> Feminismos > Feministas > Simone de Beauvoir > Simone de Beauvoir o la ambivalencia de una mujer "normal"Domingo 23 de noviembre de 2008, por
Artículo publicado con el consentimiento de su autora y traducido por Ciudad de Mujeres.
Simone de Beauvoir es un ejemplo interesante de ambivalencia frente al deseo lésbico en una mujer cuyo pensamiento está reconocido en el mundo entero como emancipador para las mujeres a través de “El Segundo sexo”, fundamentalmente, aparecido en 1949, cuando contaba 39 años, en un contexto político-cultural en el que las mujeres acababan de alcanzar el derecho al voto.
Hoy sabemos que SB era bisexual. Su “ Diario de guerra” y sus “Cartas a Sartre”, publicadas en 1990 por Sylvie Le Bon, han revelado lo que su obra autobiográfica había silenciado: su gusto «carnal» por las jóvenes que había conocido, cuando era profesora en institutos femeninos, en el período de 1933 a 1943. SB tuvo en efecto varias “pasiones orgánicas”, como las llama en su diario. La primera, Zaza, su amiga de infancia, muerta en plena flor de la vida pero de la que una novela de juventud, publicada en 1979 con el título “Cuando prima lo espiritual”, nos proporciona algunas evidencias a través de la historia de Marguerite que cuenta una escena de seducción fallida entre Marie-Ange y la narradora. Beauvoir precisa además en la introducción que la historia de Marguerite “era en gran parte la de mi adolescencia” [1].
En 1933, conoce a Olga Kosakiewicz, alumna suya en el liceo de Rouen. Mantendrá con ella una relación en 1935 -al mismo tiempo que Sartre se enamora perdidamente de la misma-, en la que S.B. se inspirará para describir el personaje de Xavière en su primera novela “La invitada”, escrita entre 1938 y 1941. Esta relación, paralela a su estatus « de esposa morganática » de Sartre, según la expresión utilizada por este último en 1930, inaugura el famoso trío que será constitutivo de su estructura amorosa. En esta relación, es Olga la que sufre los celos de Beauvoir ya que Sartre la amaba y quería convertirla en su amante, algo que Olga rechazará.
Dos años más tarde, Beauvoir conoce a Bianca Bienenfeld (convertida posteriormente en Mme Lamblin) en el liceo Molière, en París. Nacida en 1921 en Polonia, de padres judíos emigrados a Francia en 1922, donde se establecen como joyeros, Bianca es la más conocida por haber contado su historia en las “Memorias de una joven informal” (1993) (en el “Diario” y en la correspondencia de Beauvoir, aparece bajo el seudónimo de Louise Védrine).
En 1938 Beauvoir conoce a Nathalie Sorokine, alumna suya en el instituto Molière. La joven, también de origen extranjero, concretamente rusa, había nacido en Constantinopla en 1921. Su relación con su antigua profesora de filosofía comienza en el invierno 1939-1940, durante la movilización de Sartre. Tendrá importantes consecuencias para Beauvoir porque, tras una denuncia interpuesta por su madre en diciembre de 1941 “por corrupción de menores”, Beauvoir será expulsada de la Enseñanza Nacional en junio de 1943, lo que encaminará su vida hacia la literatura. Tras la Liberación, Nathalie se casará con G.I. instalándose en Estados Unidos hasta su fallecimiento en 1967.
Me detengo en estas tres mujeres que son conocidas actualmente por las publicaciones póstumas y porque Beauvoir tuvo relaciones con ellas diez años antes de escribir “El segundo sexo”, algo que tuvo que influenciar su visión sobre “la lesbiana” a la cual dedica un capítulo. No analizaré el funcionamiento del trío, pues lo que me interesa aquí es la manera en que Beauvoir va a mantener un doble lenguaje sobre el eros lésbico constitutivo de su propia ambivalencia.
En las “Cartas a Sartre”, escritas durante la “drôle de guerre”, y en su propio “Diario de guerra” (1939), relata lo que vive con una franqueza a veces desconcertante. Sobre Védrine, por ejemplo, escribe a Sartre: “La llamo mal bicho y se pone hecha una fiera”. «A pesar de todo me resulta divertido ser apasionadamente amada de esta manera tan femenina y orgánica por dos personas: Védrine (...) y Sorokine... » [2]. En esta época, Beauvoir mantiene simultáneamente estas dos relaciones con sus ex alumnas sin dejar de escribir apasionadas cartas de amor a Sartre que se encuentra movilizado por la guerra. Habla a menudo de sus “abrazos apasionados” y de las noches pasadas con las jóvenes en el hotel tras una cena en La Coupole o en una explicación sobre un texto filosófico. Lo cuenta tanto en las cartas como en sus cuadernos, en una especie de doble redacción donde las diferencias resultan particularmente significativas. Así, ella relata en su “Diario” una anécdota sucedida con Sorokine, quien acaba de devolverle su cuaderno negro (¿su diario?) que había cogido de su bolso, diciéndole:
“Si se lo hubiera llevado, no la habría vuelto a ver en mi vida”. Entonces ella me reprocha “¡no se puede decir que sus sentimientos sean muy sólidos!”. Me siento a su lado en la cama y la consuelo; enseguida, abrazos, apasionados besos; aún está cabreada: “ocupo el quinto lugar en su vida”. Intento persuadirla de que no debe sentirse celosa de mi vida, le digo que la amo tiernamente. Con una especie de instinto muy acertado, dice que a quien más odia es a “mi amiga pelirroja” (Védrine). Me siento conmovida y le hablo con toda la franqueza y la dulzura posibles. Se relaja, creo que, por primera vez, se ha despedido con tranquilidad, confianza y ternura. A veces pone unas caras patéticas y tiernas. Y heme aquí liada, a pesar mío. [3]
Al día siguiente, Beauvoir cuenta el mismo episodio en su carta casi diaria a Sartre, comenzando por la reflexión de Nathalie diciéndole: “Ha hecho bien, no habría vuelto a verla en la vida”. Y comenta la escena a su “Querido pequeño ser”.
