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Juana Doña: la alegría es la lucha

Martes 9 de diciembre de 2008, por Elvira Siurana Zaragoza

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Artículo publicado con la autorización de su autora.


Los españolitos que vinimos al mundo en la postguerra no nos encontramos las dos Españas que anunciaba Machado, solo una, la que helaba en corazón. Desde la oscuridad tuvimos que escuchar entre el silencio de nuestros mayores, intuir el desasosiego, adivinar entre el miedo, desear frente a la angustia, el conocimiento de nuestra historia. Como estrellas en la niebla fuimos recuperando los nombres de esa España expulsada, la de Machado, Picasso, Lorca, la de Rosa Chacel, Miguel Hernández, Rosa León, Alberti, Montseny, Pau Casals... En los años setenta, a través de la revista “Vindicación Feminista”, conocí a Juana Doña [1], una de esas luces que nunca ha dejado de brillar con furia. Recién salida de la prisión conservaba la misma firmeza, valor y claridad de pensamiento que ha tenido toda su vida. Años después tuve ocasión de entrevistarla para un número que la revista “Poder y Libertad” dedicó a las milicianas. Aquí transcribo un extracto de esa entrevista.

Elvira: Juana, ¿cómo empezaste tu larga lucha?

Juana: Yo nací en diciembre de mil novecientos dieciocho, en Madrid, y tenía catorce años cuando me hice de las Juventudes Comunistas. Mi padre era simpatizante del Partido, pero entonces apenas había comunistas en Madrid. Él llevó un librito a mi casa de canciones y allí estaba La Internacional, yo lo leí y me emocionó. Pensé, pobrecitos, ¿quiénes serán estos parias?, no la comprendía, de manera que fui a preguntarle a un chico del barrio que militaba en el PCE. Él me llevó por primera vez a un local del Partido que estaba en Gran Vía y que a mí me parecía la China, porque no había salido de mi barrio nunca y allí me puse a trabajar entusiasmada, tanto es así que me gané la primera paliza de mi vida, ya que llegué a casa más tarde de las diez. Era una niña con trenzas y calcetinitos. Desde ese momento y quizá por reacción a la paliza ya no lo dejé.

E.: ¿Cuál era el papel de las mujeres en la política española?

J.: Se ha dicho mucho que las mujeres durante la Guerra, en los partidos, estaban manipuladas, pues claro que sí, y ahora, como siempre, con algún matiz, ahora nos peleamos más y se ha conseguido que haya una corriente de conciencia de las mujeres, porque la vida evoluciona, la historia también, pero hay que tener en cuenta que el momento social era otro. En aquellos momentos las mujeres rompieron con un hermetismo de toda su historia. Íbamos a los sindicatos de los hombres, ¿dónde íbamos a ir?

Cuando yo ingresé en la Juventud Comunista, en enero del año treinta y tres, en Madrid, había seis mujeres. Llevábamos dos años de República. Con el fascismo se abolieron todos los derechos, y además una mentalidad de sometidas, de obedientes y miedosas, volvió otra vez al ochenta por ciento de las mujeres. Del año treinta y uno al año treinta y nueve toda Europa vivió un revulsivo. Pero lo que pasó en España con la venida de la República fue algo insólito, la politización que hubo no ha existido nunca más en la historia.

E.:¿Cuáles fueron las primeras organizaciones?

J.: El año treinta y cuatro, por la represión tras la derrota del movimiento revolucionario del treinta y cuatro, se creó Infancia Obrera con las Mujeres Antifascistas. Las organizaciones de mujeres eran semi clandestinas. En Asturias el movimiento revolucionario triunfó y estuvo dos semanas con un poder obrero y campesino, fue una maravilla, pero resultó derrotado porque se quedó aislado del resto de España. Hubo unos cuarenta mil presos, cuatro mil muertos, y quedaron cantidad de niños en la calle, y entonces creamos Infancia Obrera con las mujeres republicanas: Catalina Salmerón, que era la nieta del Presidente de la I República, una señora mayor que estaba muy bien situada en las esferas intelectuales; y Clara Campoamor, que tenía una personalidad extraordinaria y había conseguido el voto para la mujer; Dolores Ibárruri, figuraba en la Presidencia. Luego se hicieron comités en los barrios.

