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La perversión de la igualdad

Miércoles 3 de mayo de 2006, por Lidia Falcón O’Neill

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Artículo cedido expresamente por Vindicación Feminista para Ciudad de Mujeres


En el comienzo de este siglo XXI que tantas dichas e infortunios nos augura, el feminismo está viviendo nuevas formas de interpretación de la realidad y de la práctica cotidiana que merecen una reflexión más seria de la que se le dedica habitualmente, tanto en los medios de comunicación, como en los foros dedicados a él. Los nuevos mitos del feminismo que han sustituido a las conocidas consignas difundidas tras dos siglos de luchas, han aparecido en escena y van cobrando cada vez más auge gracias a los canales difusores que algunos centros de poder ponen a su disposición. Ello está distorsionando el verdadero objetivo de las luchas feministas que hasta ahora se proponían la construcción de un mundo mejor, en el que las mujeres no quedaran excluidas. Esas distorsiones han pervertido el feminismo, y una de esas perversiones y no la de menos importancia es la igualdad como objetivo prioritario en todos los movimientos feministas que han surgido y se han desarrollado en los últimos dos siglos, desde que la conciencia feminista prendió en amplias colectividades de mujeres.  

SOBRE LA IGUALDAD

  El feminismo que ha reivindicado la igualdad escueta entre el hombre y la mujer desde finales del siglo XVIII, cumpliendo la máxima marciana de que “Mientras una clase no tiene fuerza para imponer su ideología sigue la ideología de la clase dominante que la precede en la lucha”, se apropió de las reclamaciones burguesas que los dirigentes de la Revolución Francesa hicieron universales. Cumpliendo con los principios de la filosofía liberal, sacrificaron todo planteamiento de triunfo de la idea. Si las mentes privilegiadas que habían “ideado” la Enciclopedia y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, decían que la proclamación de esos derechos bastaba para convertir a todos los hombres en iguales, las mujeres copiaban tales objetivos y exigían su cumplimiento también para ellas.   En definitiva, si conseguir una declaración institucional que afirmaba la igualdad de derechos y obligaciones entre los hombres, provocaba una verdadera revolución, trastocaba todos los principios reputados como sagrados hasta aquel momento, derrocaba monarquías, decapitaba reyes y obispos, y situaba en el poder a los hasta aquel momento súbditos, y proclamaba que el derecho al voto, la elección de los representantes en las Cámaras y el gobierno elegido en los Parlamentos asegurarían al pueblo la mejora económica de su condición y la igualdad social entre todas las clases: para las mujeres, si conseguían que esa misma Constitución las concerniera y las leyes complementarias se les aplicaran, esos mismos objetivos se habrían cumplido logrando la hasta aquel momento inalcanzable igualdad con los hombres.   En la ignorancia de los principios del materialismo, ocultas, para el pueblo tanto como para las mujeres, las fundamentales diferencias entre estructura y superestructura, convencidas las últimas -más bien deslumbradas- por los descubrimientos de la Ilustración, han luchado durante dos siglos por alcanzar el mismo estatus político que los hombres, mientras observan, siglo tras siglo y decenio tras decenio que la tan perseguida igualdad sigue siendo un horizonte que jamás se alcanza. En el mismo espejismo han caído los dirigentes políticos de las clases explotadas, cuando han aceptado, no sólo sumisa sino más lamentablemente contentos, las reglas de la democracia burguesa, seguros de que aprovechando tales normas podrán llegar a combatir el poder con sus explotadores, tal como la burguesía afirma desde hace doscientos años. Por cierto, que este mismo deslumbramiento ha vuelto a atacar en la actualidad a las organizaciones obreras y a los partidos socialistas, que hace más de un siglo lucharon arduamente por la obtención del sufragio universal convencidos de que el poder del voto y la participación en las elecciones eran el único medio de alcanzar, periódica e intermitentemente, el poder político. No parecen haber entendido, a pesar del tiempo transcurrido y de tantas experiencias fracasadas, que las normas de la democracia burguesa se han dictado en beneficio de su clase y de los partidos que la representan. Para alcanzar tal fin las normas electorales se moldean y tergiversan a fin de que beneficien a los partidos que poseen más medios económicos y detentan más poder político, y que se utilizan toda clase de corrupciones para que las clases populares no accedan nunca al verdadero núcleo del poder o lo hagan tangencialmente o de manera vicaria. El ejemplo del gobierno de Salvador Allende en Chile, destruido por el golpe militar que instauró la dictadura de Pinochet, después de haber llegado al poder en una votación popular, sería el ejemplo más representativo de la segunda mitad del siglo XX de cómo la burguesía -en alianza con la oligarquía estadounidense y su poder militar- no va a consentir pacíficamente ser derrotada políticamente en las urnas. El de la II República Española es el ejemplo de la primera mitad del mismo siglo.   Cierto es que cuando la presión del Movimiento Feminista se hace más fuerte, en los países más avanzados se les reconocen los derechos políticos, pero no serán las leyes sino la estructura económica de la sociedad la que las excluya de la real participación en los órganos de decisión políticos y las impida participar en la riqueza producida del mismo modo que la burguesía excluye a los trabajadores. Los objetivos específicos de las mujeres: salario a trabajo igual, ascenso en las categorías profesionales, participación en los órganos de poder, tanto del partido como del Estado, igual estatus social, económico y político que los hombres, ayudas reales a la maternidad, liberación del trabajo doméstico, participación de los hombres en el cuidado de la familia, no serán alcanzados nunca. Ni en los países capitalistas ni en los socialistas.  