Toda la noche estuvo enfurecida dándole vueltas a esa frase y ayer se sentó sobre la cama y estalló en reproches y después en lágrimas, que dieron paso a mimos, besos y, abrazos apasionados. Pone unas caras bellísimas, trágicas y desesperadas que me conmueven. Intenté explicarle que me gustaba mucho pero me respondió con desesperación: “¡Es tan injusto! ¡Ocupo el quinto puesto en su vida!” y con un instinto muy certero me dijo que los soporta a usted, a Bost (de quien apenas le he hablado) y a Kosakiewicz pero que odia a mi amiga pelirroja (L. Védrine). Estuve todo lo tierna que pude aunque sin hacerle promesas, y terminó por calmarse y hasta pareció ponerse contenta. (LC, 180)
B. practica pues las relaciones múltiples con una naturalidad no disimulada. A Sartre le detalla el número de sus relaciones manteniendo un juego perverso que le sitúa en posición de “voyeur”, dado que él mantiene a su vez una relación con Védrine, como lo cuenta Bianca Lamblin en su libro. ¿Rivalidad? ¿Celos? ¿Manipulaciones con el propósito de desacreditar a Védrine? “Nos hemos abrazado apasionadamente y, a decir verdad, le he tomado gusto a esas relaciones” (LS, 344), escribe ella más adelante a Sartre. Juega con cautela y no quiere perder en ningún frente. Pero se nota que tiene miedo de perder el primer lugar que ocupa para Sartre. Cada día critica los pequeños defectos de Bianca Bienenfeld sin dejar de estrechar los lazos epistolares con Sartre. Por ejemplo, tras haber recibido varias cartas de él, ella responde: « Amor mío, (las cartas) son tan tiernas, tan cercanas, una verdadera presencia: estaba sobrecogida de pasión por usted... la pasión nunca llegaba a ser volcánica, pero yo sabía que podía desatar sus terremotos dentro de mí » (LS, 158).
Tenía motivos para estar “sobrecogida por la pasión”: Bajo la presión insistente de B., Sartre acababa de romper su relación sexual con Bianca Bienenfeld, dejando a B. vía libre para proseguir con sus paroxismos.
La relación con Sorokine no estaba enturbiada por los celos. En su “Diario”, ella cuenta el 13 de enero:
Volvemos, son las 2. -Charlamos un instante sentadas una junto a la otra y enseguida, besos y abrazos; apagamos la luz y nos metemos en la cama - en esta ocasión ella está relajada y apasionadamente feliz y tierna, siempre con la misma reserva dentro de la pasión, la misma gracia en su ternura. Volvemos a encender la luz para leer los cuadernos pero leemos poco; me pregunta cosas como ¿Qué es lo peor que se puede hacer entre mujeres? y ¿si somos criminales, mereceríamos la prisión por lo que hacemos?, esta idea le encanta. Tengo una sensación tremenda de que la estoy “iniciando”, lo que me avergonzaría si no estuviera tan profundamente implicada como lo estoy. No siento ni sombra de pasión hacia ella pero sí una inmensa ternura y estima, no querría hacerle daño por nada del mundo- un rostro tan conmovedor cuando sonríe con el abandono del que es capaz, un abandono consentido que jamás la desborda. Nuevos abrazos (....) (JG, 240).
Pasión por una parte, sensualidad física, por otra: Pero que no llega hasta el extremo de expresarse públicamente. En sus escritos “oficiales”, los destinados a ser publicados, oculta completamente toda implicación carnal con las mujeres. Primero en las novelas, como “La invitada”, donde las dos heroínas no hacen el amor juntas, lo que reduce la rivalidad del trío a una historia de celos por un hombre. Y, sobre todo, en “El segundo sexo”, donde B. dedica un capítulo entero a “la lesbiana” como si escribiese una disertación filosófica. Es cierto que hablamos del año 1949 y la iniciativa puede parecer en sí muy audaz en esos tiempos de misoginia creciente. Pero no olvidemos que el público recibió un impacto mayor por su capítulo sobre la maternidad, en el que no solo hablaba libremente del aborto (entonces prohibido), sino que denunciaba la pretendida igualdad con el hombre que otorgaba el simple hecho de convertirse en madre. Y además, no es la primera en arriesgarse. Treinta años atrás, Gide, Proust, Natalie Clifford Barney y luego Colette escribieron sobre el tema antes de que lo hiciera el psicoanálisis. Lo que explica probablemente por qué B. rebate ampliamente los argumentos de psiquiatras y sexólogos.
Pero por qué nunca pudo asumir públicamente sus relaciones sexuales con las mujeres, llegando incluso a negar haber tenido relación personal alguna con el lesbianismo, como en esta entrevista realizada en 1984 (es decir, dos años antes de su muerte) por Hélène Vivienne Wenzel que le pregunta:
« H.V. Wenzel: (...) usted ha tratado el tema del lesbianismo en “El segundo sexo” en 1949 de una manera más equitativa y amplia que otros estudios similares de ese período. Y por entonces usted ya conocía a Violette Leduc y a otras lesbianas en Francia. ¿Basó su propio estudio en estas relaciones?
S. de B.: Oh, no nunca. Creo que conocí... Creo que era realmente muy superficial, lo que dije sobre lesbianismo. Conocía a algunas lesbianas pero no a muchas. Conocía a Violette Leduc pero ella nunca me habló de su propia vida sexual porque ella era ambivalente. (...) » [4]
«Oh, no nunca»... ¿No es esa una sorprendente negación proferida por una mujer cuya obra, “El Segundo sexo”, se tradujo a numerosos idiomas. Una filósofa que está unánimemente reconocida como la gran teórica de la liberación femenina, pero que jamás puede asumir sus deseos por las mujeres? Además, sugiere que Violette Leduc es ambivalente. Bonita proyección pues si hay alguien ambivalente sobre el tema, ésa es SB.
Ambivalencia de una vida, de una educación burguesa y católica, de una época, y de una intelectual que asume un acto que no ha cometido (en 1971 firmará el “Manifiesto de las 343” mujeres declarando haber abortado ilegalmente) y niega un acto autorizado que sí hizo... ¿Por qué mintió, escondiendo la verdad sobre la cuestión de sus relaciones “orgánicas” con las mujeres? ¿Es para protegerse de la lesbofobia, como podría pensarse, sabiendo que la relación con Sartre ha sido una tapadera nada desdeñable frente a potenciales consecuencias lesbófobas? La mentira es constitutiva de una ambivalencia que se expresa por un erotismo de corte claramente predador, como veremos seguidamente.
