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La literatura carnal de Anna Kazumi Stahl

Martes 24 de junio de 2008, por Susana Guzner

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Sus escuetas biografías cuentan que Anna Kazumi Stahl nació en 1962 en Shreveport, una pequeña ciudad al norte de Louisiana, Estados Unidos y se crió en la mítica ciudad de New Orleans. Hija de japonesa y de estadounidense sureño descendiente de alemanes, su experiencia familiar la hizo crecer inmersa en el dinamismo vital de la mezcla de culturas y continentes.

Dos libros, Catástrofes naturales (Sudamericana, 1997) y Flores de un día (Planeta, 2007) nos han revelado a una escritora exquisita que amalgama con elegante artesanía historias sensitivas y carnales que viajan al corazón de quien las lee ligeras de equipaje y pletóricas de sensaciones.

“No fue el tamaño de las cosas lo que la sorprendió al llegar a América. Todo el mundo sabía que América era enorme. Lo que la asombró fue el espacio: había inconmensurable espacio entre una cosa y otra”. La colosal dimensión geográfica de un país resumida en unas pocas y exactas palabras en la percepción de Hiroko, protagonista de uno de los relatos de Catástrofes naturales.

Su universo literario evoca las pinceladas gráciles y etéreas de un paisaje impresionista ¿Se reconoce en esta imagen? Por favor, regálenos su propio autorretrato.

No, respondo sin autorretrato, por favor, pido disculpas.

Pero, de todas formas, supongo que sería relevante decir aquí que la imagen o el trabajo con imágenes de la mente es fundamental para mi manera de narrar, y que creo que eso se debe a la leve sordera en el idioma que siento, como lo siente cualquier hablante no nativo. Sin recursos retóricos más elaborados uno trata de ir directamente a la imagen, es decir, a lo más concreto.

La sobriedad narrativa de sus relatos recuerda a alguna obra de Edward Hopper (Los balcones de la noche, por ejemplo) plasmados por el pincel de Claude Monet, valga la paradoja tan flagrante como plausible. Porque esta autora posee la rara cualidad de despertar sensaciones físicas y emocionales con pocos pero contundentes elementos. Leyéndola, nos parece percibir en la propia piel la humedad ambiente de la sofocante Louisiana, el silencio sibilante de un tornado aproximándose a la ciudad, la textura áspera de la hiedra de los pantanos o el aroma de los frondosos árboles veraniegos. Otro tanto sucede con las emociones, controladas, nada estridentes y como exentas a los personajes, pero que dejan una profunda resonancia en el espíritu de quien lee al punto de completar lo que la descripción retacea deliberadamente.

El personaje de Hanako, la madre de “Flores de un solo día”, parecería concebido y plasmado a imagen y semejanza de los primorosos ikebanas que ella misma crea día tras día ¿Diría que es una elección deliberada?

Sí, el ikebana es utilizado tradicionalmente para transmitir - sin palabras, sin siquiera el intercambio de miradas - el ánimo de la casa/familia/persona. Al tomar de ahí la inspiración, quise que Hanako pudiera encarnar un ideal o un idilio en el que los sentimientos y los pensamientos se pueden comunicar más directa e inmediatamente que a través de la palabra.

Comenzó a escribir como un pasatiempo ya desde muy pequeña y a los dieciséis años viajó a estudiar a Boston. Años más tarde recorrió Europa y estudió en Tübingen, Alemania. De regreso a su país realizó un doctorado en Literatura Comparada en California.

¿Cómo definiría la esencia más íntima de su literatura?

Curiosidad o necesidad de explorar cómo armamos la identidad y en particular, cómo nos afectan los factores que no elegimos, por ejemplo la etnicidad, la memoria, también la de las anteriores generaciones, la naturaleza, el azar, etc.

¿Es una escritora de método?

Trabajo durante un largo período escribiendo solamente a mano. Voy anotando ideas en uno o varios cuadernos. Es una etapa caótica, desordenada e incierta pero a su vez es la más fértil, dirigida casi completamente por la imaginación, sin restricciones y casi onírica.

Cuando ciertos elementos básicos han empezado a tomar forma/solidez (i.e. los personajes, sus contextos, sus preocupaciones y vivencias centrales, y los ejes del argumento), paso a una etapa más racional en la que desarrollo escenas y eventualmente capítulos. Al final, reviso y descarto secciones a medida que avanzo; se trata más de pulir que de elaborar cosas nuevas.

¿Sus intereses como lectora? Ahora mismo, por ejemplo... ¿Qué esta leyendo?

