, siendo su mapa erótico prácticamente desconocido.
La represión sexual opera a la inversa que en la mujer. En los hombres incide sobre el cuerpo el cual no deben tocar, no contactar tiernamente entre ellos, lo que a veces hace que sus cuerpos estén bloqueados sensorialmente. Se fomenta más bien la genitalidad, la masturbación, las competencias fálicas, que no indican homosexualidad sino reforzamiento de la masculinidad. Todo esto provoca que el placer sexual focalizado en los genitales resulte muy intenso y se describa como más lineal.
Mientras, la mujer potencia más las emociones, los sentidos: oler, palpar, escuchar, intuir y necesita un mínimo de afecto e intimidad antes de llegar al coito.
En las mujeres se aprecia un placer más globalizado corporalmente del que no siempre son conscientes. Tocarse, besarse, abrazarse entre mujeres va desarrollando una erótica de los sentidos y de la corporalidad que integra los genitales pero que es más corporal, más global. El placer global se registra como sensación de bienestar, suave, de placer generalizado, difundido por todo el cuerpo.
Existen factores que pueden contribuir a la corporalidad, a la globalidad en la erótica femenina. Los órganos sexuales de la mujer se sitúan externa e internamente, su cuerpo sufre cambios periódicos que hacen variar los estados de ánimo y la receptividad a lo erótico lo cual puede favorecer la sensación de totalidad. A su vez, por encontrarse los genitales en el interior de su cuerpo tienen menos acceso a su conocimiento y sensaciones.
Asimismo, los propios roles tradicionales hacen que la mujer se involucre en una diversidad de tareas diversas que articulan la atención a lo doméstico, con el cuidado, con el apoyo emocional, con actividades laborales, económicas, profesionales, sociales, fuera del hogar lo cual también conduce a una perspectiva integradora, es como si desarrollara una habilidad para la simultaneidad e integración.
Existe una práctica social que ayuda a la sensibilización de nuestro cuerpo a la vez que provoca un cierre genital. Las mujeres sentimos y expresamos mucho con el cuerpo, contactamos corporalmente con otras mujeres, con los niños y niñas y como derivación del rol aprendemos a percibir mucho con los sentidos todo lo cual favorece la apertura del mapa sensitivo y genera un placer corporal difuso. El placer del contacto -que no se reprime pues desde una visión genitalista de la sexualidad no se considera sexual- caracteriza la erótica femenina, para nada pasiva como indica el mito.
A su vez, en las mujeres incide la represión sexual desde el modelo social patriarcal de sexualidad “normal” que no incluye la erótica femenina. Por tanto en la mujer se reprime el acercamiento a los genitales lo cual se subjetiva y acepta como natural, una represión sexual-genital que como correlato tiene el desarrollo de la erótica corporal, global y una cierta “anestesia” genital en especial en las mujeres que han reprimido más su sexualidad.
No menos importante es el vínculo más o menos inconsciente que muchas mujeres hacen entre la genitalidad masculina y el poder a lo cual responden con rechazo y subyace en no pocos de los problemas sexuales femeninos.
Esta represión se aprecia también en la resistencia de la mujer a autosensibilizarse, a entrar en contacto con su cuerpo, a darse tiempo para el autoconocimiento, autorresponsabilizarse con su placer. El goce del propio cuerpo y la libertad personal demanda el autoconocimiento psíquico y erótico, el psicoerotismo supone la capacidad de vivir el placer del cuerpo incluido lo imaginario, es la vivencia subjetiva de placer desde la propia individualidad.
Las fantasías eróticas han sido de los grandes tabúes de la sexualidad al quedar difusos los límites entre lo ideal y lo real, sin embargo, son fuentes importantes de placer. En la mujer se han reprimido mucho estas fantasías y en muchos casos se desconocen. No obstante, todas y todos, mujeres y hombres, tenemos un cuerpo sensible, capaz de experimentar y fantasear placer.
Las fantasías eróticas en la mujer están marcadas por la globalidad de su erotismo (sentidos, emociones, interioridad). Por ello, las fantasías se nutren mucho del placer de amar y sentirse amadas, del placer de las miradas, la voz, el olor, las caricias unidas a otras fantasías más genitales que son más reprimidas u ocultadas.
Las sensaciones globales o genitales no son inmanentes a uno u otro sexo, de hecho cualquier persona las puede tener indistintamente a lo largo de la vida. Ambas pueden formar parte a la vez de las vivencias de mujeres y de hombres, se trata de algo cultural.
En el proceso de configuración de la relación amorosa, en el tránsito del enamoramiento al amor y en la consolidación de este último, la intimidad psicológica resulta uno de los elementos vitales.