La introducción al capítulo de “la lesbiana” es reveladora de la ambigüedad en la cual B. habla de “aquéllas que han escogido caminos prohibidos” [5]. Ambivalencia con respecto a lo prohibido, en primer lugar. ¿Prohibido por quién y por qué? ¡Misterio! En ningún momento B. aborda la cuestión de la norma (hetero) sexual para denunciarla o discutirla, aun cuando sigue vigente en el lenguaje jurídico que habla de “prácticas contra natura” en los textos que condenan las relaciones homosexuales relacionadas con “la incitación al vicio”. El problema no es la norma, sino el mito de la feminidad y las categorías filosóficas que sirven para oponer las mujeres a los hombres en series pretendidamente complementarias como activo - pasivo, sujeto - objeto, virilidad - feminidad, depredación - naturalismo, etc. Ella las retoma íntegramente y veremos cómo estos conceptos utilizados en la filosofía existencialista hipotecan toda posibilidad de comprender la esencia del deseo lésbico. Sabido es que la crítica del naturalismo ha sido su gran aportación al pensamiento feminista. Su célebre cita de “El segundo sexo”, «No se nace mujer, se llega a serlo», ha dado la vuelta al mundo, contribuyendo a socavar el mito de la feminidad con el fin de poder pensar la igualdad entre los sexos desde una perspectiva universalista. Pero si bien podemos felicitarnos de esta deconstrucción, apenas nos hemos interrogado sobre sus consecuencias, a saber, una crítica del naturalismo que sirve para demostrar que la lesbiana no contribuye a liberación alguna. Y una visión de la virilidad que sale reforzada de esa empresa puesto que B. no cuestiona nunca la superioridad erótica del hombre. Si la feminidad es una engañifa y la virilidad, inatacable, ¿qué le queda a las mujeres para construir su identidad en una sociedad claramente falocrática?
Además, el mito de la feminidad (la mujer es femenina, es decir naturalmente pasiva y objeto del deseo masculino) enmascara al discurso homófobo. Pues el reproche de la “sociedad” a las lesbianas, no es desear lo femenino, sino imitar al hombre incurriendo en actos contra natura. Esta ocultación del verdadero discurso represivo es tanto más sorprendente en cuanto que la misma B. fue blanco de una ley que castiga la corrupción de menores entre mujeres en nombre de las prácticas sexuales naturales. Ella no fue la primera en encontrarse en esta situación. En 1934, Claire Parrini, una obrera que vivía en el Var, fue condenada a tres meses de prisión con remisión condicional de la pena y a 25 francos de multa por “prácticas contra natura realizada sobre chicas menores”. El fallo de la Corte de Apelación del 6-12-34 estipulaba:
“Considerando que el artículo 334 (334-1) del Código Penal no alcanza, en principio, a los actos de seducción personal y directa, las manifestaciones fisiológicas naturales de un sexo por el otro, este texto encuentra su aplicación cuando, en la especie, se trata de hechos contra natura, que deben considerarse como actos de perversión, de depravación y de incitación al vicio, actos que hacen de su autor un corruptor” [6]
Estas jóvenes eran de hecho sus compañeras de trabajo y, como esas “prácticas impúdicas” sucedían sin testigo y sin “intermediaria”, la Corte de Casación anuló el juicio en 1937 por “falta de base legal”. Vemos, sin embargo, que antes de la guerra, el artículo del código penal que castigaba “la incitación de menores al vicio” se aplicaba tanto a las lesbianas como a los pederastas.
La madre de Nathalie Sorokine la denunció en diciembre de 1941 por “corrupción de menores”. Quería que su hija se casase con su amante, M. Dupas, mientras que B. la empujaba a continuar con sus estudios ayudándola también materialmente. El argumento económico como excusa del matrimonio no se sostenía pues, y es más bien la relación entre su hija y su ex profesora de filosofía lo que la madre desea romper. Hemos visto la conversación relatada por B. en su diario sobre lo peor que ambas podrían hacer que pudiera ser motivo de cárcel. Es probable que Nathalie hablase a su madre de su relación y que esta última sintiera celos hasta el punto de querer ponerle fin. No era la primera vez, ni sería la última, que B. se enfrentase a los celos maternos. Pero esta vez, no es igual. Estamos bajo la ocupación alemana y la policía instruye la denuncia. En marzo de 1942 se lleva a cabo una investigación judicial, de la que se encarga el inspector Dubois que interroga a su entorno: a Nathalie, evidentemente, pero también a Olga Kosakiewitch y a su hermana Wanda, así como a Sartre y a M. Dupas. Aunque el peligro sea real, las declaraciones son clarificadoras sobre la manera en que B. va a defenderse adoptando una posición de normalidad. Ella explica al policía que le toma declaración:
Nathalie, como algunas chicas de su edad, me tenía una apasionada admiración. Jamás he respondido a sus demandas, al contrario, la he encaminado hacia relaciones sexuales normales. Nathalie Sorokine es violenta, impulsiva y cuántas veces, más tarde cuando sólo fui para ella su amiga y su profesora, me reprochaba algunas de mis relaciones masculinas [7].
Si es fácil entender que B. niegue tener relaciones sexuales “anormales” bajo el régimen de Vichy, no lo es tanto el que no dude en atacar a su amiga para revestirse de toda la respetabilidad que conviene a una profesora. El tono ha cambiado de manera radical desde el día en que ella se conmovía con su “pasión contenida” y la gracia de su ternura. La versión de Nathalie Sorokine es muy diferente. Afirma haber inventado esta historia de amor con su profesora pero vemos que utiliza el mismo vocabulario que B. “No quería a este hombre y quería dejarlo a toda costa. Inventé entonces esta historia de relaciones sexuales con Mlle B. con el fin de librarme de M. Dupas. Mlle B. me lo aconsejó. M. Dupas al comprender que yo era una mujer “fallida sexualmente” consintió en que lo dejara. (...) Quiero decir que soy una mujer normal. Jamás tuve relaciones sexuales con mujeres”.
Las dos mujeres son las únicas en hablar de “relaciones sexuales normales”. Interrogadas, Olga habla de “insinuaciones de tipo muy especiales”, Wanda de “costumbres especiales”, Sartre de “sentimientos particulares hacia las mujeres” y de “amistad recíproca entre Mlle de Beauvoir y Sorokine”. En cuanto a M. Dupas, su ex amante, la relación entre las dos mujeres es para él una “pasión real”. Vemos pues cómo B. se defiende utilizando el argumento de la normalidad mientras que sus amigos reconocen el carácter íntimo de su relación. Este modo de defensa no la librará de ser suspendida de la Enseñanza Nacional en junio de 1943 y rehabilitada tras la Liberación.
Esta historia tendrá grandes consecuencias sobre su manera de hablar públicamente del lesbianismo. Cuando no lo oculta, se esmera en protegerse frente a una eventual acusación de lesbianismo (aun cuando ella es sospechosa de “incitación a la corrupción de menores” y eso que no se llevan más de una decena de años de diferencia..., lo que no es delito) tras la crítica del mito de la feminidad. Reviste la feminidad de todo lo que rechaza en la sociedad en nombre del naturalismo sin darse cuenta de que, por el contrario, al conferir a la virilidad cualidades hiper positivas, practica exactamente lo que denuncia.
