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La mujer según la ginecología del siglo XIX

Jueves 4 de mayo de 2006, por Pilar Iglesias Aparicio

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Artículo expresamente cedido por la autora para Ciudad de Mujeres


CAPÍTULO IV de la Tesis doctoral " Las pioneras de la medicina en Gran Bretaña"

“We are dealing with an existential terror of women... men have deep rooted castration fears which are expressed as horror of the womb... These terrors form the substrata of a myth of feminine evil which in turn justified several centuries of gynocide...”
(Dworkin, Andrea. Cita tomada de Miles, Rosalind. The Women’s History of the World. Paladin Grafton Books. Londres, 1990).

            Aclaremos en primer lugar el origen de la palabra ginecología. En 1630, el profesor de Medicina de la universidad de Rinteln (Alemania), Joannes Petrus Lotichius (1598-1669) publicó un tratado sobre la naturaleza de la mujer, bajo el título de Gynaicologia. Es interesante señalar que este autor negaba la doctrina de la inferioridad femenina, afirmando, por el contrario, que la mujer era físicamente perfecta. El término Gynaecologia, con la grafía adoptada posteriormente, apareció por vez primera como título de un tratado médico legal sobre la sexualidad femenina, publicado en 1730 por el doctor de Dresden, Martin Schurig, que incluía temas tales como la ninfomanía, la castidad, el coito pre-nupcial, la violación, el vaginismo, el lesbianismo, etc. Ambos aspectos, el discurso sobre la naturaleza de la mujer y el interés médico-legal sobre las funciones sexuales de la mujer, formarán parte importante del análisis de la feminidad que se desarrolla durante el siglo XIX y pretendemos analizar brevemente en este capítulo. No podemos separar la visión de la mujer ofrecida por los antropólogos, filósofos, biólogos, etc., de la ofrecida desde la ginecología, ambas se complementan y se desarrollan a partir de un sustrato ideológico común, pero esta última requiere un tratamiento más extenso.

Hemos visto cómo la mujer fue considerada durante siglos, siguiendo la visión de Aristóteles y Galeno heredada después por la tradición cristiana, como un hombre disminuido, y sus órganos sexuales como la versión invertida de los órganos masculinos. Hemos comentado asimismo cómo los descubrimientos de la anatomía fueron conduciendo durante los siglos XVII y XVIII a la construcción de la visión de hombre y mujer como sexos diferentes. La mujer quedó entonces definida en función de los órganos que la diferenciaba radicalmente, lo que queda patentemente reflejado en la frase de Van Helmont (1577-1644) «Propter solum uterum mulier est id quod est».

A mediados del siglo XIX, se establece la teoría ovular de la menstruación, que consideraba que ésta era provocada por la liberación del óvulo, coincidiendo, por tanto, con la fertilidad y el momento de mayor deseo sexual en la mujer. Esta teoría lleva a considerar los ovarios como el órgano fundamental de la sexualidad femenina, la sede de la diferencia esencial, hasta el extremo de que el médico francés Achille Chéreau (1817-1885) propuso cambiar la frase de Van Helmont por esta otra: “Propter solum ovarium mulier est id quod est”. Este desplazamiento del centro de la feminidad a los ovarios es fundamental para comprender la práctica de la ovariotomía, la castración femenina, de que hablaremos más adelante. «Woman was, by definition, disease or disorder, a deviation from the standard of health represented by the male». [1]

Según la medicina victoriana, la mujer es un ser definido y limitado por sus órganos y funciones sexuales y un ser enfermo o al borde de la enfermedad, tanto física como psíquica, siendo esta enfermedad provocada por las mismas funciones y aparato reproductor que la definen. «...woman’s physical and mental peculiarities derive from her reproductive function and that pathology defines the norm of the female body... [2]

De forma que podríamos decir que, según la medicina victoriana, la mujer es una enferma en virtud de su propia naturaleza, su propia razón de ser, que es la reproducción de la especie. Los trastornos y el malestar psicológico de las mujeres quedan explicados por su propia naturaleza y fisiología, sin cuestionar en ningún caso la forma de vida harto desequilibrante que se le impone.

Analicemos brevemente algunos de los apartados fundamentales: la menstruación, el placer sexual en la mujer, el embarazo, el parto, el control de natalidad y las enfermedades de las mujeres y su tratamiento.

I. La menstruación

  La época victoriana mantiene la concepción griega de la menstruación como forma de eliminación de residuos superfluos o limpieza del organismo, llegando a creer que en caso de producirse amenorrea, se originarían hemorragias vicarias de la menstruación en otros órganos tales como la nariz, las encías, etc. Varios autores trataron incluso el tema de la menstruación masculina, entre ellos el ginecólogo inglés Alfred Wiltshire, el médico americano V.O. King y el neurofisiólogo inglés Thomas Laycock, quien propuso la teoría de la “periodicidad vital” o sujeción de todos los fenómenos fisiológicos a ciclos temporales fijos.

En los años 50 se formuló la teoría ovular, según la cual «it was the spontaneous release of the egg which caused menstruation, and the onset of menses coincided not only with the fertile period, but also with the peak of sexual desire in woman.» [3]

Se mantenía así un paralelismo entre el periodo de celo de las hembras de otras especies y la menstruación de la hembra humana. Manteniendo esta analogía el zoólogo francés Félix-Archimède Pouchet (1800-1872), y Alfred Wiltshire en su obra Lectures on the comparative physiology of menstruation”, publicada en 1883, consideraban que la mayor frecuencia de la menstruación en las hembras humanas era consecuencia de la civilización. Las condiciones de vida de las sociedades civilizadas favorecían el mantenimiento de mayor número de descendientes y con tal fin había aumentado la frecuencia del periodo de celo en la mujer, lo cual es falso tanto desde el aspecto sociológico como desde el biológico.

La menstruación y los peligros que la misma supone para la salud de la mujer es un tema permanente en los tratados ginecológicos del siglo XIX. En Domestic Medicine, obra de divulgación escrita por William Buchan, muy popular durante los siglos XVIII y XIX, la sección dedicada a la menstruación quedaba incluida bajo el epígrafe de enfermedades de la mujer. Según este autor la conducta observada por la mujer al comienzo del ciclo menstrual era determinante para su futura salud y felicidad: «Such is her delicacy at this stage that “taking improper food, violent affections of the mind, or catching cold... is often sufficient to ruin the health, or render the female ever after incapable of procreation». [4]

La menarquia era considerada un período de riesgo de aparición de enfermedades físicas y mentales: «Menarche was the first stage of mental danger, requiring anxious supervision from mothers if daughters were to emerge unscathed. Doctors warned that moral insanity could easily begin at adolescence......Dr Edward Tilt described female adolescence as indeed a state of “miniature insanity». [5]

Evidentemente no es extraño que las adolescentes sufrieran trastornos psicológicos dado que la menarquia suponía una ruptura traumática entre el tipo de vida de la infancia, más libre y cercana a la de sus hermanos, y la represión de la actividad sexual, social e intelectual que se le imponía en la pubertad. Recordemos las teorías de Clarke y Maudsley sobre los riesgos que entrañaba para la adolescente el estudio y la actividad intelectual. La adolescencia suponía para el muchacho la incorporación al mundo del conocimiento y de su futuro papel en la sociedad, para la muchacha era la entrada en un mundo de limitaciones y prohibiciones. En palabras de un doctor de la época: «puberty which gives the man the knowledge of greater power, gives to woman the conviction of her dependence.» [6]

La menstruación en sí misma era un tiempo de enfermedad e inestabilidad emocional, aunque no se produjera ningún trastorno aparente. El ginecólogo A.O. Kellogg (1828-1888), en un artículo publicado en el American Journal of Insanity, afirmaba que «during the menstrual cycle, woman has far less mental ability and less control over her emotions. Even when the menstrual function is healthy, Kellog believed, it could make a woman, especially one of a “nervous, excitable temperament...morose, taciturn, wayward, fidgety and impatient, frequently manifesting a certain nervous irritability bordering on hysteria”. Given this, an imbalance of the menstrual functions was sure to bring on insanity». [7]

El doctor George Man Burrows, en su obra Commentaries on Insanity (1828), afirmaba que «everybody of the least experience must be sensible of the influence of menstruation on the operations of the mind. In truth, it is the moral an physical barometer of the female constitution». [8]

Según Burrows, cualquier trastorno menstrual provocará una forma equivalente de trastorno mental. En los casos de amenorrea, el flujo menstrual que no es expulsado al exterior puede dirigirse al cerebro causando un daño irreparable. Tanto los doctores más respetables como los curanderos vendedores de remedios populares contribuían a dar una imagen de la mujer como esclava de los procesos tiránicos de su ciclo menstrual. La menstruación estaba rodeada de numerosos tabúes y se la denominaba con eufemismos, la mayoría de carácter negativo: «turns, monthlies, poorliness, being unwell», siendo el más significativo el término “the curse” (la maldición).