Yo, en menos de diez días en mi barrio Centro-Lavapiés, muy proletario entonces, me hice treinta y tres comités de Mujeres de Pro Infancia Obrera, y como yo las compañeras de otros barrios organizaron ciento de comités en Madrid y Catalunya. Nos trajimos vagones enteros de niños, y las mujeres de los comités los acogieron en sus casas. Otros se mandaron a la URSS, luego volvieron cuando triunfó el Frente Popular.

E.:¿Cómo trabajabais?

J.: Yo hablaba subida en una banqueta en las calles de mi barrio: Corredores, Mesón de Paredes, Embajadores, explicaba lo que era Infancia Obrera, lo que era el fascismo, lo que era la lucha. Se hizo un acto multitudinario de mujeres en el que hablaba Dolores para dar las gracias a todas las que se habían organizado en Madrid, y Dolores me citó a mí como ejemplo. Era la segunda salida fuera de mi barrio; yo tenía mucha dificultad para hablar en público fuera de mi barrio, donde lo hacía a pequeños grupos de mujeres como yo, y donde me sentía muy bien, y allí quedé aterrada. Recordé que había oído a Dolores decir en un mitin: “Nuestra lucha no es platónica”; salí y esa fue la única frase que dije, del derecho y del revés, y del revés y del derecho, hasta que Dolores me agarró y me sacó de la tarima diciendo: “Para que vean ustedes, no es platónica nuestra lucha”.

E.:¿Y la vida personal?

J.: Cuando empezó la guerra yo era del Partido, no era de las Juventudes, aunque tenía diecisiete años, pero me aceptaban porque era una activista tremenda, y cuando se hizo la unificación de las Juventudes Socialistas y Comunistas, yo fui delegada invitada. Mi compañero, Eugenio Mesón, era un dirigente de las Juventudes, un dirigente muy conocido. Lo que pasa es que a los de entonces ya no los conoce nadie. Nos habíamos unido Eugenio y yo el dos de mayo del año treinta y seis. Nos unimos, no nos casamos. Nos cogimos de la manita y nos fuimos, porque nos amábamos con locura y nos era imposible estar separados, aunque no teníamos donde ir. Yo le dije a mi madre: “Mamá, me voy”; mi madre, que era una maravilla y militante del Partido, me dijo: “Que seáis felices, aquí está vuestra casa cuando queráis.” Pero nosotros no queríamos ir a casa de mi madre y no teníamos donde ir; aquel día se terminaba el Congreso de Unificación de las Juventudes y fue Dolores, ella a mí me quería mucho, porque era muy chiquita y había estado en todas partes, se lo explicamos y nos prestó las llaves de su casa porque ella se iba a Asturias, pero que vergüenza y qué cosa nos dio estar en la cama de Dolores. Éramos tan puritanos y estar en la cama de Dolores nos inquietaba tanto que casi no pudimos hacer el amor y nos marchamos.

Yo era de la Comisión de la Mujer del Partido, pero no era una comisión feminista, ni muchísimo menos, era para atraer a las mujeres al partido, para ver cómo insertarlas, como mujeres pero para el partido. Se llamaba Comisión Femenina del Comité Provincial. Mi tarea era importante, era una responsable del Partido, con una actividad política, aparte de esto, como estaba estudiando y trabajando, pertenecía a muchas cosas, estaba en la Comisión de Mujeres Antifascistas y yo llevaba esta agrupación también en el Sector Sur. Entre todo eso estuve en una comisión donde se organizaron ya en el año treinta y siete, dada la imposibilidad de vivir en muchas zonas de Madrid a causa de los bombardeos, evacuaciones masivas, y yo estuve en las Comisiones de Evacuación. También estuve en la comisión en la que se requisaban los Hoteles, los Palacios, haciendo los inventarios.

E.:¿Tuviste hijos?