Y BIEN, ¿QUÉ ES LA IGUALDAD?

Mientras las luchas feministas tuvieron que ceñirse a la reivindicación de igualdad legal, para obtener la cual hubieron de luchar duramente durante dos siglos, no fue posible poner en cuestión tal objetivo. Es indudable que sin la obtención del refrendo constitucional y la aprobación de cuerpos legales que ofrecieran una protección institucional a las mujeres, era imposible reclamar la equidad en el reparto de la riqueza, el acceso al poder político y la liberación de las cargas de la maternidad y del trabajo doméstico.   Ha sido en la segunda mitad del siglo XX cuando, alcanzado aquel objetivo en la mayoría de los países avanzados, el feminismo se ha planteado la corrección de tal demanda y cómo se había articulado en la práctica a partir de las sanciones legales de la igualdad.   Es imprescindible recordar aquí aunque sea brevemente, que la exigencia de igualdad por parte de las mujeres que comienzan la lucha de manera organizada y colectiva en la Revolución Francesa, no solamente abarcaba los aspectos legales, constitucionales, la organización política y económica de la sociedad, sino también la aceptación de la igualdad intelectual y fisiológica de la construcción de los cuerpos masculino y femenino. Esta exigencia que nos resulta necesaria de matización, era sin embargo desde el Renacimiento uno de los temas de debate más importantes en la lucha por alcanzar un estatus de respeto social para las mujeres.   El feminismo de la diferencia, y otras muchas ideólogas feministas que, aún desde la perspectiva de solicitar igualdad de derechos para las mujeres critican el igualitarismo, olvidan que precisamente una de las fundamentaciones teóricas más importantes del patriarcalismo y de los ideólogos de la derecha más recalcitrante, de la política conservadora, de la reacción contra todo avance de las mujeres, se basaba en la descripción de las diferencias anatómico-biológicas entre el hombre y la mujer. Las conclusiones a las que llegaban los científicos derivaban de esas diferencias anatómico-fisiológicas a las supuestas diferencias entre el cerebro masculino y femenino. Los sentimientos, la sensibilidad, la emotividad que diferenciaba a los dos sexos.   El debate sobre las diferencias de inteligencia entre hombres y mujeres basadas en el tamaño, la forma, la configuración incluso de los cerebros masculinos y femeninos, ocupó miles de páginas de acalorado discurso entre científicos, políticos, sociólogos, filósofos, moralistas y religiosos. Cuando el mandato divino del Génesis dejó de ser eficaz para reprimir las ansias de cambio de las mujeres, y los religiosos desde los púlpitos se vieron impotentes con sus anatemas y excomuniones para impedir que aquellas se cortaran el pelo, o salieran a la calle a reclamar el derecho al sufragio, solicitaran el divorcio y lo ejercieran, se negaran a casarse con el marido escogido por el padre, exigieran el control de natalidad y hasta cometieran la aberración del aborto, surgieron las voces científicas que con fundamentos al parecer muchos más racionales basados en la experimentación y conocimiento profundo de las psiques humanas, vinieron a ratificar las mismas prohibiciones que habían sido hasta entonces sustentadas por Dios y sus secuaces.   En consecuencia, rechazar rotundamente la idea de que los órganos sexuales y reproductivos de la mujer, su menor tamaño físico, el menor peso de su cerebro, las hormonas, la progesterona y los estrógenos que actúan sobre el cuerpo femenino fueron fundamento tanto de diferente conducta y reacciones en la mujer respecto al hombre como de la obtención de derechos y estatus social menospreciado lo que va a situarlas en el papel explotado y oprimido que conocemos, fue una capital reivindicación del feminismo durante dos siglos.   Exigir el derecho a disponer de la propia vida, obtener un empleo, recibir el mismo salario, acceder a puestos de responsabilidad en la profesión y tener posibilidades de gobernar los países implicaba a la vez negar la importancia de los cambios biológicos que se producen en las hembras desde la menarquía hasta la menopausia. Negar también así mismo la dedicación y esfuerzo que significa la maternidad, y considerar como excusas sin importancia y tendenciosas y malintencionadas, el estudio de las diferentes reacciones femeninas y las disímiles conductas de los hombres y de las mujeres ante estímulos y situaciones como el amor, la sexualidad, la familia, la amistad, la guerra, la violencia, el esfuerzo físico, el dolor, la tortura, la muerte, era imprescindible para convencer a gobernantes y políticos para que aprobasen legislaciones que garantizasen todos los derechos a las mujeres.   Durante dos siglos fue imprescindible que las dirigentes feministas aseguraran que ni la menor fuerza física y mayor grasa corporal del cuerpo femenino, ni la menstruación, los embarazos, los partos, las lactancias, los cambios hormonales derivados de la menopausia, tenían la menor influencia en nuestra conducta y reacciones, ni por supuesto limitaban nuestra capacidad de trabajos en las tareas intelectuales más arduas, puesto que habíamos logrado demostrar que ni el menor peso o volumen del cerebro implicaba merma en la inteligencia.   Esta batalla por anular las diferencias anatómico-fisiológicas entre los hombres y las mujeres fue imprescindible, y tuvo a su vez resultados positivos ya que no cabe duda que los argumentos esgrimidos por el Movimiento Feminista dominante más de cien años influyeron sobre las resoluciones que los gobernantes de los países occidentales acabaron tomando respecto a la igualdad de derechos. Prueba de ello es que la numerosa literatura de países islámicos o hindúes donde la discriminación de la mujer se establece legalmente, y en los que los gobernantes se niegan rotundamente a aceptar un estatus igualitario para las mujeres, está basada en la descripción repetitiva de todas las diferencias anatómico-fisiológicas, biológicas que separan a los hombres de las mujeres, así como la misión reproductora que éstas tienen que cumplir obligatoriamente.  

