Artículo escrito por Susana Guzner para Ciudad de Mujeres.
No seré demasiado magnánima, vaya de antemano, con Una Muerte muy dulce, novela corta de Simone de Beauvoir, que leí de nuevas en 1965 (Ed. Sudamericana, Argentina, traducción de la escritora Silvina Bullrich) y termino de releer hace escasas horas.
Pero valga una nota de color antes de entrar en harina. El título castellano fue cuestionado desde su primera edición. Se le imputó que desvirtuaba el sentido de la palabra francesa douce, la cual, si bien efectivamente significa “dulce”, es utilizada en otros contextos más adecuados, tales como “apacible”, “suave” o “tenue”, términos que habrían servido con mayor fidelidad a la intención de la autora. Comparto esta crítica, en tanto el texto es más afín a la tenuidad que a la dulzura.
A mis veinte años yo era una enamorada de Beauvoir. Enamorada perdida. Gocé, entre otros privilegios, el de ser su contemporánea, y a excepción de su obra de los cuarenta (La invitada, La sangre de los otros, Todos los hombres son mortales, Etc.), a la saga biográfica iniciada con Memorias de una joven formal pude seguirla en tiempo real, algo muy de agradecer. Mi fascinación era tal que esperaba cada nueva entrega como se espera una cita con una amante. Por añadidura yo estudiaba psicología y filosofía, comulgaba fervorosamente con el novel existencialismo y cada texto era una evidencia contundente de un estilo vital comprometido con la historia - a la par que histórico - y hondamente congruente con su corpus intelectual del cual yo bebía como agua de de la fuente.
Tal vez con la única excepción de su pactada “relación abierta” con Sartre - propuesta que encandiló a miles de sus contemporánexs pero que nunca me interesó como opción afectiva - Simone era mi guía, mi maestra, mi inspiración. Me hacía amiga de sus amistades leyendo sus obras. De su mano conocí parajes, culturas nuevas, ciudades remotas, me alimenté de comentarios, análisis y grados de conciencia que me enriquecían a manos llenas. Sus avatares cotidianos me implicaban con fuerza tal que, por mencionar uno de tantos ejemplos, lamenté amargamente no poder asistir en la inauguración de la primera exposición de su hermana pintora, Hélène (por esas causalidades bellas de la vida años más tarde conocí a la dueña de la galería, una extraordinaria e injustamente ignorada mujer llamada Fiamma Vigo con la cual trabé una profunda amistad en Venecia) así como la acompañé en sus habitaciones de hotel, en cada sesión de escritura febril en el Café de Flore o en Les deux Magots, compartí sus extensas y nutrientes discusiones con intelectuales de toda índole, sufrí con su persecución ideológica y la defendí de sus desencuentros con el partido Comunista. Hasta me permití coquetear con el ideario del entonces Mao Tse Tung, actual Mao Zedong, uno de los devaneos políticos más intensos de esta inmensa pensadora y activista francesa.
Es más; era tal mi exaltación por cuanto concerniera a esta mujer de mirada impávida y corazón al parecer ardiente - si me atengo al rimero de pasiones que menciona prolijamente -, que mi primer viaje a París, en el 68, fue más una peregrinación que una visita turística. Puesto que la leía desde mi La Plata natal con el plano parisino en mano, la capital francesa me era tanto o más familiar que mi propia ciudad. Era abril, hacía frío, yo deambulaba por esas calles conocidas... en su búsqueda. Sí, fue una peregrinación en toda la regla, y una mala jugarreta del destino me impidió conocer a mi adorada en persona. Una tarde, en la esquina del Boul Mich con la Rue des Ecoles, me topé de improviso con el mismísmo Sartre repartiendo panfletos incendiarios preludio del Mayo revolucionario. Quedé pasmada, aturdida, pero mucho más al escuchar a mis espaldas “Se ha quedado Jean Paul, Castor acaba de marcharse” ¡Diosa, por los pelos! Hice guardia algunos días en el mismo sitio, pero no pude verla, ni olerla, ni decirle...nada. No podría haber articulado palabra frente a mi ídola más venerada.
Excusándome por tan extenso introito - el amor, ya se sabe... -, retorno a Una muerte muy dulce. Y decía que lo leí “en su momento”, apenas acaecida la muerte de su madre ¿Cómo no dolerme por su pérdida? Había terminado hacía nada La fuerza de las cosas, me había apasionado, y de pronto mi favorita me/nos hacía partícipes de una pérdida tan inherente. La viví cual si asistiera a la agonía y fin de mi propia madre y lloré a moco tendido la detallada degradación de Madame Beauvoir, los partes diarios de sus dolencias (una rotura de fémur que descubre un sórdido cáncer intestinal que se la lleva en seis semanas) esos camisones floreados comprados a toda prisa, los recuerdos a ráfagas que regalaba su hija famosa, el revival de una relación contradictoria, áspera y mutuamente censuradora, los pensamientos y digresiones de Simone... Como buena amante, hice el duelo con ella y guardé el libro en el mejor lugar de mi corazón.