J.: Pasé toda la guerra en Madrid, y parí dos veces durante la guerra. Parí el año treinta y siete en la Maternidad, una hija. La niña se la llevó mi madre al mes a Valencia, donde estaba todo el mundo evacuado, se me murió a los siete meses, de un ataque de meningitis. Yo acababa de verla cuando me llamó mi madre que volviera, yo no pensé nunca que era la niña, creí que mi madre estaría mal. Le dieron un biberón en malas condiciones, tuvo un ataque de disentería, la meningitis, y murió en veinticuatro horas. Yo iba cada mes a verla a Valencia. Cuando llegué me estaban esperando para ir al cementerio a enterrarla. No me quiero acordar de eso. Se llamaba Lina. Se lo puse por Lina Odena. Ahora tengo una nieta que se llama Lina. Mi hijo nació en La Escuela de Cuadros en el treinta y ocho, quise tenerlo conmigo y lo llevaba donde trabajaba. Nos pusieron en la Casa del Partido a tres mujeres que teníamos hijos una guardería, una habitación muy bien arregladita, con sol, con las cunitas y una enfermerita. Por la noche me lo llevaba. Yo le di de mamar, por eso se salvó luego en el campo de concentración, cada tres horas iba a la guardería y le amamantaba, yo tenía entonces diecinueve años, fíjate cómo podía correr. Yo no dejé ni un momento la actividad del partido, pariendo o no. ¡Con unos bombardeos! El día que parí a mi hija, en la calle O’Donell, aquello era horroroso, estaba mi madre conmigo, y decían, “todo el mundo a los refugios”, pero yo estaba pariendo. Un bombardeo horroroso por toda la zona. Yo creo que no tuve dolores del susto, no sé ni cómo me atendieron el tocólogo y la comadrona. Salió la niña, la cogieron corriendo, la llevaron al sótano. Y mi hijo nació en la Escuela de Cuadros del Partido, yo estaba en la escuela y me había equivocado de mes, creía que nacía en marzo, y el día del examen di a luz. Parí a mi hijo a las nueve de la mañana, el examen era a las diez, y al terminar subieron a examinarme. ¡Éramos tan rígidos! Y luego me dieron un plato de garbanzos.

Yo estaba interna en una habitación con cuatro camaradas, todas éramos muy jóvenes; una, Matilde, era enfermera del Hospital General, y estaba Carmen, la mujer de Sánchez Montero, la enfermera se asustó muchísimo. Yo casi mato al niño, porque apretaba las piernas esperando que llegara el médico y tuvo que subir la cocinera, que había tenido cinco hijos, y ella me sacó al niño, no teníamos con qué atarle el ombligo, Carmen se quitó la cinta de la braga que llevaba y lo atamos. Mi compañero, en un bloc que me escribió antes de que le fusilaran, decía: “Nuestro hijo, que ha nacido entre las conversaciones de Marx, Lenin y Stalin tiene que salir un buen bolchevique”; luego no ha salido bolchevique, pero sí un buen hijo.

E.:¿Tú conociste a Lina Odena?

J.: uy, y tanto, éramos amigas, yo he aprendido mucho de Lina. Lina era una extraordinaria mujer, A mí me gusta mucho hablar de Lina. Era una persona absolutamente entregada. Yo creo que tenía una inteligencia privilegiada. Era la mejor oradora que había en toda la zona republicana, después de Dolores Ibárruri. Era una propagandista formidable, su voz, su ademán, todo correspondía a una extraordinaria agitadora, pero además era analítica, y muy joven, estaba en la dirección de la JSU. Fue de las primeras dirigentes mujeres jóvenes que se dio a conocer no solamente en esta zona, sino en el extranjero, tenía ya un nombre Lina Odena. Escribía muy bien, no tengo ningún escrito. Yo la describiría como una dirigente joven que tenía proyección para ser una dirigente internacional. La mataron cuando iba a Granda y se metió en la zona fascista, porque habían cogido un pueblo que el día anterior era republicano. Eso pasaba una barbaridad, como era una mujer muy buscada, en la zona fascista se hablaba de Lina Odena ya como de Dolores Ibárruri, como de una bestia negra. La cogieron y la fusilaron. Dicen, yo no lo sé si es así, que la pusieron a la cola de un caballo y la pasearon por las calles de Granada.