El mayor riesgo para la salud de la mujer residía, como hemos dicho, en la inhibición de la hemorragia menstrual. Tanto en la pubertad, como durante sus años fértiles y la etapa pre-menopáusica

«the dark obstructions within the body that cause irregular flow are to be sought out and “cleansed”; invigorating purity will result from this ritual purgation that rids the body of “morbid blood”, restoring the modest maiden to a state where surface appearance is not belied by the state of her bodily secretions». [9]   Tanto los tratados de ginecología como los libros de divulgación y los anuncios publicados en revistas y periódicos muestran una obsesión por evitar la amenorrea. Eran muy frecuentes los anuncios de pastillas destinadas a prevenir la retención del flujo menstrual, remedio que podía venir a ser una forma encubierta de aborto. Los argumentos en que se basa la publicidad de este tipo de pastillas giran en torno a los graves trastornos que la amenorrea supone para la mujer. Veamos, a modo de ejemplo, el anuncio de las Pastillas del Dr. Barker aparecido en el Leeds Intelligencer del 15 de marzo de 1851, «for regulating the secretions and keeping them in a healthy condition, and for removing all affections depending on irregularities, such as general weakness, nervousness, giddiness, pains in the head, breast, side or stomach». [10]

El cuidado que la mujer debe poner para evitar un trastorno relacionado con la menstruación es extremo: debe proteger su cuerpo y su mente, evitar el frío y el exceso de calor, el ejercicio y la excesiva pasividad y toda emoción que pueda alterarla:

«The female should force herself to keep calm and cheerful during her menses since “every part of the animal economy is influenced by the passions, but none more so than this. Anger, fear, grief, and other affections of the mind, often occasion obstructions of the menstrual flux, which prove absolutely incurable». [11]   Si bien se consideraba que la amenorrea era una de las principales causas de trastorno mental en la mujer, y la preocupación por su tratamiento era claramente obsesiva, no es ésta la única enfermedad relacionada con el ciclo menstrual, cuyo funcionamiento, por otra parte, no se conocía hasta entrado el siglo XX. En la obra de John Forbes, Cyclopeadia of Practical Medicine, publicada en 1833, la lista de enfermedades específicamente femeninas relacionadas con la menstruación es amplia: amenorrea, dismenorrea, menorragia, patología de la menstruación, leucorrea, etc. ¿Qué tratamientos recomendaban los doctores para tratar tan temidos males? La aplicación de descargas eléctricas en la pelvis o la aplicación de sanguijuelas en los órganos genitales, e incluso en el útero, son algunos de los tratamientos recomendados por prestigiosos ginecólogos, recogidos en diversos artículos del Lancet o en la obra Retrospect of Practical Medicine and Surgery, de W. Braithwaite.

Existía asimismo preocupación por el control del fluido seminal en el hombre. Un ejemplo de enfermedad masculina construida por la clase médica del siglo XIX es la espermatorrea o emisión incontrolada de semen. Veamos qué diferencias fundamentales existen entre las dos enfermedades relacionadas con los fluidos masculino y femenino: espermatorrea y amenorrea. El fluido masculino es positivo, debe ser retenido en el organismo y no debe despilfarrarse. El fluido femenino es negativo, su retención supone la enfermedad física y mental y, en muchos casos, la muerte; debe, por tanto, eliminarse. La mujer necesita tener una actitud pasiva e inactiva, física e intelectualmente, para permitir el fluir al exterior de su residuo menstrual; el hombre debe mantener una vida activa física e intelectualmente. Requiere, asimismo, una continua supervisión de la madre y de la clase médica, así como recurrir al uso de distintos medicamentos y terapias para evitar la siempre amenazante enfermedad; el hombre, aunque también existían remedios para la espermatorrea, se espera que sea capaz de usar su voluntad para autocontrolarse. El hombre es auto-suficiente, la mujer es dependiente. Un ejemplo de la divulgación de estas ideas, repetidas por múltiples doctores de la época, son las conferencias pronunciadas en el Leeds Mechanics’Institute, entre otras la del Dr. Samuel Smiles, sobre «Self-Help in Man» y la del Rev. W.M.Guest, sobre «Mental Improvement and Discipline».

La dependencia de la mujer de la clase médica es un exponente más de su dependencia respecto al hombre, fundamentalmente el padre o el marido en el mundo anglosajón, el padre, el marido y el confesor en el católico. Además con la insistencia en la necesidad de cuidados médicos por parte de la mujer, los doctores victorianos se aseguraban una clientela de clase media y alta, y con ello su prestigio social y beneficio económico correspondiente. El ginecólogo W. Tyler Smith afirmó en un artículo publicado en «The Lancet que the state of the obstetric art in any country may be taken as a measure of the respect and value of its people for the female sex; and this, in turn, may be taken as a tolerably true indication of the standard of its civilization». [12]

Según este autor, la sociedad británica daba tal valor a la mujer como procreadora que la protegía de todo tipo de riesgo, relegándola a una vida inactiva. Tal era el valor de la mujer embarazada y parturienta que debía prohibirse que fuese atendida por comadronas, puesto que su presencia degradaba la obstetricia, «the triumph of civilization, was signalled by the transference of the allegiance of the lying-in woman from Lucina to Apollo - from the incompetent female midwife to omnicompetent male science». [13]

La mujer es un ser valioso si es dependiente del hombre y se dedica exclusivamente a su función natural de esposa y madre. Cualquier otra actividad, incluso la atención al parto, tradicionalmente realizada por mujeres, debe estarle prohibida. Es este un ejemplo más de la neurosis que envuelve la visión masculina de la mujer, en la época victoriana, y en general a lo largo de la historia, cuando no se la trata como ser humano completo y se la aliena, tanto al considerarla un ser angelical, como al suponerla un ser limitado, enfermizo o vicioso. Existe una doble visión, según se trate de la mujer de clase media o alta y la mujer obrera que trabaja larguísimas jornadas en las sweetshops, arrastra semi-desnuda carretillas de carbón en las minas, o se dedica al servicio doméstico o a la prostitución.

¿Qué significación económico-social tiene este doble standard? La mujer rica permanece aislada en el hogar, dedicada a consumir, manteniendo así la sociedad industrial y mercantilista; la mujer obrera es una mano de obra barata, pieza clave en la revolución industrial. Se acepta siempre a la mujer en profesiones y actividades subordinadas, pero no en aquellas que puedan significar competencia con el hombre en cargos de relevancia social, profesional o económica. Dentro del mundo de la sanidad, existen actualmente monumentos en honor a Florence Nightingale, símbolo por excelencia de las enfermeras abnegadas (la placa en la cripta de “San Pablo” (fig. 2), el importante monumento en Waterloo Square, o el museo en el “Hospital de Santo Tomás”), pero no se menciona su grito de protesta en la novela Cassandra, ni hallamos monumentos, (excepto alguna discretísima placa, y el busto erigido en memoria de Louisa Aldrich-Blake en una esquina de Tavistock Square), en memoria de las mujeres objeto de esta tesis que lucharon por conseguir un título de doctoras y ejercer en pie de igualdad con los hombres.