EL FENÓMENO DE “EL ALARDE” DE IRÚN

  Como fenómeno representativo de esa concepción de la igualdad que homogeneiza de forma acrítica las conductas que ha diseñado milenariamente la cultura patriarcal como propias de lo masculino y de lo femenino, podemos analizar la vindicación de las mujeres de Irún y de lo femenino y de Fuenterrabía para participar con el mismo papel que los hombres en el desfile militar que conmemora cada año una victoria de las tropas de la ciudad sobre los enemigos franceses. Desde la época de la batalla, suceso que dio nacimiento a la mencionada fiesta, el desfile que la celebra era protagonizado únicamente por los hombres de la ciudad, y algunas mujeres que les acompañaban lo hacían en calidad de cantinera, ataviadas acorde con su misión, mientras ellos van trajeados de soldados de la época y lucen las armas del mismo tiempo.   Desde hace unos años, unos grupos de mujeres de esas dos ciudades han decidido participar en la fiesta vestidas con traje militar y empuñando los trabucos y espingardas con que se mataran valientemente en el siglo XVIII los soldados españoles y franceses. Los sectores más reaccionarios de la ciudad se opusieron rotundamente a la participación de las mujeres en la celebración de la victoria, incluido el propio Ayuntamiento organizador del evento. Y muchos convecinos lo hicieron incluso violentamente, tanto que cuando las patriotas se atrevieron a salir a la calle disfrazadas de soldados las insultaron y agredieron. Ha sido preciso que se siguiera un largo proceso judicial para que el Tribunal Supremo dictaminara la razón que asiste a las mujeres de Irún y Fuenterrabía para participar en el desfile de El Alarde.   La reacción que provoca en los sectores más derechistas de la ciudad la prohibición de que las mujeres participen en la fiesta, y aún más la persecución de que están haciendo víctimas a las que lo vindican, inevitablemente obliga a defenderlas, apoyando su libertad de escoger. Pero esta respuesta no puede resolver, sin más análisis, el problema de fondo que constituye la definición de lo que el feminismo pretende en su larga ya reivindicación de la igualdad, y las contradicciones que ésta comporta.   Desde la perspectiva de entender que los dos sexos del género humano tienen iguales capacidades, especialmente la de elegir, que en España el mandato constitucional así dispone, es evidente que las mujeres de Irún y Fuenterrabía tienen el derecho de participar en el desfile militar de “El Alarde”, si así lo desean. Como el de inscribirse en el Ejército y en la Guardia Civil y el de participar en los cuerpos de élite de ataque, derecho que últimamente se les ha negado en el Ejército y restituido por el Tribunal Constitucional. Pero habremos de examinar si esa igualdad y ese derecho agotan todas las aspiraciones feministas, para lo cual es evidente que tendremos que definir una vez más qué entendemos por feminismo.

Al haber reducido el Movimiento Feminista, en una estrategia perfectamente consciente y establecida por los poderes, a unas cuantas reivindicaciones reformistas, ocultando y persiguiendo incluso aquellas tendencias que se definían como revolucionarias y pretendían alcanzar transformaciones radicales del injusto sistema de reparto de la riqueza y del poder que impera en el mundo, se ha pervertido a la vez el sentido que de la igualdad se defendía en el feminismo.

