Artículo publicado con el consentimiento de su autora
Hay muchas batallas que no suceden en el frente, pero son tanto o más duras. Hay luchas que pasan desapercibidas, siendo inmensas, porque su escenario es lo cotidiano y se libran en silencio. Y hay trincheras atroces en las que no quedan más armas para resistir que el compromiso y la dignidad.
La historia de Mª Dolores Fernández, el relato de su vida, refleja esa resistencia moral inaudita y tan poco reconocida de muchas mujeres en los años oscuros de la posguerra. Esta albaceteña fue esposa de uno de los presos políticos de la dictadura que más tiempo permaneció en la cárcel, nada menos que 22 años: José Calderón. Extramuros, ella también soportó otra forma de condena, a la que tuvo que enfrentarse sola, sin más apoyo que la conciencia de lo justo y la entrega a un amor nacido entre rejas. Mª Dolores -Lolita Calderón, como aún la llaman muchos amigos- sigue siendo nuestra vecina y nos mira de frente con sus ojos serenos y tristes, defendiendo en ellos la memoria de su marido y todos los que lucharon por la democracia en las peores circunstancias. La ciudad de Albacete le ha devuelto este año la mirada, y con ella el reconocimiento público de un premio a las Libertades otorgado por el Consejo Local de la Mujer.
A Mª Dolores, Lolita, la Guerra Civil la sorprendió muy niña, pero fue la posguerra el verdero castigo: la prueba más dura. Como cuenta Rafael Torres en su libro "Víctimas de la Victoria", el padre de Lolita se murió literalmente de pena en 1940, despedido de su trabajo en el Ayuntamiento y amenazado por razones políticas. La familia, todo mujeres, tuvo que salir adelante trabajando de sol a sol por pagas miserables. Su buena mano para coser hizo que terminara empleándose en el taller de un sastre. Allí, la joven costurera contactó casi por casualidad con los amigos de José Calderón, que le propusieron que actuara como enlace para enviarle ropa, comida o dinero a la prisión de Burgos. Ella aceptó el encargo, como fingida hermana de aquel preso al que no conocía siquiera. Un capitán comprometido con la República, acusado de pertenecer al PSUC y condenado a muerte junto a varios de sus camaradas. Lolita, Mª Dolores, empezó a escribirle en 1953; a mandarle paquetes y a alimentar su corazón de afecto y esperanza, contra la penuria y el cautiverio. Cuando fue a visitarlo a Burgos y se vieron por primera vez entre lágrimas, ya se habían entregado el corazón a largo plazo.
Tuve ocasión de entrevistar a Mª Dolores hace unas semanas, de escucharla contar su relato conmovedor, en el que impera la discrección sobre aquel amor crecido en la distancia y la espera. Tras su aspecto frágil, impresiona su coraje. El que le hizo acudir al mismísimo obispado a reclamar el indulto para su esposo. Dice Lolita que no podía hacer otra cosa, después de haber conocido "a personas tan buenas y tan honradas". A su propio marido, a compañeros de prisión y a sus mujeres, que como ella formaban interminables colas para verlos y llevarles lo poco que tenían, hurtándolo con indecibles sacrificios de su propio sustento. No las olvidará jamás, asegura. Ni su capacidad de renuncia y la solidaridad con que burlaban la angustia, siempre al acecho. Le pregunté si había leído "La voz dormida", la extraordinaria novela de Dulce Chacón que rescata la historia silenciada de las mujeres que perdieron la guerra; las encarceladas y las que luchaban fuera. "Claro que sí", dice con una sonrisa, "pero a veces no podía soportarlo y tenía que dejar la lectura a un lado, hasta que sacaba fuerzas para seguir". No es de extrañar una emoción tan intensa y profunda, porque Lolita conoció a algunas de las personas que inspiraron el relato de la escritora. Y sólo por eso, por ellas y otras muchas mujeres anónimas que compartieron sus mismas penalidades y defienden su derecho a la memoria, aceptaría el homenaje que la ciudad le ha dispensado esta primavera.
Diecisiete años de diferencia, la separación infame que imponía la cárcel y los 485 kilómetros entre Albacete y Burgos, no impidieron que José y Mª Dolores se casasen finalmente. Ya en libertad seguía vigilado por el régimen franquista, pero juntos sortearon aquellas dificultades, y las de encontrar trabajo para él tras dos décadas de condena. Finalmente, José fue elegido concejal en las primeras elecciones municipales democráticas de la capital albaceteña, para trabajar por los ideales en los que siempre creyó. Murió de una afección pulmonar, pero su legado queda en el alma de Lolita y la hija de ambos, y en el recuerdo de aquellos que le conocieron.
La única revancha que Mª Dolores Fernández se ha tomado ha sido la educativa. A esta septuagenaria admirable aún le queda curiosidad por aprender aquello que no pudo en su juventud, cuando tuvo que dejar tantos sueños en el camino. Recuperar aquel tiempo robado, más que perdido, es la ilusión que la mantiene ahora como alumna de la Universidad Popular. Muy aplicada, por cierto, lo que le ha llevado a involucrarse en un trabajo sobre los 25 años de esta institución. Las heridas del dolor le han dejado cicatriz, pero mira atrás sin rencor. "Perdedores fuimos todos", asevera Lolita, "unos más y otros menos. No elegimos la vida que nos toca, y aquel tiempo fue terrible. Lo importante es que no vuelva a repetirse".
La vida de Mª Dolores, de Lolita, puede parecer un episodio pequeño. Un mínimo fragmento de la tragedia colectiva a la que España se vio arrastrada con la Guerra Civil, y el implacable estigma que marcó a los vencidos y sus familias. Sin embargo, su peripecia personal condensa todo el sentido de la memoria, y nos permite reconocernos a nosotros mismos en un sufrimiento que nos hace más humanos. Ayuda a entender hasta qué punto es necesaria la restitución de aquellos represaliados, cautivos o marginados por el franquismo. Nos hace comprender la deuda moral que tenemos con su recuerdo, más allá de siglas o banderas. Por ellos y por nostros mismos, para aprender la lección de la historia sin ira ni miedos. Porque el pasado no puede cambiar, pero el futuro sí.
Nota: Mi agradecimiento a Mª Dolores por contarme su historia con tanta sencillez y honestidad, y su generosa colaboración para el reportaje que grabamos para TVE con motivo del Día de la Mujer.