Además, la industrialización hace sentir al ser humano la contradicción entre ser dependiente de las máquinas y la supuesta libertad y autocontrol en el campo comercial que defienden las teorías económicas. De nuevo podemos encontrar una explicación psicoanalítica a la contradictoria visión de la mujer: si la mujer es el ser dependiente, el hombre, no el obrero, el salvaje o el esclavo, sino el hombre blanco de clase media alta, puede ocupar tranquilo el lugar del ser libre y autosuficiente, proyectando la inseguridad y la dependencia en la mujer y otros grupos excluidos.

«Notions of gender differentiation fulfilled the ideological role of allowing the male sex to renew their faith in personal autonomy and control. Unlike women, men were not prey to the forces of the body, the unsteady oscillations of which mirrored the uncertain flux of social circulation; rather, they were their own masters -not automatons or mindless parts of the social machinery but self-willed individuals, living incarnations of the rational individualists and self-made men of economic theory». [14]   Se da asimismo otra contradicción social que también se proyectará en la mujer: la contradicción entre los altos valores de humanización atribuidos a la civilización y la brutalidad de la competitividad en el libre mercado. «At once angel and demon, woman came to represent both the civilizing power that would cleanse the male from contamination in the brutal world of the economic market and also the rampant, uncontrolled excesses of the material economy». [15]

La mujer que permanece en el ámbito privado realiza la función de ángel del hogar, que aporta valores humanos al hombre y lo purifica de la contaminación que supone la lucha en el mundo económico-social, pero esta misma mujer es una fuente potencial de descontrol si se separa del rol establecido. Asimismo en cada mujer queda representada la dualidad: la belleza exterior oculta la suciedad interior que debe ser expulsada para evitar que la mujer se convierta en la loca del ático de que nos ocuparemos en el próximo apartado.

«The male returns from his contaminating material labour in the outer world to be spiritually refreshed by his angel within the inner sanctum of the home. This outer/inner polarity existed, however, in direct conjunction with another formulation of the inner/outer divide: women were outwardly fair, but internally they contained threatening sources of pollution». [16]   A las mujeres se les exige un comportamiento social más controlado que al varón, su deseo sexual debe ser reprimido, pero al mismo tiempo se afirma que las mujeres son seres influenciables por todos los estímulos, «vessels of receptivity, doomed to vibrate uncontrollably both to external stimuli and their uterine system... helpless prisoners of their own bodies». [17]

La mujer debe dejar su cuerpo fuera de todo control que inhiba la salida al exterior de su flujo menstrual, pero tiene que reprimir sin embargo su deseo sexual, siendo la manifestación de éste una de las causas de ser considerada enferma mental.

II. Enfermedades de la mujer

  Debemos tener en cuenta que el concepto de enfermedad es una construcción mental, una nominalización, un epígrafe bajo el que la clase médica engloba un conjunto de síntomas manifestados por la persona enferma, a los que se atribuyen unas causas y unas consecuencias y para cuya desaparición se diseñan uno o diversos tratamientos. Existen enfermedades características de cada época. Así en el siglo XIX, siglo de gran avance en la medicina y en la cirugía, se produce una medicalización de la sociedad y, muy especialmente, de las mujeres y sus procesos fisiológicos. Al igual que en los siglos XVI y XVII, la mujer, especialmente la mujer blanca de clase media y alta, es un ser débil, enfermizo por su propia naturaleza y fisiología. Evidentemente existían múltiples enfermedades reales: epidemias, tuberculosis, viruela, otras enfermedades infecciosas agravadas por las deficientes condiciones sanitarias, anemias derivadas de una escasa alimentación en las clases más pobres, sífilis y otras enfermedades venéreas, tumores, infecciones post-operatorias y post-parto, etc. Las principales enfermedades que afectan a la mujer son las relacionadas con trastornos ginecológicos propiamente dichos: tumores ováricos, cáncer de útero y de mama, riesgos en torno al parto y al post-parto (fiebre puerperal) y otras de carácter psicosomático: la clorosis, la histeria, la neurastenia y la anorexia nerviosa.

Trataremos en otro apartado la atención sanitaria de la mujer en el embarazo, parto y post-parto, centrándonos ahora en las enfermedades que podríamos denominar psicosomáticas. La clorosis era una especie de anemia denominada así por el color verdoso que se suponía confería a la piel de las pacientes. En el libro de texto de Allbutt, A System of Medecine, publicado en 1905, el autor define la clorosis como «a malady of young women, and primarily of young women at or about the age of puberty... consisting in defect of the red corpuscles of the blood, a defect partly of numbers, chiefly of haemoglobin; the plasma being constant or even enriched». [18]

Parecería diferenciarse únicamente de la anemia por deficiencia de hierro en sangre, por la edad de las pacientes y otros síntomas que solían atribuírsele. Aún aparece en la edición de 1987 de la Enciclopedia Larousse una de las acepciones del término clorosis como "Tipo de anemia propia de la mujer joven". Es preciso tener en cuenta que para diagnosticar la anemia es preciso medir el número y tamaño de los glóbulos rojos y la cantidad de hemoglobina que llevan. La primera medición con éxito de glóbulos rojos no pudo realizarse hasta 1852 y no se dispuso de un instrumento adecuado para medir la hemoglobina hasta 1875. Con anterioridad a 1870 no se realizaban prácticamente análisis de sangre, por lo que el diagnóstico de la clorosis se realizaba frecuentemente teniendo en cuenta los síntomas, el sexo y la edad de la paciente.

Se atribuía la enfermedad a causas ambientales, constitucionales y morales, según cada doctor. Podían existir muchos factores desencadenantes: «living in dark, badly ventilated or poorly lit rooms, poor diet, excessive study, lack of exercise, derangement of the menstrual function, impoverished blood, disease of the nervous system, a morbid condition of the organs of generation, the result of masturbation». [19]

Tanto la menstruación como la masturbación se mezclaban en la mente obsesiva de los doctores al diagnosticar la clorosis. Y se aconsejaba a las madres que vigilasen atentamente a las hijas para evitar el “pecado solitario”. Así aconsejaba Allbutt en la obra citada: «if ephitelial debris be found repeatedly in the urine, masturbation must not be forgotten, and corroborative evidence of the habit....detected». [20]

La joven que sufría clorosis no se diferenciaba mucho de la joven ideal victoriana: sus labios y orejas eran pálidos aunque sus mejillas aparecían sonrosadas, débil y nerviosa, enfermiza, fértil y atractiva, según la definían distintos doctores de la época. Podemos constatar esta sintomatología coincide en gran parte con el cuadro de furor uterino descrito en el capítulo II. Como recoge W.M. Fowler en su artículo «Clorosis - An Obituary», publicado en Annals of Medical History, n. 8, 1936, la enfermedad, más imaginaria que real, desapareció prácticamente a comienzos del siglo XX.

La anorexia nerviosa asimismo atrajo la atención tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. Este trastorno sigue siendo de triste actualidad en nuestra época. ¿Qué pretenden manifestar las muchachas que lo sufren? ¿Qué causas puede tener en uno y otro momento? Tanto Florence Nightingale en su novela Cassandra como Charlotte Perkins Gilman en su obra Herland (1915), hacen referencias al ayuno como protesta contra la presión social. Cassandra compara la falta de alimento para el cuerpo con la falta de alimento para la mente a que se somete a la joven, que muere de hambre intelectual y espiritual. Las mujeres de Herland se niegan a tomar la dieta de carne, tal como hacían las muchachas anoréxicas, quizás llevando al extremo la imposición social de la inhibición sexual, dado que la dieta abundante en carne se relacionaba con una menstruación copiosa e incluso con ninfomanía.

La histeria ha sido definida a lo largo de la historia como un trastorno de la mujer relacionado con el útero de cuyo nombre en griego, hystera, deriva el de la enfermedad. Sus manifestaciones cambian en distintas épocas y lugares, siendo la fundamental una reacción excesiva y la conversión de deseos insatisfechos o conflictos internos en síntomas físicos. La persona que la sufre no es consciente de lo que sucede y los síntomas que presenta suelen ser muy similares a los de la enfermedad que cree padecer. Aunque también afecta a los hombres, por ejemplo en el campo de batalla, se ha considerado como una enfermedad característica de la mujer.