Al establecer la igualdad, no como la igualdad en las mejores cualidades y conductas masculina y femenina para lograr la superación de las opresiones y explotaciones, sino como la imitación de la conducta masculina, especialmente en lo peor, y es en éste aspecto en el que precisamente los hombres han permitido con mayor satisfacción la entrada de mujeres en un mundo que hasta ese momento que se reservaban, se ha detenido el avance del feminismo e incluso se le ha hundido en el desprecio. La inducción a que se somete a las mujeres para que realicen las más detestables conductas que hasta ahora estaban casi siempre monopolizadas por los hombres, con el señuelo de que en eso consiste la práctica de la igualdad, está dando ejemplos tan deplorables como la inscripción de cada vez más mujeres en el Ejército, en la policía, en la Guardia Civil; el auge de los que pagan por quitarle los calzoncillos a unos cuantos gigolós, la implantación cada vez mayor de los combates de lucha libre ente mujeres y hasta la entrada de algunas en el toreo.   La imitación de las conductas masculinas se extiende a otros ámbitos de la vida y de las profesiones. Las mujeres que acceden a puestos de responsabilidad se muestran más duras, más agresivas si cabe y menos compasivas que muchos hombres. Para las feministas que en el campo del Derecho luchamos arduamente para lograr que se levantaran las prohibiciones que pesaban sobre las mujeres para ejercer multitud de carreras jurídica, ha constituido una enorme decepción comprobar que las últimas juezas dedicadas al Derecho de Familia, están mostrándose menos comprensivas y más crueles que los jueces con las mujeres que acuden a solicitar protección en caso de separación e incluso de violencia doméstica. Es proverbial también la figura de la directora de empresa que se muestra más soberbia con sus subordinados, más exigente con las otras mujeres de menor categoría y menos dispuesta a otorgar protecciones y avances a los trabajadores a ella sometidos, que los otros directivos varones.   En esta conducta influye también la tensión a que esas mujeres han sido sometidas para lograr alcanzar el puesto directivo y el temor de ser juzgadas siempre antes por su sexo que por su conducta. Necesitan, a mayor abundamiento, la aprobación de sus jefes y compañeros varones y sienten pánico de ser calificadas de feministas si favorecen en algo a sus compañeras de sexo a ellas subordinadas. Siempre prevalece el baremo de valoración masculino según el cual sólo es apreciable aquella persona que se muestra tan dura y competitiva como “un hombre”, siendo el término hombre entendido no únicamente como un sustantivo sino fundamentalmente como un calificativo. Son reiterados los ejemplos en los que los hombres han manifestado su admiración por una mujer mediante el reconocimiento de que debía poseer atribuciones viriles. De Santiago Carrillo es la famosa frase en la que elogiaba a Dolores Ibárruri diciéndole: “¡Qué gran hombre es esta mujer!”.   Es bien representativa de esta perversa conducta femenina Madeleine Albright, la Secretaria de Estado de EEUU, la primera mujer en la historia que accede a un puesto de tal responsabilidad y que se muestra tanto o más dura que los hombres que le han precedido en el cargo ordenando los infames bombardeos sobre Yugoslavia. Otra mujer recientemente condecorada por su valor y que logra el honor de ser elegida la primera mujer que viaja al espacio en el trasbordador Columbia, Marie Eileen Collins, tiene como mérito en su currículum haber participado como miembro del Ejército en la “guerra” de Granada; aquella inicua invasión por parte del Ejército de EEUU de una minúscula isla desprotegida del Caribe para destituir a su legítimo gobernador al que el gobierno estadounidense acusaba de marxista. Como vemos, un típico ejemplo de mujer producto del más introyectado colonialismo cultural patriarcal y machista.