E.:¿Cómo os enterasteis aquí?

J.: Nos enteramos enseguida. Fue un duelo. Ella, y dos camaradas más. Ella iba a la zona del frente. Era una maravilla de precisión. Inspiraba confianza por su honestidad. Nos quedamos..., aquello fue una pérdida irreparable. Yo la conocí mucho, creo que me quería mucho, yo la quería mucho a ella, la admiraba muchísimo.

E.:Erais heroínas...

J.: Yo ahora, desde la altura de mis ochenta años, pienso que éramos heroínas y no nos lo parecía. Creíamos que siempre teníamos que dar más, teníamos un espíritu autocrítico. Las mujeres dieron mucho. No se habría resistido la guerra tres años sin la participación de las mujeres. Ellas trabajaron en la industria de guerra, en los servicios, absolutamente en todo, levantaron la economía de la zona Republicana. Y lo hacían conscientes, porque ellas no distinguían de feminismo o no feminismo, pero sabían que con el fascismo íbamos a perder todo lo que la República nos había dado. La República nos dio tanto, abrió como una ventana a la vida.

Mujeres Antifascistas fue la panacea de la guerra, fue un labor tremenda la que hizo, fue tremendo, nadie lo sabrá, porque no se ha estudiado bien, no se ha conocido bien, ni ha quedado documentación suficiente. Se hacían cursillos acelerados para conductoras, para enfermeras, para fresadoras, para todo. Esa memoria se va a perder en cuanto nos muramos las que quedamos.

E.:Por primera vez las mujeres fuisteis a luchar al frente armadas como los hombres, ¿cómo fue?

J.: Yo participé en la Defensa de Madrid, el 7 de noviembre, muy activamente, con un fusil, aunque no tuve ocasión de disparar. Hice barricadas llevé sacos terreros, hice todo lo que aquel Madrid, puesto en pie, hizo, porque eso ha sido la gesta más importante del siglo XX en una ciudad. Un pueblo entero puesto en pie. Hice lo que hizo todo el pueblo. No me acosté en seis días, no me lavé la cara en seis días, comí tres veces en seis días... La palabra “vencido” era tabú en la España republicana. El pueblo tenía ilusión, no creía que iba a perder. Se perdió por cantidad de factores que nos llevaron a perder, externos a la entrega y al convencimiento y al entusiasmo de las gentes republicanas.

E.:Y sin embargo fuisteis los vencidos...

J.:Terminó la guerra y se organizó la Junta de Casado el mismo día 5 de marzo. Por la noche hubo una proclama, el Partido estaba ya movilizado, las Juventudes, las mujeres, estábamos movilizadas hacía quince días, no dormíamos en nuestras casas, estábamos en las casas del Partido, porque se estaba temiendo un golpe de los militares en concomitancia con Franco, para entregar Madrid ya, fuese como fuese. Estábamos en unas condiciones malas, separadas de Catalunya y no podíamos ganar la guerra, esa era la verdad, pero los trenes de armas iban a venir a esta zona. El Gobierno republicano, sobre todo por la presión de los comunistas y por Negrín, que quería una paz honrosa, pero nunca una entrega total, estaba creando las condiciones para resistir, y aparecieron los célebres trece puntos de Negrín que nosotros proclamábamos por todas las esquinas y por todas partes, así yo salí luego en un NODO de los fascistas en un camión, con una bocina. Estábamos muy alerta, en tensión, comunistas, republicanos, socialistas, que no se querían entregar, pero llegó el cinco de marzo, hicieron la proclama, dieron un golpe y efectivamente tomaron el Gobierno.

E.:Y llegó la represión...

J.: A mi compañero Eugenio le detuvo la Junta de Casado, yo me quedé buscándole, no le encontré. En el Partido me dijeron que era la última expedición que salía para Valencia y que tenía que irme, y que ellos encontrarían a los camaradas detenidos, que eran dieciocho. La Junta de Casado ya había fusilado a Barceló y a Conesa, que habían sido los que habían resistido en el Paseo de María Cristina, y entregaron a miles de Comunistas cogidos en la ratonera de las cárceles. Yo me fui el veintiuno con mi hijo, que tenía trece meses, y con mi hermana de quince años a Valencia; mi madre se quedó con mis hermanos. Estuve en Valencia hasta que cayó, y fuimos al puerto de Alicante, que era una zona neutral, hasta que llegaron los barcos. Allí estábamos veinticinco mil personas, ocho mil o nueve mil mujeres. Pero no fue zona neutral y no llegaron nunca los prometidos barcos de Naciones Unidas.