Como vimos en capítulos anteriores, a lo largo de la historia se habían atribuido al útero propiedades de desplazamiento en el cuerpo de la mujer y la posibilidad de provocar distintas dolencias. En la Edad Media se atribuyeron con frecuencia ciertos trastornos histéricos a posesión diabólica. Paracelso en su tratado Enfermedades que privan al Hombre de su Razón afirmaba que los trastornos del útero podían provocar ataques de histeria con convulsiones similares a las epilépticas.« He theorized that wombs coldness results in a spasm of the lining of the womb that passes to the limbs and veins of the rest of the body». [21]

En el siglo XVI, Reginald Scott (1538-1599) rebatía la atribución de trastornos a la posesión demoníaca, afirmando que las mujeres eran proclives a la melancolía, especialmente después de la menopausia. La sangre no expulsada al exterior producía vapores que afectaban el cerebro privando a las mujeres de su sentido y juicio y haciéndoles tener alucinaciones y creerse capaces de ejercer la brujería. En este mismo siglo Ambroise Paré aceptaba la explicación galénica de la histeria como resultado de la inflamación del útero causada por los vapores y humores en él contenidos. El útero inflamado provocaba la compresión de los pulmones. Paré apuntaba cinco síntomas de la histeria: «foolish talking, madness, loss of speech, contraction of the legs, and coma». [22]

Como dijimos en el capítulo II, la histeria estaba relacionada con la amenorrea y la falta de relación sexual, «It was to be found in those women that have not their menstrual flux as they should, and do want, and are destitute of husbands, especially if they are great eaters, and lead a solitary life». [23]

El doctor Thomas Sydenham (1624-1689) sostenía que sus funciones reproductoras hacían a la mujer mucho más proclive a sufrir histeria que el hombre: “he believed that “very few women... are quite free from every assault of this disease”. [24]

Entre los síntomas incluía: «apoplexy, convulsions, violent beating of the heart, vomiting, coughs, pain, anguish of mind, and dejection of the spirits». [25]

Según Sydenham existía una afinidad entre el útero y el cerebro de forma que un trastorno uterino podía desencadenar síntomas histéricos.

En el siglo XIX, se refuerza la visión del útero conectado al sistema nervioso de tal forma que cualquier desorden del aparato genital femenino provoca reacciones en todo el cuerpo y muy especialmente en el equilibrio psicológico de la mujer. En el siglo XIX, los síntomas atribuidos a la histeria estaban fuertemente relacionados con las características que se atribuían como naturales a la mujer:

«its vast, unstable repertoire of emotional and physical symptoms -fits, fainting, vomiting, choking, sobbing, laughing, paralysis - and the rapid passage from one to another, suggested the lability and capriciousness traditionally associated with the feminine nature». [26]

El ataque de histeria solía comenzar con dolor en el bajo vientre y sensación de obstrucción en el pecho y la garganta. A continuación la paciente sollozaba y reía alternativamente y podía sufrir convulsiones, movimientos de tipo epileptoide, palpitaciones, trastornos de visión y audición y pérdidas de conciencia. El ataque venía seguido de un gran cansancio y una rápida recuperación, aunque en algunos casos los efectos duraban varios días. Especialmente característico era el llamado globus histericus o sensación de ahogo similar al efecto de una bola que oprimiera el esófago, atribuido en la antigüedad al desplazamiento del útero, como vimos en un capítulo anterior.

Distintas creencias de la época, tales como la cantidad fija de energía en cada organismo, la influencia de la periodicidad del ciclo menstrual y del embarazo, la mayor susceptibilidad a los estímulos externos e internos del sistema nervioso femenino, etc., reforzaban la visión de la mujer como un ser tendente a sufrir patología de tipo psíquico, llegando a afirmar el psiquiatra E. Kraepelin (1856-1926) que el setenta por ciento de las mujeres eran histéricas.

«In the words of Dr Isaac Ray (1807-1881), with women, it is but a step from extreme nervous susceptibility to downright hysteria, and from that to overt insanity. In the sexual evolution, in pregnancy, in the parturient period, in lactation, strange thoughts, extraordinary feelings, unseasonable appetites, criminal impulses, may hunt a mind at other times innocent and pure». [27]   Atribuyendo siempre una causalidad ginecológica a la histeria, distintos autores tienden a responsabilizar diferentes órganos. Unos el útero, como Horatio Storer (1830-1922) en "Reflex Insanity in Women" o Frederick Hollick (1813-1900) en su obra "Diseases of Women". Otros, como Thomas Laycock, los ovarios, y otros, como hemos visto en el apartado anterior, los trastornos menstruales o el periodo menstrual directamente. Ello resultará asimismo en las diferentes terapias, tratamientos quirúrgicos, cura de reposo, etc. que se aplicarán y veremos en detalle en el próximo apartado.

Varios autores insistían en que la inhibición sexual y la falta de actividad de las muchachas contribuían a provocar la histeria. Entre ellos podemos señalar Bryan Donkin, quien escribió un ensayo sobre la histeria para el "Dictionary of Psychological Medicine" (1892), en el que relacionaba la enfermedad con el organismo y las condiciones sociales de las mujeres jóvenes. Pese a su relación con distintas mujeres feministas y su postura mucho más abierta que la de otros doctores, Donkin seguía poniendo el acento más en los deseos sexuales y de maternidad insatisfechos, que en la opresión socio-cultural que las mujeres sufrían en todos los órdenes de su vida.

 Robert Brudnell Carter escribió un importante estudio sobre la histeria titulado "On the Pathology and Treatment of Hysteria", atribuyendo dicha enfermedad fundamentalmente a la represión sexual impuesta a las mujeres. Carter admite la prostitución como válvula de escape para el deseo sexual de los hombres, pero tampoco cuestiona el sistema social, y sigue considerando que la mujer sólo puede encontrar la expresión de su sexualidad en el matrimonio. Incluso atacaba el uso del espéculo para evitar que las mujeres buscaran en ello una gratificación sexual. El miedo al apetito sexual femenino, o más bien a la sexualidad femenina no controlada por los hombres aparece una y otra vez, y un claro exponente es Augustus Gardner (1821-1876) quien, en su obra "Conjugal Sins Against the Laws of Life and Health" , atribuía la histeria más al exceso de excitación y práctica sexual que a su inhibición. Esta posición fue también mantenida por E. Curtis en "Manhood: The Causes of its Premature Decline", obra tan popular que vendió más de medio millón de ejemplares entre 1848 y 1869.

Existe una postura de crítica y rechazo de las mujeres histéricas por parte de los doctores. Veamos las características con que las describía Donkin «exceeding selfishness.... delight in annoying others, soundless suspicion, and unprovoked quarrelsomeness are of very common occurrence, and the instances of self-mutilation and wondrous filthy habits are numerous». [28]

Y Maudsley las acusaba de “moral perversión” “inmoral vagaries” y “moral degeneration” [29]

¿Qué características presentaban las mujeres histéricas para merecer tal crítica? Según F.C. Skey en las conferencias sobre la histeria pronunciadas en el Hospital de San Bartolomé en 1866, las chicas histéricas eran «energetic and passionate, “exhibiting more than usual force and decision of character, of strong resolution, fearless of danger, bold riders, having plenty of what is termed nerve» [30]

Además exigían la atención de la familia y quedaban libres de cumplir las tareas propias de su sexo. Es decir, de alguna forma, las muchachas histéricas somatizaban su oposición a cumplir pasiva y dócilmente el rol que la sociedad les imponía.

La neurastenia constituía una forma de enfermedad nerviosa femenina, mucho mejor aceptada que la histeria por la clase médica y por la sociedad en general, aunque los síntomas eran similares. «Like hysteria, neurasthenia encompassed a wide range of symptoms from blushing, vertigo, headaches, and neuralgia to insomnia, depression, and uterine irritability». [31]

¿Cuál era la diferencia fundamental? Los médicos se referían a las pacientes neurasténicas como mujeres bien educadas, sensibles, que se comportaban como damas y estaban dispuestas a cooperar y cumplir las normas impuestas por su médico. Es decir, eran más dóciles y obedientes y controlaban más sus manifestaciones.