Frecuentemente releo clásicos. Pero también tengo épocas en las que me encuentro leyendo todo lo que pueda encontrar de un determinado autor, por ejemplo últimamente leo (o releo, en el caso de sus obras más tempranas) mucho de Coetzee. Lo leo en inglés porque me emociona la música rara e impactante que hay en su fraseo, incluso en oraciones de poco énfasis o rango en la construcción del relato... De hecho, ahora estoy leyendo Diario de un mal año. A su vez estoy leyendo los cuentos de Unaccustomed Earth, de Jhumpa Lahiri. Recién terminé la versión en castellano de la última novela de Minae Mizumura, Una novela real.

“Para mí la identidad única es una carencia - reflexiona Kazumi Stahl en una entrevista citada por Vittoria Martinetto - son las identidades distintas las que, en realidad, crean un centro”. Y añade: “Tal vez haya que empezar a pensar en no tener patria, o al menos en no tener una sola”.

Para esta autora el castellano no representa un lugar relacionado con los afectos familiares. La elección del alemán o del japonés, como idioma de adopción, hubiera resultado menos gratuita. Sin embargo, la lengua castellana parecería exigirle un mayor atrevimiento debido al esfuerzo de síntesis, un desafío desde la Otridad.

¿En cuál idioma piensa?

¿Por qué en singular? Pienso en castellano y en inglés, los dos, cotidianamente. Pero cuando me siento para escribir textos literarios, me quedo en el castellano. Sí que hay excepciones y recurro al inglés, por ejemplo, para armar un personaje que se expresa en ese idioma (como el abogado en Flores de un solo día).

En la entrevista arriba citada la escritora se extiende sobre su familia multicultural. “En vez de una soñada ‘armonía’ entre Oriente y Occidente, vivíamos en medio de dos sistemas de valores paralelos y con ellos dos visiones del mundo”. Un padre ateo, por un lado, por otro el budismo shinto de la madre, acaban por entrar en conflicto en la mente de una adolescente educada en el catolicismo de las escuelas del Big Sur, generando inseguridades que parecen reflejarse en una precoz propensión de la muchacha a refugiarse en la lectura y en la escritura de cuentos fantásticos. Cuenta Kazumi Stahl que el hecho mismo de franquear el umbral de casa representaba una vía de fuga del insanable dualismo de la vida familiar, y sin embargo, encontrar allá fuera New Orleans, uno de los lugares menos anglo-sajones de América, un elemento relevante para comprender sus raíces desarraigadas, otra paradoja tan flagrante como plausible. La fascinación que la muchacha siente por las palabras se origina en la esencia multicultural de la ciudad de New Orleans, con sus vestigios de colonia española y francesa, reflejados en la música que penetra la vida de su gente y en el catolicismo barroco poblado de santos y de reliquias en estrecha convivencia con el vudú - que la tornan tan semejante, en el imaginario de Kazumi Stahl, a las ciudades latinoamericanas”.

En sus trabajos académicos pone énfasis en la duplicidad del emigrante en el discurso literario y las cuestiones de diferencias étnicas ¿De que manera vivencia la identidad multicultural en su propia persona y su obra?

En mi persona conviven los códigos de distintas culturas (la estadounidense de mi crianza y mi primera escolarización, la japonesa del espacio doméstico familiar, la alemana de otra parte de la memoria familiar y de mis estudios universitarios, y también la argentina como contexto en el que vivo y trabajo actualmente). En el hecho de sentir una “convivencia” de estas influencias (o recursos) puedo reconocer algo afín a esto de “la identidad multicultural”, aunque creo que las identidades jamás fueron tan homogéneas como parecería permitir el discurso... Al sentir el tirón entre una y otra cultura éstas informan quién soy, pienso mucho en la responsabilidad que uno le debe a cada código y a sí mismo. Es decir, no soy un relativista cultural. Es una tarea compleja, la de negociar las brechas entre las culturas. Uno lo hace, creo, con la mayor comunicación posible. Por eso, supongo, leer y escribir ficciones me resultan tan atrayentes para explorar la construcción de la identidad.

¿Sus estados emocionales durante le proceso creativo?

En mi caso, escribir es un tipo de trabajo que sensibiliza bastante, por lo que los estados emocionales reflejan en alguna dimensión lo que estará sucediendo en el texto, por más que sea ficción. Sin embargo, uno al rato se levanta y se va del espacio de trabajo para pasar a otra parte de la ciudad o de la casa, y entonces sale de ese estado emocional. No así para los personajes que quedan como rehenes, atrapados en un timbre emocionalmente intenso.