Antes de salir de Valencia me había enterado de que mi marido estaba en el penal de San Miguel de los Reyes con los otros dieciocho, yo fui al Partido a decir que había que sacarlos, que sentados en la plaza de Emilio Castelar estábamos miles de militares con un fusil en la mano, con cuatro que hubiéramos ido los sacábamos. El Partido me dijo que nos fuéramos tranquilos, que los sacaban: “Vete a Alicante y a Francia y allí te reunirás con Eugenio”; yo me fui convencida.

E.:¿Qué pasó?

J.: En Alicante nos detuvieron a todos, algunos se suicidaron, y nos metieron en un campo de concentración. Los hombres, en el célebre campo de Albatera, que fue terrible, y a nosotras en el Campo de Ejercicios Espirituales, en la carretera de Alicante, de allí nos sacaron y nos montaron en vagones precintados, con travesaños, sin nada. No sé como no morimos todas. Tardamos cinco días en llegar, con un sol horroroso, nos dieron una lata de sardinas y una naranja el primer día, y al tercero medio chusco de pan negro, eso fue todo. Se nos murieron cinco niños, putrefactos los llevábamos allí. Mi hijo se moría.

Cuando llegué a Madrid, la Policía y la Falange me buscaban, mi madre ya no tenía casa, habían entrado los falangistas y se la habían precintado, la echaron con mis hermanos y con lo puesto. Todos los muebles y la ropa la tiraron por los balcones. Ella se fue a vivir con mi abuela y mis seis hermanos. Yo la encontré allí, dejé con mi madre a mi hijo, medio muerto, me bañé, mi madre tuvo que quitarme los piojos que tenía, me fui y me escondí. Estuve escondida tres meses, nadie me quería tener porque aquello era terrible, si detenían a uno detenían a todos y precintaban la casa como casa franca, recorrí catorce casas, por fin me cogieron en una pensión. En esos tres meses me enteré de que Eugenio no había salido y que lo habían trasladado a Madrid, a Yeserías. Fui a verle con la documentación de una familia que me ayudó y allí me detuvieron, alguien me identificó.

E.:¿Qué pasó en la detención?

J.: Me torturaron, me pusieron las corrientes en los pezones y en las manos, que se me descarnaron; luego me creció la carne, pero me han quedado siempre las cicatrices, se me veía el hueso. Los pezones se me cayeron. Pero antes habían detenido a mi madre para que dijese dónde estaba yo, a ella le pusieron las corrientes en los oídos y la metieron en un baño de agua fría en diciembre, horroroso, aunque no supieron que ella era comunista, la habrían matado. Detuvieron a dieciséis o diecisiete de mi familia, cuando me detuvieron a mí no soltaron a ninguno, mi madre estuvo tres años en la cárcel después de detenerme a mí.

E.:¿Cuánto tiempo te tuvieron encarcelada?

J.: Estuve en la cárcel con una condena de doce años, aunque salí antes de los tres años. Y me incorporé enseguida a la clandestinidad, a las guerrillas del llano, de centro. Yo iba con una bolsa de lona a los campos de trabajadores donde los compañeros trabajaban en batallones, a ver a un preso, y los camaradas me tenían otra bolsa de lona llena de dinamita y de fulminantes, porque ellos trabajaban en las canteras. Yo lo traía en el autocar de línea, allí viajaba siempre la Guardia Civil, ya me conocían de verme, se creían que yo iba a ver al veterinario, les había dicho que era mi cuñado. Un día que llegué un poco tarde porque tuve que esperar al contacto y no podía perder el autobús, los guardias, tan amables, me quisieron ayudar a subir y a guardar la bolsa. Iba a Valdemanco, tardaba tres cuartos de hora, y allí entregaba la bolsa a un camarada. Un día al ver a los guardias civiles creyó que me habían cogido y salió corriendo, con lo que tuve que llevarme la bolsa a mi casa, la de mi madre y mis hermanos. Y no llevaba sólo dinamita, sino tres bombas caseras que habían hecho los camaradas. La escondí encima del armario, y mi madre se enfadó. Ambas estuvimos sin dormir los tres días que tardé en poder entregarla en la cita de seguridad.