La neurastenia, o debilidad nerviosa, comenzó en Estados Unidos, siendo descrita por primera vez en American Nervousness por George Beard en 1868, como un desorden nervioso funcional sin base orgánica, que afectaba por igual a hombres y mujeres, sobre todo de clases acomodadas, siendo su causa principal las presiones sociales. Beard señaló más de cincuenta síntomas de neurastenia, incluyendo «paralysis, convulsions, crying fits, tiredness, indigestion, vomiting, loss of appetite, morbid fears, inability to concentrate, sense of hopelessness and temporary blindness». [32]

En Norteamérica, la neurastenia era una enfermedad masculina socialmente aceptable, propia de los hombres luchadores en una sociedad capitalista competitiva, similar al stress de los ejecutivos actualmente. En cuanto a las pacientes femeninas se atribuía la enfermedad tanto a mujeres modernas como a la típica mujer victoriana, siendo más numerosas, sobre todo en América, las mujeres educadas de clase media. La doctora Margaret Cleaves, ejemplo de mujer intelectual paciente de neurastenia, escribió su autobiografía, Autobiography of a Neurasthene, en 1886. En su artículo “Neurastenia and Its Relation to Diseases of Women” (1886) atribuía la neurastenia femenina al exceso de trabajo y a las dificultades de la mujer para conseguir sus ambiciones de éxito profesional, intelectual y social en las estructuras de la época.

III. Tratamientos aplicados a las mujeres.

  El tratamiento de los trastornos ginecológicos.

Existía en primer lugar el problema de cómo diagnosticar una enfermedad ginecológica, dado que el reconocimiento únicamente por el tacto que representan algunos grabados de la época parece sería harto insuficiente y el espéculo tuvo que librar una larga lucha hasta extenderse su uso. En la primera mitad del siglo XIX los trastornos ginecológicos se seguían tratando con sangrías, purgas y pociones, pues hasta el descubrimiento de la anestesia existía una enorme dificultad para realizar extirpaciones de tumores en el pecho, y los grandes doctores desaconsejaban la extirpación de tumores ováricos, por el gravísimo riesgo que corría la vida de la paciente.

El espéculo había sido utilizado en Grecia y Roma, pero cayó en desuso y fue en 1801 cuando el francés Joseph Récamier (1774-1852) construyó un pequeño tubo a través del que pudo examinar el cuello del útero de una paciente, cuyo flujo vaginal no podía curar. Gracias al espéculo pudo descubrir y tratar la úlcera de cerviz que sufría la paciente, así como otros casos de carcinoma ulcerado de cerviz. Cuando se implantó la regulación de la prostitución en París partir de 1810, el espéculo se convirtió en el instrumento para controlar si las prostitutas sufrían enfermedades venéreas. Existió una gran controversia en torno a la utilización de este instrumento, pues se relacionaba una vez más con el fantasma del desenfreno sexual femenino. Su uso atentaba contra el pudor y la modestia de las jóvenes, y podía provocar el temido furor uterino y la prohibida masturbación femenina. Muchos autores escribieron en contra del espéculo. Tomemos, a modo de ejemplo, las palabras de Robert Brudnell Carter, autor de un importante estudio sobre la histeria publicado en 1853:

«I have, more than once, seen young unmarried women, of the middle classes of society, reduced, by the constant use of the speculum, to the mental and moral condition of prostitutes; seeking to give themselves the same indulgence by the practice of solitary vice; and asking every medical practitioner, under whose care they fell, to institute an examination of the sexual organs». [33]

  Entre los tratamientos ginecológicos se utilizaban las sangrías a base de sanguijuelas, el uso de pesarios en caso de prolapso de útero, incluso descargas eléctricas y masaje, así como la aplicación de distintos productos químicos, tales como nitrato de plata o hidrato de potasio para cauterizar heridas en el cuello del útero y tratar enfermedades venéreas.

La cirugía ginecológica

Debemos referirnos muy especialmente a la cirugía ginecológica. Durante la primera mitad del siglo se limitaba a la extirpación de pólipos, y otras intervenciones menores. La anestesia hizo posible operaciones tales como la extirpación de quistes ováricos, la histerectomía o extirpación del útero, y la rectificación de fístulas vesico-vaginales así como el tratamiento del prolapso de útero.

Pionero en la extirpación de quistes ováricos fue Ephraim McDowell (1771-1830), doctor de Kentucky que había completado sus estudios de medicina en Edimburgo en el curso 1793-94. McDowell operó en el salón de su casa a Jane Crawford, quien había viajado durante dos días a lomos de una caballería desde su granja. Jane Crawford tenía un enorme quiste ovárico que había confundido con un embarazo. En efecto, algunos de estos quistes llegaban a alcanzar gran tamaño y peso (hasta más de 70 kilos en un caso excepcional), impidiendo el movimiento y la vida normal de la paciente. McDowell conocía las opiniones del famoso cirujano John Hunter (1728 1793) y de su profesor en Edimburgo, John Bell, a favor de la ovariotomía, así como las grandes dificultades que entrañaba. Con la única colaboración de su sobrino y ayudante, McDowell operó a la señora Crawford el día de Navidad de 1809. No existiendo anestesia, la enferma resistió la operación cantando salmos. No sólo sobrevivió a la operación, sino que se repuso y volvió a su hogar y vivió treinta años más.

McDowell publicó, a instancia de sus amigos, un informe sobre esta operación años más tarde, en 1816. Este informe fue recibido con escepticismo por algunos doctores, pero influyó positivamente en otros. Y así, John Lizars (1787 1960), alumno asimismo de John Bell y cirujano y profesor de Anatomía y Fisiología en la Universidad de Edimburgo, procedió a realizar la primera ovariotomía en Gran Bretaña en 1824, en una paciente de veintisiete años que presentaba un vientre muy abultado. La paciente sobrevivió, pero Lizars había cometido un grave error: había confundido la obesidad de la joven con un tumor inexistente. Las tres mujeres que operó a continuación murieron tras la intervención. Entre 1825 y 1833 el Doctor Augustus Granville, Presidente de la primera Sociedad de Obstetricia realizó otras dos operaciones sin éxito. Esto hizo abandonar la práctica hasta que en 1838 William Jeaffreson (1790-1865) logró de nuevo realizar una ovariotomía con éxito. A partir de este momento y, seguramente, gracias a la incorporación de la anestesia a partir de 1847, la práctica se extendió tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, aunque la tasa de mortandad posterior a la operación siguió siendo alta, lo cual fue utilizado como el mayor argumento en contra por los doctores que se oponían a la ovariotomía.

El doctor americano J. Marion Sims fue también pionero en descubrir una intervención quirúrgica para tratar con éxito el problema de las fístulas vaginales que afectaban a muchas mujeres como consecuencia de desgarros sufridos durante el parto. Este padecimiento sometía a la mujer a una situación de sufrimiento e invalidez al provocar una pérdida continua de orina. Sims realizó múltiples operaciones a una paciente, la esclava negra Anarcha, hasta conseguir la técnica que se seguiría aplicando posteriormente. Ha recibido numerosas críticas, siendo acusado de haber utilizado a las esclavas negras para investigar y de despredicar a las mujeres, por la frase incluida en su obra "The Story of my Life": «If there was anything I hated, it was investigating the organs of the female pelvis» [34], pero es preciso decir en su favor que ayudó a resolver un grave problema que afectaba especialmente a las mujeres que daban a luz en pésimas condiciones sanitarias. Publicó en 1852, el estudio titulado "On the Treatment of Vesico Vaginal Fistula", que ha sido un clásico sobre el tema. En 1855, fundó en Nueva York el primer hospital para mujeres del mundo.   El tratamiento de la mujer durante el embarazo, el parto y el post-parto. La polémica de los hombres-comadrones.