Hace suyo el discurso dominante sobre la feminidad, como la pasividad, la relación de objeto respecto del sujeto masculino que la convierte en presa sexual, que aumenta así el efecto de repelente sobre el erotismo, o la ausencia de erotismo entre mujeres.
“Los amores sáficos son en la mayoría de los casos una asunción de la feminidad, no su rechazo”, escribe. Vemos cómo B. se refiere al punto de vista masculino para desacreditar la relación femenina en el marco lésbico, en una ambivalencia que aparece aún más nítida cuando B. compara a la lesbiana con la mujer normal.
Al igual que la mujer frígida desea el placer a la vez que lo rechaza, la lesbiana querría ser a menudo una mujer normal y completa aún sin querer serlo (DS, II, 202).
¡Hermosa confesión! Pues ¿no es ahí donde está su problema? De ahí la equivalencia de la lesbiana con la frigidez, ya que lo que rechaza la mujer frígida no es el placer, sino al hombre que pretende dárselo o tomárselo. Así, la ambivalencia no se sitúa en relación a las categorías naturalistas masculino / femenino, sino más bien en relación a la norma dominante.
Lo que no le impide condenarlas bajo el pretexto de que la homosexual no pone en peligro la supremacía masculina. “Al hombre le molesta más una heterosexual activa y autónoma que una homosexual no agresiva; solo la primera cuestiona las prerrogativas masculinas” (DS, II, 196). Luego B. cuestiona la distinción de los sexólogos entre invertidas masculinas y femeninas porque le parece arbitraria. “Definir a la lesbiana viril por su voluntad de imitar al hombre, es condenarla a la falta de autenticidad” (DS, II, 197), escribe. Podríamos creer que B. se levanta aquí contra el saber científico heredado de la Antigüedad que definía a la tríbada como una mujer que “imita al hombre”. Nada de eso, pues la virilidad de la lesbiana no puede ser auténtica. En efecto, si la lesbiana viril se rebela contra la especificación femenina, y B. cita dos ejemplos de travestidas presentados por Havelock Ellis y Stekel, “esta rebeldía no implica en ningún caso una predestinación sáfica”. ¿Por qué? Porque las mujeres heterosexuales están también en rebeldía contra esta especificación, hasta el punto, escribe, que “la mujer llamada viril es a menudo una heterosexual clara”. ¿Y la lesbiana viril entonces? Y bien, no existe, pues su virilidad nos dice B., no es un rasgo de su erotismo, sino de su posición social. Cito:
Lo que da a las mujeres encerradas en la homosexualidad un carácter viril, no es su vida erótica que, por contrario, las confina en un universo femenino: es el conjunto de responsabilidades que se ven obligadas a asumir por el hecho de prescindir de los hombres! (DS, II, 214)
Se habrá entendido que el erotismo no es lo que caracteriza a la lesbiana. Y por otra parte, cómo podría tener una sensualidad agresiva si B. observa con agudeza:
Ella está evidentemente privada de órgano viril; puede desflorar a su amiga con la mano o utilizar un pene artificial para fingir la posesión; no deja de ser un castrado
Es inútil dividir a las lesbianas en dos categorías definidas en tanto que una “comedia social se superpone a sus relaciones verdaderas”, prosigue B. inexorablemente y dice exactamente lo que reprochaba a los psicoanalistas: “Complaciéndose en imitar una pareja bisexuada, sugieren ellas mismas la división en viriles y femeninas” (DS, II, 211). Dicho de otra manera, las categorías viril / femenino no son producidas por la sociedad sino reproducidas por las lesbianas que llegan así a “inútiles fanfarronadas y a todos los alardes de falta de autenticidad. La lesbiana juega en un primer momento a ser un hombre, después ser lesbiana se convierte también en un juego; el travestí, de disfraz se transforma en uniforme; y la mujer con el pretexto de sustraerse a la opresión masculina se convierte en esclava de su personaje; no ha querido encerrarse en la situación de mujer, pero queda aprisionada en la de lesbiana” (Beauvoir :DS, II, 217).
Que la homosexualidad sea una prisión para B., es probable. Pero ¿por qué generalizar en una falsa paradoja que descalifica a la lesbiana hasta en su libertad de sujeto existente? Vemos así cómo la serie de oposiciones paradigmáticas sujeto / objeto, activo / pasivo, masculino / femenino, hipoteca toda posibilidad de cuestionar la normalidad en tanto que norma socialmente construida. Además, esas oposiciones se apoyan sobre una concepción de la conciencia que corta todo acceso al inconsciente y a la parte oculta de uno mismo. Si una conciencia es siempre consciente de sí misma, como postula el existencialismo, se corre el riesgo de descubrir verdades ocultas. ¿Por qué una mujer desea a otra cuando toda su educación, su cultura, su religión, la condiciona a desear a un hombre? ¿Por qué y cómo ha escapado a ese condicionamiento? He aquí cuestiones que apenas se plantea B. Lo único que le interesa es ser una mujer normal sin dejar de disfrutar del tesoro de la sensualidad femenina.
Y es ahí donde llegamos a la lógica ambivalente de su propio deseo. En B., la relación sexual es vivida como una depredación, ya sea en el ámbito heterosexual u homosexual. La introducción del capítulo sobre la lesbiana es muy explícita sobre su propia relación con el objeto amado.
Aunque se adapte más o menos exactamente a su papel pasivo, la mujer siempre está frustrada como individuo activo. Lo que envidia al hombre no es el órgano de la posesión, es su presa. Es una paradoja curiosa que el hombre viva en un mundo sensual de suavidad, de ternura, de blandura, un mundo femenino, mientras que la mujer se mueve en un mundo masculino que es duro y severo; sus manos conservan el deseo de abrazar carne tersa, pulpa cremosa: adolescente, mujer, flores, pieles, niño; toda una parte de ella misma que está disponible y desea la posesión de un tesoro análogo al que le entrega al varón. (D.S., II, p. 191).
Vemos cómo el amor predador se sitúa en B. en la problemática del yo. Esta parte de ella misma que “entrega” al varón, desea poseerla también para ella sola. Quiere abrazar la pulpa cremosa de un sexo femenino, participar en el banquete de la vida, consumir todos los frutos de la creación sin estar limitada por los prejuicios. El vocabulario erótico de S.B. está marcado por la glotonería, lo que expresa una avidez de la carne tan necesaria de satisfacer como el hambre o la sed. “Noche patética, apasionada, estaba saciada de pasión, es foie gras pero de mala calidad encima” [8], escribe a Sartre tras una noche junto a Bianca Bienenfeld.