ARQUETIPO FEMENINO

Cierto es que la ideología patriarcal diseñó un arquetipo femenino cargado de virtudes “positivas” y desprovisto de la agresividad, la violencia, la ambición, que se suponían patrimonio exclusivo de los hombres. Desmitificar este modelo ha sido también, durante siglos, tarea que se adjudicó el feminismo, arguyendo, con razón, que la psicología femenina era producto de opresión y no del libre desarrollo de su personalidad, y que como en el lecho de Procusto, todas estábamos condicionadas desde el nacimiento por la educación patriarcal que se nos impartía en la cuna y en la casa, en la escuela y en la iglesia.

Por un lado el reconocimiento de esa semejanza de pulsiones, deseos, sentimientos, que constituye el principio vital tanto para los hombres como para las mujeres. La aceptación de que lo humano es uno y múltiple, es siempre igual y tantas veces distinto, irremediable y moldeable por la educación y la represión, independientemente de los atributos sexuales de los seres sobre los que opere, alejaría la exigencia de bondad y comportamientos sacrificados a las mujeres. Pesada hipoteca que gravita sobre todas sus expectativas y ambiciones, impidiéndoles tantas veces realizarse como persona independiente de su situación de hijas, de su posibilidad de ser esposas, de su obligación de convertirse en madres. Y por otro lado, se juzgaría la mala conducta en una mujer con el mismo baremo que a los hombres, sin que la mayor exigencia a las mujeres de que se comportasen con rectitud según las normas patriarcales, significase como hasta ahora una sanción mucho más severa tanto social como legalmente.

Pero si bien la aceptación, incluso la vindicación, de la maldad en las mujeres, constituía un principio defendido en el feminismo -durante años repetí que las mujeres no eran santas, ni vírgenes ni reinas del hogar, ni queríamos serlo, tan sólo seres humanos-, ello no significaba que todas las expectativas que contemplaba y defendía el feminismo basculasen sobre tal principio. Es decir, que si bien era preciso que se aceptase la igualdad entre el hombre y la mujer en el terreno de la inteligencia, de la biología y de la filosofía, en todo lo que la especialidad reproductora no los diferenciaba, y en consecuencia también la evidencia de que los comportamientos de ambos sexos serían iguales en cuanto la represión no torciese su tendencia natural, eso no significaba que consideráramos perfecto, ni siquiera bueno o aceptable que la nueva sociedad igualitaria, obtenida a través de una educación idéntica para ambos sexos, no sólo mantuviese al hombre en sus actuales niveles de agresividad y de crueldad, sino que impulsase a la mujer a comportarse de la misma manera.