Hasta comienzos del siglo XVIII el cuidado del parto y el post-parto quedaban a cargo del grupo de mujeres, parientas y amigas, más cercano a la parturienta, bajo la dirección de la comadrona. Durante siglos las comadronas no recibieron ningún tipo de enseñanza formal y aprendían, generalmente, actuando como ayudantes de otras parteras ya expertas. En 1512 aparece por vez primera en Inglaterra un sistema de control formal de las comadronas. Era la Iglesia quien proporcionaba la correspondiente licencia, teniendo en cuenta la moralidad y religiosidad de la candidata. Existía una gran preocupación por que las comadronas no administrasen abortivos a las embarazadas y por que no practicasen brujería utilizando las placentas y los recién nacidos muertos. Las candidatas debían aportar varios testigos, entre ellos seis matronas a las que hubieran atendido en sus partos, para dar fe de su habilidad profesional y, en ocasiones, el testimonio de una comadrona con experiencia. Tras obtener la licencia, debían realizar un juramento,

«which bound her to the exercise of her profession “faithfully and diligently”. The oath prohibited her from giving abortifacients, concealing information about birth events or parentages and practising magic rites. The midwife also had to promise that she would baptise infants in emergencies, according to the rites prescribed by the Church of England» [35]

En el Anexo I se incluye copia del juramento que debían formular las comadronas en Inglaterra, en el siglo XVII, para obtener la correspondiente licencia.   Los cirujanos sólo intervenían en casos de partos de gran dificultad. Existían tres casos principales de riesgo en el parto: mala presentación del feto, placenta previa y pelvis contraída. En los dos primeros casos, generalmente intentaban colocar al feto y extraerlo tirando de una pierna. Cuando la estructura de la pelvis impedía absolutamente el parto natural, se practicaba la craneotomía, o embriotomía, a fin de extraer el feto y tratar de salvar a la madre. «This procedure consisted in fixing a crotchet in the head of the foetus and removing it piece by piece. Usually the foetus was dead. But sometimes the crochet was used to extract a living child in an attempt at saving the mother’s life». [36]

Por razones religiosas, según qué vida se consideraba debía prevalecer, esta práctica era rechazada en los países católicos y aceptada entre los anglicanos. El hecho de dar más valor a la vida de la madre explica la mayor tolerancia hacia las personas que practicaban el aborto, las medidas en contra iban más encaminadas a castigar el posible daño a la vida de la madre que el daño al feto.

A partir de 1730, comenzaron a usarse nuevamente los fórceps. Este instrumento había sido inventado por la familia Chamberlen a principios del siglo XVII, manteniéndose como un secreto de familia hasta 1700 aproximadamente. A partir de 1733, se extendió el uso del modelo de fórceps del francés Dusée. Aunque el uso del fórceps pueda ser doloroso para la madre y perjudicial para el feto (con riesgo de causar daños cerebrales y/o craneales), sin embargo, representaba un gran avance respecto de la craneotomía. Hasta el año 1745, las mujeres habían podido ser admitidas en la Compañía de Cirujanos mediante aprendizaje o patrimonio y otras habían recibido licencia de cirujanas otorgada por el Obispo, pero pocas comadronas utilizaban fórceps. De esta forma el uso de dicho instrumento quedó ligado fundamentalmente al doctor, el denominado man midwife que desplaza a la comadrona en la atención al parto desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Es evidente que se comienza a producir entonces la medicalización de los procesos fisiológicos de la mujer, y el desplazamiento de ésta de las áreas de cuidado de la salud y de la vida que le habían estado conferidas. Pero debemos también señalar aquí que existió una fuerte oposición a la figura del "man midwife" en nombre, al igual que en el caso del espéculo, del pudor femenino, llegando a considerarse que era una forma encubierta de adulterio. Así afirmaba George Morant en 1857, en su libro, dirigido a los esposos, "Hints to Husbands. A Revelation of the Man Midwife’s Mysteries" que «women were “invaded by the presence, and violated by the actual contact of the man midwife» [37]

Una de las grandes causas de muerte en la mujer eran las fiebres puerperales, o infecciones subsiguientes al parto. Durante el siglo XIX, siguiendo la tendencia de los hospitales especializados, se crean distintos hospitales de mujeres donde se atienden no sólo trastornos ginecológicos, sino también mujeres que sufren enfermedades crónicas. Así encontramos el Hospital for the Diseases of Women, creado en 1843; el Chelsea Hospital for Women, creado en 1873, y, el New Hospital for Women, fundado en 1872 por Elizabeth Garrett, así como las salas de ginecología y obstetricia de los hospitales generales, como "St. Thomas" o "St. Bartholomew’s Hospital". Las pacientes que acuden al hospital son fundamentalmente mujeres pobres o de muy escasos recursos económicos, puesto que las mujeres de clase media o alta preferían ser atendidas, incluso intervenidas quirúrgicamente, en su casa. Se supone que al acudir al hospital la mujer recibiría un mejor cuidado, sin embargo, se aumentaba el número de las mujeres que morían por fiebre puerperal.

Ilustrativa es la historia de Ignaz Philipp Semmelweis. En febrero de 1846, Semmelweis ocupó el cargo de ayudante en la primera clínica de obstetricia de Viena. Durante su primer mes de trabajo murieron treinta y seis mujeres de las doscientas ocho que dieron a luz. Semmelweis se sensibilizó ante el tema, al contrario que el director de la clínica, el profesor Klein, quien aceptaba la muerte por fiebre puerperal como algo fatídico e inevitable, consecuencia de los miasmas del ambiente. Existían dos subsecciones de obstetricia, una atendida por comadronas y otra por estudiantes de medicina a cargo de Semmelweis.

Este observó que el número de fallecimientos era nueve veces superior en la sala de los estudiantes. Se dedicó con ahínco a estudiar el tema, realizando autopsias de las mujeres fallecidas. Finalmente llegó a descubrir, al observar la patología sufrida por su compañero, el forense Kolletschka, quien murió tras cortarse accidentalmente con un bisturí durante una autopsia, que las mujeres contraían la fiebre puerperal al ser contagiadas por los propios doctores y estudiantes que las atendían con sus manos sucias tras haber pasado por la sala de disección. Semmelweis exigió inmediatamente que todos sus estudiantes se lavasen las manos en agua clorada antes de entrar a la sala de partos. Posteriormente, descubrió que la infección se transmitía también de un organismo vivo a otro. Ello le llevó a exigir una higiene rigurosa, el aislamiento de enfermas con procesos infecciosos, etc. Cuando sus descubrimientos comenzaban a divulgarse, la rivalidad política y profesional llevó al director Klein a expulsar a Semmelweis, quien continuó su investigación en la sección de obstetricia del Hospital San Rafael de Budapest. El desprecio de sus descubrimientos terminó provocándole una crisis nerviosa y su internamiento, el 20 de julio de 1865, en un hospital psiquiátrico, donde murió en agosto de ese mismo año. Irónicamente, la causa de su muerte fue una infección provocada a partir de una herida sufrida durante una de sus últimas autopsias. Poco después, en 1866, Joseph Lister, profesor de la universidad de Glasgow, siguiendo los descubrimientos de Pasteur, extendió la lucha contra las infecciones, causa principal de muerte en los partos e intervenciones quirúrgicas en general.

Aunque la leyenda haya transmitido que el primer emperador romano nació por cesárea, derivando de ahí su nombre, la realidad es que a lo largo de los siglos esta operación sólo se efectuaba en mujeres muertas, para salvar al feto aún con vida. En el Renacimiento se realizó algún informe sobre operaciones a mujeres vivas y en 1581, Francois Rousset, médico del duque de Saboya, publicó en París el primer manual sobre la cesárea. En 1778, el tocólogo francés Deleury informó sobre una operación en que la madre había salvado la vida, caso excepcional, pues las mujeres vivas en que se practicaba morían bien por hemorragia interna, bien por infección. El avance de las medidas antisépticas, el uso de la anestesia a partir de 1846, y la técnica experimentada por el italiano Eduardo Porro con la parturienta Julia Covallini el 21 de mayo de 1876, convertirán la cesárea en una forma de salvar la vida del feto y, en muchas ocasiones, de la madre, en casos de estrechez de pelvis.

Gran importancia tuvo la aplicación del cloroformo al parto, realizada por el ginecólogo de Edimburgo Jessie Simpson en 1848, tras comprobar que si bien la madre quedaba dormida y no percibía sensación dolorosa alguna, las contracciones uterinas se seguían produciendo. Simpson tuvo en contra la opinión de distintos doctores, entre ellos Montgomery, jefe de la Escuela de Obstetricia de Dublín, y de la Iglesia. El argumento fundamental era el mantenimiento de la condena divina sobre la mujer, ligando la transmisión de la vida al dolor. Sería un hecho político el que haría que el parto con anestesia fuese socialmente aceptado. El 7 de abril de 1853, la reina Victoria dio a luz a su cuarto hijo, el príncipe Leopoldo, duque de Albany, habiéndole aplicado cloroformo el doctor John Snow.