E.:¿Qué hacíais con la dinamita?

J.: Me dediqué a eso hasta que me detuvieron otra vez porque pusimos dos bombas. El Partido entonces era un partido testimonial, no estábamos más que los activistas de la vanguardia y muy poquitos. El Partido tenía que hacerse ver, no se podía organizar a los trabajadores en el año cuarenta, estaban amordazados, con un miedo horroroso, los comités de Falange estaban en la calle, en la fábrica, había chivatos, confidentes, era imposible. Vivíamos en el terror. Así, el Partido tenía que hacer cosas testimoniales y puso alguna bombita. Durante el bloqueo de las naciones a España, la única que no bloqueó junto a Portugal fue la Argentina, mandaron trigo y comida, y vino el embajador argentino y dijo que esto era un oasis en medio de Europa, una Europa que estaba destrozada por la guerra.

E.:¿Y les pusisteis una bomba en la embajada argentina?

J.: Decidimos poner unas bombas y yo fui la responsable del grupo, no íbamos a ponerlas en la Embajada de Argentina, pero yo me encontré que una no podía ponerla donde habíamos dicho, que era en Gran Vía, en el Comité Provincial de Falange, donde está el Bellas Artes, pero fue imposible. La otra, sí, en la calle del Correo, aunque no se pudo poner en la Dirección General de Seguridad y se puso enfrente, donde estaban las oficinas. Al no poder poner la otra en el sitio previsto pensé: “Vamos a ponerla al oasis, para que se entere el embajador”. Y la pusimos, pero me vio el portero, y cuando se armó el revuelo de la primera, porque iban sincronizadas, se armó un jaleo horroroso. Yo había quedado en la cita de seguridad con una camarada, Rosita Cremón, y pasamos por la zona y preguntamos a la gente que qué había pasado; y nos decían: “Una bomba, una bomba que han puesto los guerrilleros”. En el barrio de la Embajada estaban más asustados, la gente de Carretas en cambio estaba encantada. Empezaron a detener a todo el mundo. Me reconoció el portero y los de la Dirección General, porque yo había ido a hacer un croquis y me habían visto.

E.:Y te condenaron a muerte...

J.: Me condenaron a muerte, en el cua renta y siete. De mi expediente fusilaron a veintiuno y mataron en la calle a tres; a mí me conmutaron porque cuando vino Eva Perón yo llevaba cuatro meses condenada a muerte, incomunicada y ella cuando se bajó del avión dijo:”Lo primero que he de pedir es la conmutación de la pena a la mujer condenada a muerte por poner la bomba en mi Embajada”. Cumplí veinte años de prisión ininterrumpidos.

Hasta que la democracia formal le permite a Juana Doña volver al activismo político en la legalidad. Ese activismo para el que ha nacido. Toda la vida. Esa vida que hubiera sido tan diferente si el fascismo no se hubiera abatido en nuestro país.

E.:¿Qué habría sido de tu vida su hubierais ganado la guerra?

J.: Yo me quería hacer aviadora, yo quería hacerlo todo, quería ser ingeniera si triunfábamos. Era tan joven, estaba tan eufórica, me parecía todo tan maravilloso, una nueva vida, un nuevo mundo.

Notas

[1] (Madrid, 1918 - Barcelona, 2003). Dirigente comunista, feminista, sindicalista y escritora. Formó parte del Comite Central del Partido Comunista de España. Luchó en la Guerra Civil Española y más tarde en la Guerrilla del Llano. En 1947 fue condenada a muerte por el franquismo. Su pena fue conmutada por 30 años de prisión, tras la mediación de Evita Perón durante su visita a España.



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