La inconsciencia de lesbofobia en B. va a la par con su rechazo de la burguesía. Quiere desafiar las prohibiciones, ver, conocer y probar todo. El lesbianismo entra en esta avidez. Es un objeto de consumo como otro que engulle en una bulimia de la vida raramente saciada. Posee una energía considerable, puede caminar 20 km a pie, escribir durante todo el día, corregir manuscritos y sentir deseos de hacer el amor durante toda la noche en una habitación de hotel. Es por lo que, no se aleja tanto en “El segundo sexo”, de su práctica del erotismo lésbico que no se sitúa del lado de la relación entre dos sujetos sino del consumo sexual, o más exactamente de la depredación. Para retomar la terminología freudiana, diré que se sitúa del lado de las pulsiones del yo y de su autoconservación en tanto que el amor, que es un placer compartido que tiene en cuenta los deseos del otro, se sitúa más del lado del altruismo.
¿La depredación erótica de B. se ha construido como reacción para proteger el yo al vivir en un contexto particularmente misógino y falocéntrico? Ciertamente su yo no estaba reconocido en su justo valor. Ya sea durante sus años de formación o, incluso después, con Sartre. Pues aunque dieran la imagen de una pareja de intelectuales, B. necesitaba más de él que él de ella para que sus ideas se difundiesen. Era tan consciente de ello que esa es probablemente la razón que la llevó a romper con Algren. Sus pulsiones sexuales fueron canalizadas hacia el yo, salvo quizás con su amante americano con quien podrá relajarse y permitirse vivir un cuento de hadas femenino en el Nuevo Mundo. La aventura será tanto más paradisíaca cuanto la sabe efímera. Pues una mujer como ella, identificada como intelectual, y completamente volcada en una inteligencia combativa, no puede abandonar a Sartre ni un país donde su obra es discutida, criticada, recompensada, reconocida. Lo necesita como comer foie gras, carne, pasión... en una mujer de deseos inalterados.
La depredación no se da sin una cierta perversión, que aflora en las cartas a Nelson Algren donde ella le habla de las lesbianas que conoce:
Al volver a casa me encontré con 3 cartas, una desmañada carta de amor de la mujer fea (Violette Leduc), diciendo que no me ha visto desde hace 13 días y que ya no puede soportarlo más, una carta imperiosa de mi amiga judía diciéndome que exige verme inmediatamente y mucho (¿Bianca Lamblin?) y una tercera aún más imperiosa de esas mujeres que nos acosan regularmente... [9]
Sobre su mecanógrafa, escribe:
Cuando me hubo explicado todo, que compone hermosos poemas lésbicos, que tiene un cuerpo excitante, que es una mujer apasionada, añadió sonrojándose: “Me he enamorado de usted cinco o seis veces... Eso volverá a pasarme seguramente de nuevo.” Le sonreí y cambié de conversación. Cada vez que le doy dinero, quiere gratificarme con su cuerpo sublime, así que finalmente le dije que era Sartre quien le dio el dinero, que yo no me podía permitir tales generosidades.
Notaremos cómo juega con una cierta ambivalencia sobre el tema de la prostitución cuando habla de las lesbianas. En cuanto a Violette Leduc, frecuentemente apodada como “la mujer fea”, se siente objeto de relaciones basadas en el interés. El 28 de enero de 1950, B. escribe: “Me parece extraño que yo signifique tanto para ella, cuando para mí ella no cuenta nada” (p. 526). Ciertamente, B. se siente molesta por la pasión sin límite que le profesa Violette Leduc y que se convertirá en el tema de “Folie en tête”. Lo que no le impide tenerla en gran estima, declarando a Nelson el 7 de octubre de 1947: “Es sin dudarlo la mujer más interesante”. La palabra “interesante” conlleva ahí también un punto de interés. Pero aquí se trata de un interés intelectual.
Solitaria, lesbiana en el fondo de su corazón, es con mucho la más osada de las mujeres que conozco. (...) Sabe hablar de amor con un tono tan conmovedor y notable. Y en otra ocasión, suelta esta frase tremendamente reveladora de sus categorías conceptuales: Ella, en cambio, escribe como un hombre con una sensibilidad femenina.(LNA, 111).
Entendemos mejor por qué B. ha desarrollado una visión tan negativa de la lesbiana. La sensualidad se sitúa en ella del lado de las pulsiones del yo y probablemente de un destete materno precoz.
Sirve para alimentar los apetitos del yo sin hacer distinción entre yo y el otro. Muy autoritaria con las jóvenes que deseaba, me confió Bianca Lamblin, B. dominaba e imponía su voluntad sin discusión. Por el contrario, con los hombres debe tener en cuenta el punto de vista del otro, dado que se mueve en una sociedad donde el hombre reina como dueño y no concede a su poderosa polaridad intelectual nada más que un minúsculo margen de movimiento. Ignorarlo sería un comportamiento esquizofrénico, mucho más perjudicial que la opción perversa por la que ha optado ya que le permite sacar el mejor partido posible de la situación de dominio que era la de las mujeres de su generación. En la introducción de “El segundo sexo”, escribe: “Las mujeres de hoy están a punto de destronar el mito de la feminidad. Comienzan a afirmar concretamente su independencia, pero no sin dificultades consiguen vivir íntegramente su condición de ser humano” (195). Estamos en 1949. La conquista de la condición humana de la mujer pasa por la virilidad, o la fraternidad, como ella dice en la conclusión de “El segundo sexo”. Pasa pues por el modelo masculino en tanto que condición humana universal y es por lo que B. desarrolló con Sartre una concepción de la pareja que le permitió fusionarse intelectualmente con él conservando siempre el disfrute de su propio tesoro femenino.
En su correspondencia de 1939 con Sartre, expone su concepción sobre el amor en el trío donde distingue “el amor único” de los amores contingentes, lo que denomina las “puestas entre paréntesis”, que se aplica sobre todo a Bianca Bienenfeld con quien Sartre tenía una relación. El 8 de octubre de 1939 ella escribe a Sartre:
...tras estas últimas semanas y después de las cartas que me ha escrito usted, no existe sabiduría capaz de hacerme efectuar esta transformación que es la puesta entre paréntesis. Amor mío, somos uno, y siento que soy usted en la misma medida en que usted es yo. Le amo, mi dulce pequeño, y nunca he sentido tanto su amor (LS, 171).
