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La ciudad compartida

Martes 9 de enero de 2007, por Mª Ángeles Durán Heras

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Artículo publicado con la expresa autorización de su autora.


Sobre experiencias compartidas y ausencias.

Estamos acostumbrados a aceptar que el modo en que conocemos afecta al modo en que vivimos. Pero no es tan frecuente lo inverso, o sea, que el modo en que vivimos afecte al modo en que conocemos. La producción de un texto es un proceso de conocimiento en el que caben distintas dosis de repetición y de innovación.

Muchos artículos y libros, y algunos de ellos meritorios, no son otra cosa que recopilaciones ordenadas de otros textos, de cosas ya dichas. Incluso cabe a algunos autores la habilidad de saber escuchar lo que otros dijeron, o de forzar diálogos entre textos ajenos sin necesidad de modificarlos, haciendo brotar de ellos ante el lector lo que sin ese contraste hubiera pasado desapercibido.

Sin embargo, hay algunos raros proyectos intelectuales que se empeñan en hacer las cosas al revés de lo común, y sitúan la experiencia de lo vivido en su punto de arranque, al comienzo del proceso. En esos casos, el problema de la relación entre el sujeto cognoscente y el objeto del conocimiento se plantea con toda dureza. Puede hacerse explícito, consciente, o quedar soterrado, pero sus efectos son decisivos sobre el modo en que se llega a conocer: arrastra y tira de las categorías, de los focos de luz, de los intereses que sostienen las indagaciones.

La mayor parte de lo que se ha escrito sobre las ciudades se ha hecho prescindiendo del análisis del sujeto que producía el conocimiento, y se ha dado por sentado que éste era un sujeto cognoscente universal, transparente y puro. De alguna manera, este sujeto se las arreglaba para encarnar una sabiduría o una capacidad de conocer incontaminada de sus rasgos personales. Por eso, la subida a la palestra del conocimiento de los colectivos que históricamente han estado excluidos del acceso a la producción sistemática de conocimiento no puede quedar limitada al aumento de las matriculaciones universitarias o a una simple ocupación de los puestos docentes. Afecta también a la crítica del sujeto cognoscente anterior, que pierde su cobertura de representante universal en la producción del conocimiento y se hace muy visible en sus perfiles personales y sociales.

En los siglos XIX y XX ha habido importantísimas producciones intelectuales dimanadas de la consciencia de que una sola clase social no podía hablar en representación de todas. En este nuevo siglo les toca a las mujeres un acceso generalizado a la consciencia colectiva, a la posibilidad de repensar o recrear la cultura desde su propia experiencia histórica y presente, que ha sido y sigue siendo todavía muy diferente a la de los varones.

La misma experiencia personal se vive de forma diferente en distintas ocasiones o por distintas personas. Puede, incluso, vivirse «como si no se viviera», porque de esa manera produce menos impacto negativo al que la sufre o a quienes la contemplan. O porque se carece de las herramientas intelectuales y morales imprescindibles para interpretarla y juzgarla. Muchos varones se ponen nerviosos cuando en una conversación general aparecen temas «de mujeres». Hasta tal punto no los asumen como suyos que empiezan a removerse inquietos en el asiento, carraspean o abandonan el lugar para buscar socorro en otro sitio, a salvo de contaminaciones. En cambio, lo contrario es pauta común, igual que la gramática, que siempre convierte en masculinos los plurales compartidos.

Las estrategias personales de vida y las estrategias intelectuales de los grupos sociales ante este hecho son diversas: o mimetizarse y hacer como si no se fuera, o plantar cara a las distintas memorias históricas y al hecho diferencial de los cuerpos y las biografías. Muchas mujeres piensan que no tienen más remedio, para entrar en la llamada vida pública (o sea, en la civitas), que renunciar a lo que las hace distintas de los hombres. Disimularlo, como Concepción Arenal, o reducirlo al mínimo. Casi piden disculpas por no ser tan varoniles como los propios varones. Creen, o dicen, que pueden hacer o valer tanto como los hombres. Pero el problema de la diferencia intelectual no radica en la cantidad (que también importa), sino en la calidad, en si vale la pena convertirse en réplica, en analogía, en hacer sólo lo mismo que otros hacían.

El reconocimiento de la circunstancia, de la experiencia diferente, tampoco resuelve por sí solo el problema de la identidad: porque se es diferente sólo en algo, y sólo en algunos momentos. La definición ontológica de los sujetos requiere establecer el núcleo de lo básico y separarlo de lo accesorio. Pero la delimitación de estas fronteras es una construcción social. Eso lo saben muy bien las mujeres, que han vivido en carne propia el horror de la apropiación de su identidad colectiva por el mero rasgo del cuerpo que les capacita para ser madres; como inconscientemente hizo Linneo, al asimilar la especie humana con los rasgos femeninos de los mamíferos y asociar en cambio el rasgo de sapiens con los homo. Sin embargo, no todas las mujeres son madres, ni aspiran a serlo. Cuando el embarazo se ha convertido en acto de libertad, el número de mujeres embarazadas ha caído drásticamente. Se debe, al menos en parte, a que antes se vivió como una imposición, como una consecuencia no deseada de otras conductas y obligaciones. Hoy, el número de años de vida se alarga y el número de hijos se acorta, por lo que la maternidad ha perdido la capacidad configuradora de la vida de las mujeres que antes tuvo.

Una buena organización de la convivencia tiene que permitir la participación en lo común, pero también salvaguardar la protección a lo distinto, a lo específico. El reconocimiento de la circunstancia o experiencia diferente no hace más que abrir el camino al problema de la identidad: ¿diferentes a qué, a quién?.

Lo que prima es la igualdad, lo común, las experiencias compartidas. Lo diferente resalta sobre el fondo; pero el fondo está hecho también de agregaciones, y es la existencia de ese plano último lo que permite entrar y salir del proscenio, lo que hace factible la continuidad, la cohesión y el cambio. Tan engañoso es no reconocer la diferencia como no darse cuenta del valor de lo común, de lo que permite a cada uno reconocerse en el otro y ser desde uno mismo un «otro» anticipado o retenido en la memoria.

(Continúa en el PDF)


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