Es importante establecer una distinción entre intimidad psicológica e intimidad corporal y sexual: la intimidad corporal y sexual no requiere necesariamente de intimidad psicológica, estas pueden establecerse con más o menos facilidad, con varias personas simultáneamente o sucesivamente, sin que requiera, de modo imprescindible, de implicación personológica. A veces esto es una elección individual, cuando es éste el tipo de vínculo que el sujeto desea establecer.
Otras personas, son incapaces de intimidad psicológica y enfatizan entonces, el contacto corporal como un modo de evadir la implicación personológica, en una suerte de proliferación de “vínculos” amorosos en un contexto de vacío afectivo.
Así también, para algunos individuos con vivencia de soledad, el sexo se convierte en un fuerte intento por escapar a este malestar emocional, lo cual finalmente, ahonda la soledad.
A pesar de ser el contacto sexual un asunto de elección personal, ello no apunta siempre solo a la satisfacción de necesidades sexuales, sino que con frecuencia, constituye expresión de necesidades emocionales no resueltas (necesidades desmedidas de afecto y aprobación ante una autoestima dañada, de reafirmación de la identidad sexual, de ejercer el poder sobre otros, de determinismo externo), que encuentran en el sexo un cauce. El sexo que aparenta ser aquí un fin, pasa a ser un medio en la resolución de carencias psicológicas.
Existen también personas que no logran intimidad en ninguno de los planos. La incapacidad para el contacto íntimo, se convierte en barrera para el contacto corporal.
El sexo es uno de los modos más profundos de sentir dentro de las relaciones interpersonales, de manera que, la falta de entrega, la incapacidad para comunicarse, ocasiona dificultades sexuales en la relación así como para el disfrute erótico. A su vez, la falta de contacto físico, ciertos tabúes con respecto al sexo, al contacto corporal, al erotismo en general, pueden obstaculizar la intimidad psicológica y generar alejamiento emocional.
El contacto corporal, sexual y la intimidad psicológica, aunque diferentes, están muy interrelacionados. Aunque en la relación de pareja se transita por diversos momentos cada vez más profundos de intimidad psicológica, el punto en el que logran imbricarse el contacto sexual, el erotismo y la intimidad psicológica es el de mayor contribución al desarrollo de la personalidad y del propio vínculo.
La intimidad psicológica, apunta hacia aquella posibilidad que tiene el sujeto, a partir de su personalidad, de revelar sus sentimientos y pensamientos más profundos y que el otro con el cual se relaciona, comparta también los suyos. Es una exigencia para el desarrollo de afectos profundos y de un vínculo duradero. La intimidad psicológica, es un proceso gradual, en la medida en que el sujeto se siente correspondido y con la certeza de la confiabilidad del otro.
Supone el disfrute de la compañía del otro, intercambio de tiempo, ideas, emociones, placer, experiencias, de modo libre. La vía para alcanzarla es la comunicación afectiva, aunque la intimidad no es sinónimo de amor afectuoso, pues hay sujetos que se quieren sin expresar su mundo interno. Otras veces la intimidad se produce de modo ocasional, circunstancial.
R.Sternberg (1989) al referirse a la intimidad, habla de los sentimientos de una relación que promueven acercamiento tales como, el deseo de promover el bienestar de alguien, vivenciar la felicidad a su lado, el respeto y la validación, la entrega personal, etc., en términos de una vivencia global. Para este autor, la intimidad psicológica es un fenómeno relativamente estable al interior del vínculo y aunque su expresión manifiesta puede disminuir, se mantiene de modo latente, lo cual es diferente a la falta de intimidad propia de una relación en extinción. El sujeto puede ejercer cierto control sobre ella si la experimenta de modo consciente.
La intimidad psicológica, supone la capacidad de arriesgar la propia vulnerabilidad al compartir sentimientos que podrían no ser aceptados por la otra persona. Supone la capacidad de apertura, de autenticidad. Se trata de comunicarse en el sentido de compartir algo profundo de sí mismo, en lugar de intercambios triviales o externos que oculten de sí mismo, tanto como el más inmenso silencio.
La intimidad psicológica, se asocia a la necesidad y satisfacción mutua que origina el vínculo. Incluyendo el deseo de intercambiar las mutuas personalidades, supone ocuparnos de los conflictos íntimos, seguridad, crecimiento y bienestar propio y del otro, de respetar la privacidad, el compromiso y la responsabilidad en la relación.
Exponerse ante otro posee un elevado costo psicológico. Es disponerse a la censura que origina la apertura personal con sus aciertos y desaciertos, son los temores por lo que aflora de uno y lo que puede emanar del otro.