Tratamiento de las enfermedades psicosomáticas

Existía una característica común en los todos los tratamientos aplicados: la pretensión de doblegar absolutamente a la paciente. En palabras de Elaine Showalter:

«English psychiatric treatment of nervous women was ruthless, a microcosm of the sex war intended to establish the male doctor’s total authority. It could be compared to a game of chess... a complex sequence of offensive and defensive manoeuvres requiring elaborate strategic planning... And the medical ideal of a full and radical cure took the form of a kind of moral checkmate: the complete submission of the patient to the physician’s authority». [38]

  En los casos de histeria se recomendaban tratamientos agresivos tales como: echarles agua por la cabeza, comprimir el nervio supra-orbital, impedirles respirar, golpear en la cara y el cuello con toallas húmedas, etc. En este sentido, podemos decir, que la postura más humanitaria que reflejaba la medicina del siglo XVIII, se endurece nuevamente, en el XIX, tanto en el campo de la cirugía ginecológica, como en el del tratamiento de los trastornos psíquicos.

Especial atención merece la práctica de la ovariotomía, como forma de control del comportamiento de las mujeres. Se aplicaba muy especialmente para controlar las manifestaciones de deseo sexual, la masturbación y la ninfomanía. Se conoce esta práctica con el nombre de Battey’s operation, pues fue el doctor americano Robert Battey quien extirpó por primera vez los ovarios sanos de una mujer, en 1872, por considerar que eran la causa de los síntomas que padecía. Al principio aplicó su operación a pacientes que sufrían trastornos ginecológicos, tales como excesivo flujo menstrual, fibromas uterinos y epilepsia menstrual, considerando que desaparecerían al provocarles la menopausia mediante la extirpación de los ovarios. Más tarde, aplicó la operación a mujeres «who were insane, hysterical, unhappy, difficult for their husbands to control, for example those who were unfaithful to their husbands or disliked running a household». [39]

¿Estamos lejos de las prácticas nazistas o inquisitoriales? La mujer que acusa un malestar psicológico, posiblemente debido a sus condiciones de vida, la mujer que rompe la norma establecida, no es ya condenada a la hoguera, pero sí es mutilada para doblegar su rebeldía.

Pese a las críticas que recibía por castrar a las mujeres, Battey presentó un informe titulado Normal Ovariotomy. Consideraba que las operaciones que él practicaba eran similares a la extirpación de ovarios con quistes, porque, aunque pareciesen sanos, los ovarios debían estar enfermos, teniendo en cuenta los síntomas que se suponía producían. Se trató de aplicar la ovariotomía con fines eugenésicos: todas las mujeres enfermas mentales debían ser esterilizadas. La operación se aplicó de forma muy extensa en Estados Unidos y en Europa. Según Ann Dally, entre 1872 y 1906 «it was estimated that... about 150,000 women had had the operation.... Most of these women were young; the average age was thirty». [40]

¿Cómo aceptaban las mujeres estas operaciones? Algunos autores interpretan que muchas mujeres pudieron considerar este tratamiento como una forma de control de natalidad, en un momento en que la mujer tenía poco acceso a sistemas anticonceptivos fiables. El ginecólogo Alfred Meadows lo propuso en 1886 como procedimiento de esterilización en casos en que un embarazo pudiera poner en peligro la vida de la madre. Debemos tener en cuenta que en ese momento el índice de mortandad consecuencia de la ovariotomía era aún del 10 por ciento y muchas mujeres se negaban a someterse a la operación.

Los doctores que practicaban ésta y otras mutilaciones genitales aseguraban siempre haber conseguido, con gran éxito, la desaparición de los síntomas manifestados por la paciente. Por otra parte, una vez pasada la época de moda de este tipo de intervenciones, se ha silenciado su existencia en la Historia de la Medicina, hasta el extremo de que cuando oímos actualmente hablar de clitoridectomía, no relacionamos tal práctica con el mundo victoriano anglosajón. Sin embargo fue ampliamente aplicada primero en Inglaterra y posteriormente en Estados Unidos.

Hemos visto repetidamente a lo largo del presente capítulo la obsesión de los doctores del XIX por impedir la masturbación femenina, atribuyéndole ser una de las causas de graves trastornos psicológicos. Citemos dos libros que tratan ampliamente este tema: The Anxiety Makers, de Alex Comfort, y The Other Victorians, de Steven Marcus. Los tratamientos contra la masturbación siguen recordando prácticas de tortura y castigo: «hot water enemas, leeches applied to the vulva and cauterisation of the clitoris». [41] El clítoris era el más claro exponente del placer sexual fuera del control masculino.

Eliminar el placer sexual femenino permitiendo la reproducción era transformar a la mujer que se rebelaba contra la asfixiante norma social en el ideal femenino victoriano. Un cirujano londinense fue el primero en decidirse a llevarlo a la práctica. Isaac Baker Brown, fue un estudiante de medicina destacado en el "Guy’s Hospital" de Londres, y más tarde uno de los fundadores del St. Mary’s Hospital, del que fue cirujano y ginecólogo. En 1854 publicó una obra titulada «On Surgical Diseases of Women», la primera obra dedicada exclusivamente al tratamiento quirúrgico de las enfermedades de la mujer. En 1858 abrió una clínica privada en Notting Hill, llamada «The London Home for Surgical Diseases of Women», cuyo nombre cambió un año más tarde por el de «London Surgical Home for Diseases of Women». En 1865 fue elegido presidente electo de la Medical Society de Londres. En Marzo de 1866 Baker Brown publicó un informe sobre cuarenta y ocho casos de peripheral excitement (eufemismo por masturbación), titulado «The Curability of certain forms of Insanity, Epilepsy, Catalepsy, and Histeria in Females». Baker había llegado a la conclusión de que

«many diseases of females “depend on loss of nerve power, and this was produced by peripheral irritation, arising originally in some branches of the pudic nerve, more particularly the incident nerve supplying the clitoris, and sometimes the small branches which supply the vagina, perinaeum, and anus» [42]

 Según Baker, la enfermedad, que él mismo diseña para aplicar su cura perfecta, recorre ocho estadios:

«histeria, spinal irritation (with reflex action on uterus, ovaries, etc.) and giving rise to uterine displacements, amaurosis (blindness), hemiplegia (paralysis down one side), paraplegia (paralysis on both legs), epileptoid fits of hysterical epilepsy. Other conditions held in these systems of belief included cataleptic fits, epileptic fits, “idioticy”, mania and death». [43]

El trastorno aparecía en la pubertad, cuando las muchachas se mostraban inquietas, excitadas e indiferentes a las exigencias de la (monótona) vida doméstica. Manifestaban depresión, pérdida de apetito, dificultad para mirar a los ojos, y solían tener deseos de abandonar la casa familiar y trabajar, hacerse enfermeras o hermanas de la caridad. ¡Un síntoma fundamental en el diagnóstico era el descontento de la joven y sus deseos de independencia personal! En cinco de los casos que aparecen en el informe, un síntoma de la enfermedad era el deseo de obtener el divorcio según la ley de 1857. Todas estas mujeres, fueron curadas tras serles extirpado el clítoris, y «“became docile and returned to her husband. He removed the clitoris of a twenty year old woman because she “was disobedient to her mother’s wishes”, sent visiting cards to men she liked and spent “much time in serious reading". [44]

Las características de las pacientes de Baker Brown eran variadas, incluyéndose entre ellas, niñas de diez años, mujeres que padecían problemas de la vista y enfermas aquejadas de histeria. Su libro fue inicialmente muy bien acogido. El mismo mes de su publicación, los príncipes de Gales entregaron una donación económica para el mantenimiento de la clínica de Baker. El Times publicó una alabanza en su honor, diciendo que «Isaac Baker Brown had “successfully brought insanity within the scope of surgical treatment». [45]