Si le pidieran unos pocos consejos fundamentales para devenir escritora/ escritor ¿Cuáles serían?

Salir al mundo. Leer. Escribir con libertad y revisar con el mayor compromiso que se pueda.

Un par de los muchos y reiterados clichés acerca de la literatura de autoría femenina: “las mujeres escriben para otras mujeres” y “sus obras son autobiográficas” ¿Cuál es su opinión al respecto?

En mi opinión hay cierta sensibilidad más “femenina” que puede informar la escritura pero no sólo las mujeres escriben así, ni todas las escritoras mujeres privilegian necesariamente esa dimensión en sus trabajos.

Respecto de la cualidad autobiográfica en la ficción, se dice que toda obra creativa es en algún punto autobiográfica o tiene influencias de la vida del que la produce, sin dejar de ser a su vez es inventado, nacido desde la imaginación. Personalmente, tengo la sensación de que eso tiene algo que ver con cómo funciona la memoria, cómo influencia en el proceso creativo y en la producción de una intensidad palpable, sensible para la obra.

¿Qué vinculaciones afectivas entabla con sus personajes antes, durante y después de su construcción? ¿Los olvida fácilmente, los añora, los guarda en algún rincón de su alma?

Como mencioné antes, mientras trabajo con un mismo material tengo los personajes muy presentes. Luego no los olvido, pero no siguen con aquel dinamismo, y de pronto carecen de autonomía. (Durante el proceso de elaboración del cuento o de la novela, puede ser que los personajes ejerzan cierto poder contestatario; muchas veces me he encontrado cambiando partes de un manuscrito como si fuera “por sugerencia” del personaje, como si pudiera resistir una idea que tuve yo y fuera a indicarme otro camino. (No es que los personajes “tengan vida”, sino que, mientras el texto esté en obra, todos los elementos son más fluidos y propensos al cambio, y alguno entonces, si varia, puede generar un cambio necesario en otro u otros.)

Más tarde, cuando llega el o la que escribe a ese momento en el que tiene que trazar una línea (sea por intuición o por una fecha límite) y decir “terminado”, en mi cabeza los personajes empiezan a callarse, o a repetirse sólo en el marco previsto, cosa que me resulta más o menos similar a callarse.

¿Cultiva rituales o ceremonias particulares a la hora de escribir?

No. Sólo que en alguna parte entre la etapa más onírica y la más estructurada, suelo armar un storyboard del material, como un mapa del todo por más que haya terrenos sin detallar aun. Va en un papel bien grande, pegado a la pared, y con el voy agregando otros apuntes que me sirven de recordatorios para fechas, parentescos, determinados detalles que todavía no encuentran una ubicación, fragmentos de discurso que capturaron la voz o el tono de un personaje pero que no servirán para ninguna escena final, etc.

Pero no es un ritual...mucho menos una ceremonia...Ojalá tuviera, suena tan interesante.

Las razones de Kazumi Stahl para trasladarse a Argentina no hay que buscarlas en un exilio político ni por causas familiares. Su primer viaje en 1988 fue fortuito, a raíz de una beca para estudiar Literaturas Comparadas. Su decisión de instalarse en Buenos Aires en 1995 fue el puro fruto de una elección responsable y voluntaria. Desde entonces vive en la capital argentina donde escribe, imparte clases de letras y realiza traducciones.

¿Qué impronta deja en su espíritu vivir y crear en Buenos Aires?

Es una ciudad en la que uno puede ir a escuchar y hasta incluso conocer, a grandes escritores con más facilidad que en cualquier otra ciudad que yo conozco. Me resulta casi increíble la accesibilidad que hay en los ambientes culturales que además son de gran renombre y realmente excelentes aquí.

También, sin referir niveles de renombre, se trata de un contexto con un dinamismo cultural enorme: hay mucha actividad, mucho estímulo. Un “espacio hermético” para la concentración se puede construir en cualquier parte; esta energía tan palpable alrededor me parece más difícil de encontrar en una ciudad que, al mismo tiempo que es de las más grandes e importantes de su región, todavía logra transmitir calidez humana en el trato cotidiano también.

Otro detalle importante para mí: aquí conviven arquitectónicamente el pasado y el presente/futuro. Me alimenta esta visión del fluir del tiempo, poder vivir en un espacio donde confluyen la memoria que perdura y el deseo por más y otra cosa.

Como último factor que quisiera mencionar al respecto de vivir en Buenos Aires, me da la sensación de que aquí la gente utiliza su creatividad más que en otras partes, incluso en las cosas más cotidianas, y esto es inspirador.

Susana Guzner


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