Imposible decir eso a la mujer deseada. Primero porque no tiene clara su propia ambivalencia sobre géneros y normas. La homosexualidad es natural en tanto que deseo de lo femenino, pero no es normal. Después porque se siente atraída por antiguas alumnas con las que no tiene relación de igualdad intelectual como le sucede con Sartre. Son objeto de su depredación sexual y B. desprecia demasiado la pasividad femenina para reconocerse en una lesbiana deseando la feminidad. De ahí su ambivalencia frente al deseo lésbico. Es preciso que se le oponga resistencia y, a sus ojos, únicamente un hombre sabe hacerlo. En “El segundo sexo”, hay pasajes muy reveladores de su concepción del “acto” sexual cuando ella compara el amor con un hombre y con una mujer:
Es sólo cuando sus dedos modelan el cuerpo de una mujer cuyos dedos modelan su propio cuerpo cuando se produce el milagro del espejo. Entre el hombre y la mujer el amor es un acto, cada uno despojado de sí mismo se convierte en otro: lo que maravilla a la enamorada, es que la languidez pasiva de su carne sea reflejada bajo la forma de ardor varonil; la narcisista en cambio, en este sexo erguido sólo reconoce de manera confusa sus propios encantos. Entre mujeres el amor es contemplación; las caricias no están destinadas a apropiarse de la alteridad como a recrearse lentamente a través de ella; la separación abolida, no hay ni lucha ni victoria ni derrota; en una exacta reciprocidad cada una es a la vez sujeto y objeto, soberana y esclava; la dualidad es complicidad (DS, II, 208).
Dicho de otra manera, en el erotismo lésbico hay mezcla, no diferenciación de los sujetos, ni acto, ni lucha. De ahí los clichés sobre el “parecido”, “la semejanza”, “el desdoblamiento” y lo que ella llama “el milagro del espejo” que señala, y esto es grave para la B feminista, que la mujer no se construye en el cara a cara erótico con otra mujer sujeto. Es frente a un hombre que la joven se “metamorfosea” en sujeto activo, autónomo, viril. No frente a una mujer. ¿Quizá ella no encontró una mujer lo suficientemente fuerte para resistir a su apetito predador? Sartre es el único, quizás, sobre el cual ella no puede ejercer una influencia pues no se hace ninguna ilusión sobre sus sentimientos, como lo testimonia esta carta de 23 de diciembre de 1939:
Me divierte usted con su harem de mujeres. Le animo encarecidamente a querer mucho a su pequeña Sorokine, que es tan encantadora. Pero, dirá usted, habrá que sacrificarla al final de la guerra. Es usted una inocente, mi amor, porque una de dos: o usted no habrá tenido el interés suficiente y entonces, tal como es usted, acabe o no la guerra, la dejará caer como un escupitajo, que es usted una pequeña malvada. O si no, como se presente, se encariñará mucho de ella y entonces sé que es usted tan ávida como para quererla guardar de todos y contra todos. Sería completamente triste sacrificar ese corazoncito, pequeño y puro [10]
Para concluir podemos decir que la relación de dominio es una opción que adoptan las mujeres que desean el poder en las situaciones históricas en las que ellas no lo tienen legítimamente. Como escribió Roger Dorey en un artículo sobre el tema: “El dominio traduce pues una tendencia muy fundamental en la neutralización del deseo del otro, es decir la reducción de toda alteridad, de toda diferencia, la abolición de toda especificidad; el objetivo es reducir al otro a la función y al status de un objeto totalmente asimilable” » (LC, 503).
¿No es lo que B. ha descrito en “la lesbiana? “La separación está abolida”. Pues la diferencia no se sitúa entre las mujeres que, de una cierta manera, vuelven todas a lo mismo, sino entre el hombre y la mujer. De ahí la valorización del modelo viril que es una manera como otra de consumir los tesoros de la feminidad compartiendo siempre cierto poder intelectual con hombres de excepción.
De ahí también, para el feminismo que se reclama su heredero, la necesidad de repensar la cuestión de las diferencias si quiere participar en los debates del siglo XXI sobre la simbolización de la relación mujer-mujer.
Simone de Beauvoir est un exemple intéressant d’ambivalence face au désir lesbien par une femme dont la pensée est reconnue dans le monde entier comme émancipatrice pour les femmes à travers le “Deuxième Sexe” notamment, paru en 1949, à l’âge de 39 ans, dans un contexte politico-culturel où les femmes venaient tout juste d’obtenir le droit de vote.
On sait aujourd’hui que Simone de Beauvoir était bisexuelle. Son “Journal de guerre” et ses “Lettres à Sartre”, publiées en 1990 par Sylvie Le Bon, ont révélé ce que son oeuvre autobiographique avait tu : son goût « charnel » pour les jeunes femmes qu’elle a d’abord connu dans le cadre de son enseignement dans les lycées de jeunes filles entre 1933 et 1943. Simone de Beauvoir eut en effet plusieurs « passions organiques », comme elle les appelle dans son journal. Zaza, d’abord, son amie d’enfance, qui est morte à la fleur de l’âge mais dont un roman de jeunesse publié en 1979 sous le titre “Quand prime le spirituel”, nous en donne quelques échos à travers l’histoire de Marguerite qui raconte une scène de séduction avortée entre Marie-Ange et la narratrice. Beauvoir précise d’ailleurs dans la préface que l’histoire de Marguerite «était en grande partie celle de mon adolescence» [11].
En 1933, elle rencontre Olga Kosakiewicz, qui est son élève au lycée de Rouen. Elle aura avec elle une liaison en 1935 tandis que Sartre tombe follement amoureux de la jeune fille, dont elle s’inspirera pour camper le personnage de Xavière dans son premier roman “L’Invitée” écrit entre 1938 et 1941. Cette liaison, parallèle à son statut « d’épouse morganatique » de Sartre, selon l’expression utilisée par ce dernier en 1930, inaugure le fameux trio qui sera constitutif de sa structure amoureuse. Dans cette relation, c’est Olga qui souffre de la jalousie de Beauvoir car Sartre l’aimait et voulait en faire sa maîtresse, ce que refusera Olga.
Deux ans plus tard, Beauvoir rencontre Bianca Bienenfeld (qui deviendra Mme Lamblin) au lycée Molière, à Paris. Née en 1921 en Pologne, de parents juifs qui ont émigré en France en 1922, où ils s’installent dans la bijouterie, Bianca est la plus connue du fait qu’elle a raconté son histoire dans les “Mémoires d’une jeune fille dérangée” (1993) [elle apparaît sous le pseudonyme de Louise Védrine dans le “Journal” et la correspondance de Beauvoir].