La intimidad psicológica, exige madurez psicológica, suficiente autoconocimiento que le posibilite al sujeto identificar sus necesidades y sentimientos, autoestima favorable que garantice cierta seguridad en sí mismo como para mantener íntegra la identidad personal ante el hecho de exponerse.
La autoidentidad y autoestima dañada, dificultan el establecimiento de la intimidad, al centrarse más el sujeto en mostrar su validez y obtener reconocimiento. Por ello, la intimidad psicológica, requiere de la capacidad de descentrarse, comprender al otro desde su óptica y lograr así el entendimiento mutuo.
Otros sujetos, angustiados ante una imagen distorsionada de sí mismos, evaden la intimidad o se entregan a una pseudointimidad simbiótica. Ante esta realidad, generan diversas argucias para evadir la intimidad y aliviar el temor de la cercanía. Una de ellas es la insensibilización, no concentrarse en la relación, desviarse hacia otras direcciones, soslayar la apertura comunicativa y comportarse conforme a roles ya conocidos, mantener luchas por el poder en el contexto de la relación lo cual limita el grado de acercamiento, la tendencia a las discusiones así como los sentimientos ambivalentes y contradictorios hacia el otro.
Hay sujetos que ostentan una intimidad egocéntrica, centrada en la satisfacción de sus propias carencias afectivas. Mientras que, la intimidad psicológica, se une al hecho de expresar responsablemente los propios sentimientos, no dañar al otro o ignorarlo a partir de una expresión egocéntrica, en monólogo, que desconozca sus necesidades.
En todo este proceso, resulta vital la intimidad con uno mismo. Quien se autoexplora poco, por temor o incapacidad, poco podrá contribuir a configurar un vínculo amoroso auténtico.
Aunque la intimidad psicológica posee gran importancia para el desarrollo de la personalidad, pues consolida la autoaceptación, confianza y seguridad, y sea uno de los nudos del amor feliz, es sin embargo una cualidad muy difícil de adquirir.
Amor e intimidad, no se logran con facilidad. Aunque sean importantes y se busquen con intensidad, no afloran siempre en condiciones espontáneas de desarrollo. Se trata de particularidades personológicas que requieren de aprendizaje.
La capacidad de intimidad psicológica, define los límites de la capacidad de amar. Según sea la tolerancia de intimidad psicológica para un sujeto, así serán sus posibilidades de amar. Asimismo, la incapacidad para la intimidad psicológica, puede constituir un freno para la relación amorosa y para el crecimiento erótico.
Las relaciones de pareja, existen en un continuum de profundidad en la propia intimidad psicológica, en movilidad desde el polo de la intimidad, apego e indiferenciación, hacia el polo de la independencia, individuación, diferenciación, pasando por sucesivos y diversos puntos intermedios entre uno y otro polo.
Cada sujeto, en dependencia de su personalidad, podrá asumir uno u otro punto vincular a partir de la comodidad emocional que le posibilite la demanda de intimidad psicológica en dicho punto.
No todos los sujetos poseen la misma capacidad para la intimidad psicológica, el mismo deseo de experimentarla o la misma posibilidad de tolerarla. Hay sujetos a quienes no les interesa o les interesa de modo restringido, selectivo, mientras que otros carecen de tal posibilidad. No obstante, la mayoría de las personas desean y necesitan de esta intimidad, aún cuando se sientan imposibilitados o defiendan una posición contraria.
Si a la comunicación superficial, le es ajena la intimidad psicológica, comunicarse sin lograr que el otro perciba nuestra subjetividad y que no tenga ocasión para mostrar la suya, es más bien pseudointimidad. Intimidad psicológica, no es sinónimo de comunicación de sentimientos, sino de la creación de un espacio común de contenidos y acciones, que se mueve desde lo más impersonal, hasta lo más personal.
“La intimidad, dice Sternberg, es un fundamento del amor, pero un fundamento que se desarrolla lentamente, y que es difícil de lograr (...) una vez que comienza a afirmarse, paradójicamente puede comenzar a diluirse, debido a la amenaza que constituye (...) en cuanto a los peligros que uno comienza a sentir con respecto a su existencia como persona independiente y autónoma(...). El resultado es un balance entre la intimidad y la autonomía, que continúa a lo largo de la vida de muchas parejas, un balance en el cual nunca se logra un equilibrio completamente estable(...), el incesante balanceo, del péndulo de la intimidad aporta gran parte del estímulo que mantiene vivas muchas relaciones”. ( 1989. pag.40).