El "Church Times" del 29 de abril de 1866 proponía al clero que sugiriesen la clitoridectomía a sus feligresas, en casos de epilepsia. Este artículo fue reproducido en el British Medical Journal bajo el título de “Spiritual Advice”. [46]

Muchos doctores, sin embargo, criticaron a Baker. El 28 de abril de 1866, el British Medical Journal publicó una revisión de tres páginas de su nuevo libro altamente crítica. El 3 de diciembre de 1866 se celebró en la Obstetrical Society de Londres un amplio debate sobre el tema, tras la lectura de un informe del Dr. Hawkes Tanner sobre «Excision of the clitoris as a cure for hysteria». Finalmente, el 3 de abril de 1867, la Obstetrical Society celebró una reunión para tratar la expulsión de Isaac Baker Brown, en la que dos terceras partes de sus miembros votaron contra él, publicándose a continuación un amplio informe de quince páginas en el British Medical Journal. Pero la mayor acusación hacia Baker no fue la práctica de la clitoridectomía en sí, sino el hecho de que la aplicase con excesiva frecuencia, sin consentimiento de la paciente o del marido. El engaño de la paciente parece ser el problema fundamental, no el tipo de operación a que la sometía. Con la expulsión de Baker y su dimisión en la Medical Society de Londres, la excisión de clítoris quedo desprestigiada y pocos doctores continuaron aplicándola. Sin embargo, se extendió a Estados Unidos, donde se practicó durante muchos años. Todavía en 1925, aparecía en los libros de texto americanos, junto con la cauterización de la espina dorsal y los genitales.

El tratamiento standard para la neurastenia era la cura de descanso de Silas Weir Mitchell’s:

«Mitchell’s rest cure, which he first described in 1873, depended upon seclusion, massage, electricity, immobility and diet... For six weeks the patient was isolated from her family and friends, confined to bed, forbidden to sit up, sew, read, write, or to do any intellectual work, visited daily by the physician, and fed and massaged by the nurse». [47]

  De nuevo el tratamiento médico reproduce el ideal victoriano de la mujer pasiva, inactiva y sometida a una voluntad ajena a la suya. Dos escritoras nos han dejado dos visiones diferentes de la denominada rest cure. La inglesa Elizabeth Robin, ofrece una visión positiva en su novela "A Dark Lantern", en que la protagonista supera su neurastenia obedeciendo las prescripciones del doctor quien se convertirá en su marido al final de la obra; la norteamericana Charlotte Perkins Gilman, que fue sometida durante un mes a la cura de Weir Mitchell, nos ha dejado una visión dura y realista de la angustia provocada por el encierro, el aislamiento y la inactividad de la cura de reposo, en su relato "The Yellow Wallpaper".

Durante la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres se convierten en las principales pacientes psiquiátricas, siendo sometidas a cirugía, curas de reposo, curas de agua, mesmerismo y siendo recluidas en manicomios. Todavía en 1845, los hombres internados en hospitales psiquiátricos sobrepasaban a las mujeres en un treinta por ciento. Sin embargo, durante la década siguiente la población femenina recluida era ya superior a la masculina.

En los años 1890, «the predominance of women had spread to include all classes of patients and all types of institutions; female paupers and female private patients were in the majority in licensed houses, registered hospitals, and the county asylums». [48]

No parece difícil comprender las causas sociales del malestar psicológico de la mujer del siglo XIX. Pero no podemos olvidar que las mujeres siguen siendo las principales consumidoras de medicamentos y terapias psiquiátricas. ¿Sigue la sociedad sometiendo a la mujer a condiciones de vida desequilibrantes? ¿Se sigue considerando desequilibrio psíquico en la mujer la expresión de deseos e impulsos que en el hombre se admiten como aceptables?

Al mismo tiempo se producía otro cambio. Entre 1854 y 1870, la mayoría de las casas de reposo estaban dirigidas por mujeres, concretamente una de cada cinco casas en provincias y una de cada cuatro en la ciudad. Poco a poco los doctores toman el monopolio del tratamiento psiquiátrico, al tiempo que se niega el acceso de las mujeres a los estudios que les permitirían obtener una formación similar a la de los hombres. Se desplaza a la mujer de cuidadora de la salud a paciente, receptora pasiva del cuidado médico. Se la relega a actividades auxiliares, se la desplaza de aquellos campos que le habían sido habitualmente confiados (comadronas, atención a enfermos mentales), aduciendo su falta de preparación. Aumenta la importancia social del médico, se exige una mayor preparación y la pertenencia a las distintas corporaciones profesionales y al mismo tiempo se le niega a la mujer el acceso a la consecución de esa misma formación cuando intenta obtener los conocimientos y las titulaciones que la permitan ocupar un puesto activo en el cuidado de la salud. Ello será objeto de estudio en capítulos posteriores.

Publicado en Purificación Mayobre

Notas

[1] Moscucci, Ornella. The Science of Woman. Gynaecology and Gender in England 1800-1929. C.U.P. Cambridge, 1990, p. 102

[2] »Idem, p. 102

[3] Idem, p. 34

[4] Shuttleworth, Sally. Female Circulation: Medical Discourse and Popular Advertising in the Mid-Victorian Era, en Jacobus, Mary; Fox Keller, Evelyin and Shuttleworth, Sally, (edits.) Body Politics. Women and the Discourse of Science. Routledge. Londres, 1990, p. 50

[5] Showalter, Elaine. The Female Malady: Women, Madness and Culture, 1830-1980. Virago. Nueva York, 1987. p. 56

[6] Idem, p. 57

[7] Nancy, Tuana. The Less Noble Sex. Indiana University Press. Indianapolis, 1993, p. 99

[8] Burrows, George Man. Commentaries on the Causes, Forms, Symptoms, and Treatment, Moral and Medical, of Insanity. Londres, 1828. Nueva York, Arno Press, 1976. p 146, cita tomada de Shuttleworth, Sally. Female Circulation: Medical Discourse and Popular Advertising in the Mid-Victorian Era, in Body Politics. Women and the Discourse of Science, p. 47

[9] Idem, p. 51

[10] Shuttleworth, Sally, o.c. p. 50

[11] Idem, p. 59, incluyendo nota de Buchan, William, Domestic Medicine, p. 273-74

[12] Idem, p. 52

[13] Idem, p. 52

[14] Idem, p. 55

[15] Idem, p. 55

[16] Idem, p. 55

[17] Idem, p. 60

[18] Dally, Ann. Women under the Knife. A History of Surgery. Hutchinson Radius. Londres, 1991, p. 98

[19] Idem, p. 98

[20] Idem, p. 99

[21] Tuana, Nancy, o.c. p. 97

[22] Idem, p. 97

[23] Idem, p. 97. Incluye cita de Paré, Ambroise, Collected Works, p. 939

[24] Idem, p. 97. Incluye cita de Sydenham, Thomas. Complete Method, p. 410

[25] Idem, p. 97

[26] Showalter, Elaine, o.c. p. 129.

[27] Tuana, Nancy, o.c. p. 98. Incluye cita de Ray, Isaac. "Insanity Produced by Seduction", citado en Barker-Benfield, The Horrors of the Half-Known, p. 83

[28] Shoewalter, Elaine, o.c. p. 133

[29] Idem, p. 133

[30] Idem, p. 132

[31] Idem, p. 134

[32] Dally, Ann., o.c. p. 101

[33] Carter, Robert Burdnell. On the Pathology and Treatment of Hysteria. London, 1853, p. 69. Cita tomada en Ornella, Moscucci, o.c. p.116

[34] Dally, Ann, o.c. p. 27

[35] Ornella, Moscucci, o.c. p. 44

[36] Idem, p. 46

[37] Idem. P. 118.

[38] Showalter, Elaine, o.c. p. 137

[39] Dally, Ann, o.c. pp. 147-148

[40] Idem, p. 156

[41] Idem, p. 162

[42] Idem, p. 166

[43] Idem, p. 166

[44] »Idem, p. 167

[45] Idem, p. 168

[46] Idem, p. 169

[47] Showalter, Elaine, o.c. p. 138

[48] Idem, p. 52


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