En 1938 Beauvoir rencontre Nathalie Sorokine qui est son élève au lycée Molière. La jeune fille est également d’origine étrangère, russe précisément, née à Constantinople en 1921. Sa liaison avec son ancien professeur de philosophie débute durant l’hivers 1939-40 tandis que Sartre est mobilisé. Elle aura des conséquences importantes pour Beauvoir puisqu’à la suite d’une plainte déposée par sa mère en décembre 1941 pour « excitation de mineure à la débauche », Beauvoir sera suspendue de l’Education Nationale en juin 1943, ce qui réoriente sa vie vers la littérature.À la Libération, Nathalie épousera un G. I. s qu’elle suivra aux Etats-Unis où elle mourra en 1967.
Je m’arrête à ces trois femmes qui sont connues aujourd’hui par les publications posthumes et parce que Beauvoir eut des liaisons avec elles dix ans avant d’écrire le “Deuxième Sexe”, ce qui ne pouvait qu’influencer son regard sur la lesbienne auquel elle consacre un chapitre. Je n’analyserai pas le fonctionnement du trio car ce qui m’intéresse ici, c’est la façon dont Beauvoir va tenir un double langue sur l’éros lesbien constitutif de sa propre ambivalence.
Dans les lettres à Sartre, écrites pendant la drôle de guerre, et son propre “Journal de guerre” (1939), elle raconte ce qu’elle vit avec une franchise parfois déconcertante. Au sujet de Védrine, par exemple, elle écrit à Sartre : « Je la traite de biche effarouchée et ça la fout dans des colères noires. Ça me fait quand même drôle d’être passionnément aimée de cette manière féminine et organique par deux personnes : Védrine (...) et Sorokine... » [12] .. A cette époque, Beauvoir mène de front ces deux liaisons avec ses ex-élèves tout en écrivant des lettres remplies d’amour à Sartre qui est mobilisé pour la guerre. Elle parle souvent de ses « étreintes passionnées » et des nuits passées avec les jeunes filles à l’hôtel après un dîner à la coupole où une explication de texte philosophique. Elle en parle dans les lettres comme dans ses carnets, dans une sorte de double emploi où les différences deviennent particulièrement signifiantes. Ainsi, elle raconte dans son Journal une anecdote survenue avec Sorokine qui vient lui rapporter le carnet noir [son journal ?] qu’elle avait chipé dans son sac, lui disant :
Si vous l’aviez emporté, je ne vous aurais pas revue de ma vie". Alors elle me reproche "ça ne tient donc pas plus fort que ça, vos sentiments !". Je m’assieds à côté d’elle sur le lit, et la console, et tout de suite, étreintes, baisers passionnés ; elle est encore toute cabrée : "j’ai le cinquième rang dans votre vie. " J’essaie de la persuader de ne pas être jalouse de ma vie, je lui dis que je l’aime tendrement. Avec un sûr instinct, c’est "mon amie rousse" [Védrine] qu’elle hait. Je me sens vraiment tendre pour elle et je lui parle avec toute la sincérité et toute la douceur possible. Elle s’est détendue, elle m’a quittée pour la première fois peut-être avec tranquillité, confiance et tendresse - elle a de beaux visages pathétiques et tendres. Mais me voilà engagée, quoique j’en aie [13].
Le lendemain, Beauvoir raconte le même épisode dans sa lettre quasi quotidienne à Sartre en commençant par la réflexion de Nathalie lui disant « Vous avez bien fait, je ne vous aurais pas revue de ma vie ». Et elle commente la scène à son « Tout cher petit être » :
Elle avait remâché ça toute la soirée avec fureur et hier elle s’est assise sur le lit et a éclaté en reproches puis en larmes : d’où cajolerie, baisers, étreintes passionnées. Elle a de beaux visages tragiques et désespérés qui me désolent ; j’ai tâché de lui expliquer que je tenais bien à elle mais elle m’a dit avec désespoir : "Mais c’est tellement inégal !J’ai la cinquième place dans votre vie !" et avec un sûr instinct elle m’a dit que vous, Bost (dont je ne lui ai quasi rien dit), Kosakiewicz, elle me les passerait encore, mais qu’elle haïssait mon amie rousse (L.Védrine). j’ai été aussi tendre que j’ai pu sans pourtant faire de promesses, et elle a fini par se rasséréner et par avoir l’air presque contente (LC, 180).
Beauvoir pratique donc les relations multiples avec un naturel non dissimulé. A Sartre, elle détaille le nombre de ses liaisons tout en menant un jeu pervers qui le place en position de voyeur du fait qu’il a lui-même une liaison avec Védrine, comme le raconte Bianca Lamblin dans son livre. Rivalité ? Jalousie ? Manipulations en vue de dévaloriser Védrine ? « On a eu des étreintes passionnées et à vrai dire, j’ai pris quelque goût à ces rapports » (LS, 344), écrit-elle un peu plus tard à Sartre. Elle joue serré et ne veux perdre sur aucun tableau. Mais on sent au fil des lettres qu’elle a peur de perdre la première place auprès de Sartre. Elle attaque jour après jour les petits travers de Bianca Bienenfeld tout en resserrant les liens épistoliers avec Sartre. Par exemple, après avoir reçu plusieurs lettres de lui, elle répond : « Mon amour, elles [les lettres] sont si tendres, si proches, c’est une vraie présence ; j’ai été secouée de passion pour vous ; nous avions tant de bonheur, la passion n’avait jamais l’occasion d’être volcanique, mais je savais bien qu’elle pourrait produire en moi ses tremblements de terre » (LS, 158).
Il y a de quoi être « secouée de passion » : Sous la pression insistante de Beauvoir, Sartre venait de rompre sa relation sexuelle avec Bianca Bienenfeld, laissant à Beauvoir tout loisir de poursuivre ses propres pamoisons.
La relation avec Sorokine n’est pas troublée par la jalousie. Dans son Journal, elle raconte à la date du 13 janvier :
On rentre, il est 9h. - on cause un très court moment côte à côte, puis baisers, et très vite étreintes, et on éteint l’électricité et se met au lit - elle est détendue cette fois, et passionnément heureuse et tendre avec toujours la même retenue dans la passion, la même grâce dans la tendresse. On rallume pour lire les carnets, mais on lit peu; elle me pose des questions, « qu’est-ce qu’on peut faire de pire entre femmes ? » et « si nous sommes des criminelles, si nous méritons la prison ? », idée qui la charmerait - j’ai absolument l’idée d’une « initiation », ce qui me ferait honte si je n’étais profondément prise dans l’instant. Pas une ombre de passionnel pour elle, mais immense tendresse et estime, je ne voudrais pour rien au monde lui faire de peins - un si émouvant visage quand elle sourit avec le plus d’abandon dont elle est capable, un abandon consenti qui jamais ne la déborde. Nouvelles étreintes (....)» (JG, 240).