La relación independencia intimidad, es un eje de conflicto crucial en el vínculo amoroso, uno de sus nudos vitales. Los sujetos en la relación de pareja, están en movilidad constante entre ambos polos y están definiendo, configurando y redimensionando la intensidad emocional del vínculo, en función de sus recursos personológicos, de sus concepciones, juicios, valoraciones, de sus procesos autovalorativos, que desde una síntesis articulada de toda la influencia social con la cual el sujeto ha interactuado, se expresa de modo integrado como potentes reguladores de su comportamiento, en esta esfera de la vida. Así, los matices con que se asume esta paradoja, dependen de las particularidades personológicas de los sujetos en interacción en lo cual la subjetivación de los roles de género posee especial significación.
La expresión de la intimidad -entendida como la capacidad para la apertura intelectual, emocional, para la entrega subjetiva y corporal- está atravesada por la socialización genérica y es vivida, deseada y sentida de modo diferentes por mujeres y hombres. Las mujeres mucho más socializadas para el contacto íntimo, para la apertura y contención emocional, para la fusión mientras que los hombres están mucho más socializados en la represión de los afectos y emociones, para la autonomía, para ejercer el dominio y aunque también necesitan y buscan los afectos y las emociones, la excesiva fusión e intimidad tienden a vivirla como pérdida de identidad, de autonomía por eso es más frecuente en ellos la oscilación fusión-separación.
El predominio de una sociedad masculinizada donde la sexualidad “normal” es la genitalizada y lo que se desvíe de aquí aparece como disfuncional dificulta, en no pocas ocasiones, el encuentro de pareja, la comunicación erótica, psicológica, entre mujeres más socializadas para el placer global, la intimidad psicológica, la fusión y hombres más socializados para la genitalidad y la separación.
La dicotomía en el psicoerotismo, sin dudas, provoca malestares y desencuentros pues consciente o inconscientemente muchas personas no desean asumir tales mandatos y se producen cambios como es la presencia de una mujer sexualmente más activa, que en ocasiones, genera miedo en el hombre. Se invierten los roles de dominante-dominado que a la larga es una reproducción de patrones sociales en donde sigue predominando un erotismo impuesto, aprendido sin que se transformen realmente.
A su vez, cada individuo posee sus particularidades eróticas que derivan de la integración de lo que ha subjetivado de la sociedad, la cultura, de su condición de género y lo reproducido o construido por sí mismo en este proceso. El autoconocimiento favorece el adentrarse en la erótica personal, sentirse y escucharse a sí mismo. ¿Qué me erotiza? ¿Qué nos erotiza mutuamente? ¿Cuál es el mandato sociocultural erótico?
Escucharse, darse un tiempo para sí, reconocerse como individualidad diferente, reconocerse en la conexión con los otros y con la sociedad todo en un proceso que clarifica la identidad personal y el sentido de la vida.
La vivencia subjetiva del placer y la toma de conciencia de esto es lo que posibilita la diferenciación y entrar en libertad interior para descubrir el propio psicoerotismo.
El psicoerotismo, la capacidad para el placer espiritual y corporal, puede desarrollarse, cambiar con el tiempo. De ahí la significación de una socialización más integradora de lo masculino y lo femenino y promover en niñas y niños el conocimiento y comprensión de las señales de su cuerpo. Es por esto importante conocer estas cuestiones para crecer eróticamente en los aspectos menos desarrollados y respetar las particularidades individuales sin adscribirnos necesariamente de modo rígido a prescripciones del rol lo cual redundaría en mejor comunicación a lo interno de la pareja.
Con mayor fuerza en las últimas décadas diversos sectores de mujeres han estado colocando interrogantes a su identidad femenina. Esto ha estado ocurriendo tanto con respecto a sus derechos sociales, el replanteamiento de leyes, etc, como en las relaciones de pareja, sexuales, familiares así como en la búsqueda de autonomía personal incorporando roles y valores tradicionalmente masculinos.
Hoy la mujer asiste a una vinculación más armónica entre cuerpo, placer, espiritualidad. Esto contribuye, entre otros elementos, a la recuperación de la erótica femenina, aunque aún desde un modelo masculino de genitalidad. Las mujeres vivimos hoy conflictos entre el rol femenino tradicional y las nuevas prácticas que asumimos correspondientes al rol masculino.
Los hombres también van experimentando necesidad de cambios y poco a poco van extendiéndose reflexiones y prácticas que intentan redimensionar la masculinidad tradicional, de recuperar la sensibilidad y la expresión emocional.
Autoconocerse favorece la intimidad consigo mismo elemento indispensable para el desarrollo de la intimidad psicológica. Vivir con mayor flexibilidad, alternancia e integración lo que de masculino y femenino cada cual tenemos favorece el vínculo. Reencontrarse con la propia erótica propicia el crecimiento personal. Es, en definitivas, tomar conciencia de la propia individualidad para cultivar la intimidad y el arte de amar en su sentido más amplio.
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