Entiendo el feminismo como una ideología liberadora y emancipadora de los seres humanos, superadora incluso de las ideologías revolucionarias que nos habían precedido en las luchas modernas, como el anarquismo, el socialismo, el comunismo, entendíamos que el futuro que deseábamos para la humanidad era el de la superación de los antagonismos, las explotaciones y las opresiones entre los sexos y entre todas las clases oprimidas. No queríamos decir cuando pedíamos comprensión y equidad en la justicia que se impartía a las mujeres que golpeaban a sus hijos, que eran alcohólicas o que asesinaban, que estuviéramos defendiendo un mundo en el que no sólo evitáramos que los hombres fueran golpeadores, alcohólicos o asesinos, sino que las mujeres se sumaran a ese número de seres asociales que habían convertido este planeta en un lugar en el que imperan la crueldad, la desigualdad y el crimen.

PIÉLAGO DE TRAMPAS

En la misma línea de defensa de la igualdad, cuando exigíamos igualdad de oportunidades para que al fin las mujeres pudiesen entrar en el mercado laboral en leal competición con los hombres, no queríamos que la mayor parte de las oportunidades que se les cedieran a ellas, si no las únicas, fuesen las de trabajar en el interior de las minas picando, arrastrando carretas, pulverizando piedras en las canteras y barriendo las calles. Yo siempre había criticado el planteamiento de igualdad laboral entre los sexos de la Unión Soviética que había introducido a las mujeres en los sectores más penosos de la producción, mientras apenas estaban presentes en el Comité Central del PCUS ni en el Buró Político. Repetía que la lucha feminista no se hacía para ver a las mujeres barriendo las calles. Y añadía: tampoco los hombres. En mí ya anciano libro Los Derechos Laborales de la mujer recuerdo como reclamaba que se liberara a los trabajadores de la esclavitud de la mina y de la cantera. Reclamaba máquinas que sustituyeran el enorme esfuerzo físico de aquellos hombres que enterraban los mejores años de su vida en el pozo negro de las galerías subterráneas, para encontrarse en una vejez prematura con la salud arruinada por las enfermedades profesionales.

Pues bien, la tristeza de mi madurez es comprobar como las mujeres han sido atraídas al piélago de trampas que la tergiversación de las reclamaciones de igualdad han tenido los hombres. Basándose en las proclamas feministas han ofrecido a las mujeres trabajos indeseables y muchas veces irrealizables para su estructura y fuerza física, peligrosos para la salud de sus órganos reproductores, con la máscara de la liberalidad y el desafío sarcástico: “¿no queríais igualdad? ¿No podéis realizar estas tareas? ¿Dónde se encuentra entonces vuestra capacidad? Ya veis, tanto gritar para acabar reconociendo que no podéis levantar sacos de cincuenta kilos de peso”. El fracaso consiste en que se ha engañado a las mujeres y no se ha hecho nada para aliviar a los hombres de los más penosos trabajos.   Esta estrategia impulsada por los hombres, les permite realizar una crítica despreciativa de la falta de capacidad de las mujeres para las tareas que exigen una mayor fuerza física.

Para mí siempre ha sido triste contemplar el espectáculo de mujeres empeñadas en imitar las peores conductas masculinas. Y en el tema del ingreso de mujeres en el Ejército, resulta aún más sintomático de cómo, a mayor abundamiento, los hombres permiten su incorporación a tareas que ya ellos no quieren. Cuando el rechazo de los varones a realizar el servicio militar ha obligado a los gobiernos a implantar el Ejército profesional se ha permitido el ingreso de mujeres, y es patético saber que ellas son más entusiastas -hay quien asegura también que más necesitadas de empleo- que sus compañeros masculinos en solicitar una plaza en la organización militar.   Igual análisis deberíamos hacer de la cultura que siempre es patriarcal y del lenguaje que dominan los hombres.

  Publicado en la revista Viejo Topo. Madrid, 15 de octubre de 1999.


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