Pero... Si veinte años no es nada más de cuarenta es demasiado. O al menos demasiada agua bajo ciertos puentes. Tras mi relectura he quedado desasosegada, añorando aquel primer impacto fulminante, y también algo disgustada por lo que estoy sintiendo ahora. Intuyo que solo puedo achacar la transida emoción que me produjo su impacto primero a mi fogoso, unilateral e idolatrado vínculo con su venerada autora. Porque Una muerte muy dulce, desprovista de eufemismos o valores emocionales añadidos, es un texto más bien anodino, de estilo premeditadamente periodístico, la crónica desapasionada de una historia clínica sazonada con digresiones acerca de la burguesía, sus mieles y hieles, la hipocresía de la monogamia (desde la óptica “beauvoiriana”), una acerada crítica a la medicina oficial y su apropiación despiadada de los cuerpos que enferman y trasmutan de persona a objeto médico. Idas y venidas, cambios de turnos para cuidar a mamá, en fin, otra nueva muestra de la extraordinaria capacidad de la autora para politizar cada acto de su vida. Vida, por cierto, que ventiló sin retaceos y convirtió en objeto público escamoteando a la perfección los sentimientos pese a narrarlos con profusión, cual si fuera a la vez microscopio y ameba en su propia platina.
Lo cierto es que esta vez su lectura no me ha provocado emoción ni compasión. Tanto menos he logrado identificarme un ápice con una muerte de la cual una de sus protagonistas principales, la afamadísima hija mayor, dice, por citar algunos párrafos “La posición acostada fatiga los pulmones: el enfermo atrapa una pulmonía que lo vence. Me conmoví poco. A pesar de su invalidez, mi madre era sólida. Y, al fin de cuentas, tenía edad de morir”. O este otro: “Nuestra breve explicación sobre mi falta de creencias nos exigió a ambas un esfuerzo considerable. Sentí pena al ver sus lágrimas. Pero pronto me di cuenta de que ella lloraba por su fracaso sin preocuparse de lo que ocurría en mí. Me encabritó al preferir el terror a la amistad”.
Asumo que mis sensaciones pecan de cierto infantilismo, pero este exceso de racionalización ante la pérdida de una madre - no la soñada, no la deseable ni tampoco la perfecta, pero sí una progenitora que, a su manera, dio como resultado a una de las más emblemáticas pensadoras del siglo XX - , me ha dejado algo perpleja. Estoy cediendo a la tentación - ¿Y por qué no hacerlo, después de todo? - de considerar a de Beauvoir lo que siempre me negué a fuerza de puro amor, tal es que era una mujer impertérrita, remisa a recular ante sus rencores nuevos y añejos, capaz, incluso - tal como se le criticó sin tapujos apenas salido el libro de imprenta - de “sacarle jugo” al interregno entre sus biografías La fuerza de las cosas y La vejez para dejar testimonio de la pertinente defunción de su progenitora. Es más que probable que esté siendo injusta y hasta inclemente. Pero me excusa el hecho de que ella misma consideró oportuno defenderse de tales objeciones en Tout compte fait (1972), traducido al castellano como Final de cuentas.
Advertí al comienzo que no sería precisamente magnánima y presiento que estoy excediéndome en la crítica. Procuro convencerme de que de Beauvoir escribió Una muerte... con el material que su conciencia, en esa situación y momento, le permitió sintetizar sobre su propio duelo. Por otra parte, nada más legítimo que los amores y desamores cualquiera sea la cualidad de un vínculo. No estaba obligaba a amar a su madre sin reservas ni falsas componendas. Si así lo sintió y manifestó, enhorabuena por su descarnada sinceridad. El resultado es la vivisección desapegada de un desamor intermitente, sentimientos trasmitidos básicamente desde el plano mental y que tal vez por ello - o precisamente por ello - no llegan a rozar otras almas, en tanto describe emociones, cierto, pero no las trasmite. Nos habla de su tristeza, de su angustia, pero desde tan lejos, que, parafraseando a Neruda, su voz no nos toca. A mí, al menos. Esta vez me has dejado impasible, admiradísima Simone, y no sabes cuanto lo lamento. ¿Esperaba tal vez otra cosa de ti? Pues sí, soy consciente: habría querido percibirte desgarrada por el dolor, o al menos más... humana. Reconocer en ti ese dolor que sentí yo en tu lugar cuando enterramos a tu madre. Cierto, nada que reprocharte, eras tú quien hablaba y yo la que me dolí por una muerte si no dulce, ciertamente ajena a mi vida. Mea culpa.
Esto en el plano sentimental. En otros - los de la mente, el reino de la razón - la obra aún conserva su brillo inicial, la agudeza del análisis sociológico, político y social, su notable capacidad para sintetizar con pincelazos sagaces una vida burguesa y adocenada a la fuerza, la de su madre, en claro contraste con su propia existencia de librepensadora independiente. No obstante y pese a todos los “pese”, sigo considerando cuasi perfecto el párrafo que cierra este breve opúsculo mortuorio. “No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales, pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aún si la conoce y la acepta, es una violencia indebida”. Un único comentario a esta notable reflexión: estoy convencida que de haberlo escrito hoy la autora habría trocado el vocablo “hombre” por “personas” o “seres humanos” ¿Verdad, Simona?