Passion d’un côté, sensualité physique de l’autre. Mais qui ne va pas jusqu’à s’exprimer publiquement. Dans ses écrits « officiels », ceux qui sont destinés à la publication, elle occulte totalement toute implication charnelle avec les femmes. Dans les romans d’abord, comme L’Invitée où les deux héroïnes ne font pas l’amour ensemble, ce qui réduit la rivalité du trio à une histoire de jalousie pour un homme. Et surtout, le “Deuxième Sexe” où Beauvoir consacre un chapitre entier à « la lesbienne » comme si elle écrivait une dissertation philosophique. Certes, c’était en 1949 et l’entreprise peut paraître en soi très audacieuse en ces temps de misogynie montante. Mais n’oublions pas que le public fut plus choqué par son chapitre sur la maternité où non seulement elle parlait librement de l’avortement (alors interdit), mais dénonçait la prétendue égalité avec l’homme que conférerait le fait de devenir mère. Et puis, elle n’est pas la première à prendre ces risques. Trente ans plus tôt Gide, Proust, Natalie Clifford Barney puis Colette ont pris la plume sur le sujet avant que la psychanalyse se mette de la partie. Ce qui explique probablement pourquoi Beauvoir discute longuement les discours des psychiatriques et des sexologues.
Mais pourquoi n’a-t-elle jamais pu assumer publiquement ses relations sexuelles avec les femmes, allant même jusqu’à nier avoir eu tout rapport personnel avec le lesbianisme comme dans cette interview réalisée en 1984 (soit deux ans avant sa mort) par Hélène Vivienne Wenzel qui lui demande :
"H.V. Wenzel : (...) you had treated the subjet of lesbianism in the Second Sex in 1949 in a much more equitable and compréhensive fashion than other similar studies of that périod. And at that time you already knew Violette Leduc and other lesbians in France. Did you base your own study on these acquaintances ?
S. de B. : Oh, no never. I think I knew... I think it was really pretty superficial, what I said about lesbianism. I did know some lesbians, but not many. I knew Violette Leduc, but she had never spoken to me about her own sexual life, because she was ambivalent (...) » [14]
«Oh, no never»... N’est-ce pas là une stupéfiante dénégation proférée par une femme dont le “Deuxième Sexe” est traduit en de nombreuses langues. Une philosophe qui est unanimement reconnue comme la grande théoricienne de l’émancipation féminine, mais qui ne peut toujours pas assumer ses désirs pour elles. De plus, elle suggère que Violette Leduc est ambivalente. Belle projection, car si quelqu’un a été ambivalent sur le sujet, c’est bien Beauvoir.
Ambivalence d’une vie, d’une éducation bourgeoise et catholique, d’une époque, d’une intellectuelle qui assume un acte qu’elle n’a pas fait (en 1971 elle signera le Manifeste des 343 femmes déclarant avoir avorté illégalement) et nie un acte autorisé qu’elle a fait... Pourquoi a-t-elle menti, cachant la vérité sur la question de ses relations «organiques» avec les femmes. Est-ce pour se protéger de la lesbophobie, comme on pourrait le penser, sachant que la relation avec Sartre a été un paravent non négligeable face aux dérives lesbophobes potentielles. Le mensonge est-il constitutif d’une ambivalence qui s’exprime par un érotisme à tonalité nettement prédatrice, comme nous allons le voir.
L’introduction au chapitre de la lesbienne est révélatrice de l’ambiguïté dans laquelle Beauvoir entend parler de « celles qui ont choisi des chemins condamnés » [15]. Ambivalence par rapport à l’interdit, d’abord. Condamnés par qui et pourquoi ? Mystère ! A aucun moment Beauvoir n’aborde la question de la norme (hétéro) sexuelle pour la dénoncer ou la discuter que qu’elle est toujours en vigueur dans le langage juridique qui parle de « pratiques contre nature » dans les textes réprimant les rapports homosexuels relevant de « l’excitation à la débauche ». Le problème n’est pas la norme mais le mythe de la féminité et les catégories philosophiques qui servent à opposer les femmes aux hommes dans des séries prétendument complémentaires comme actif - passif, sujet - objet, virilité - féminité, prédation - naturalisme, etc. Elle les reprend intégralement et nous verrons que ces concepts utilisés dans la philosophie existentialiste hypothèquent toute possibilité de comprendre la vérité du désir lesbien. On sait que la critique du naturalisme a été son grand apport à la pensée féministe. Sa célèbre formule du Deuxième Sexe, « On ne naît pas femme, on le devient », a fait le tour du monde, contribuant à saper le mythe de la féminité afin de pouvoir penser l’égalité entre les sexes dans une perspective universaliste. Mais si on peut se féliciter de cette déconstruction, on ne s’est guère interrogé sur ses conséquences, à savoir une critique du naturalisme qui sert à démontrer que la lesbienne ne contribue à aucune libération. Et une vision de la virilité qui sort grandie de l’entreprise puisque Beauvoir ne conteste jamais la supériorité érotique de l’homme. Si la féminité est leurre, et si la virilité est inattaquable, que reste-t-il aux femmes pour construire leur identité dans une société toujours phallocratique ?
De plus, le mythe de la féminité (la femme est féminine, c’est-à-dire naturellement passive et objet du désir de l’homme) fait écran au discours homophobe. Car ce qui est reproché aux lesbiennes par «la société», ce n’est pas de désirer le féminin, c’est d’imiter l’homme en faisant des actes contre-nature. Cette occultation du véritable discours répressif est d’autant plus surprenante que Beauvoir a été elle même la cible d’une loi réprimant le détournement de mineure entre femmes au nom des pratiques sexuelles naturelles. Elle n’est pas la première dans cette situation. En 1934, Claire Parrini, ouvrière habitant dans le Var, fut condamnée à trois mois de prison avec sursis et 25 francs d’amende pour «pratique contre nature accomplie sur des filles mineures». L’arrêt de la Cour d’Appel d’Aix du 6-12-34 stipulait :
« Attendu que l’article 334 (334-1) du Code pénal n’atteint pas, en principe, les actes de séduction personnelle et directe, les manifestations physiologiques naturelles d’un sexe pour l’autre, ce texte trouve son application lorsque, en l’espèce, il s’agit de faits contre nature, qui doivent être considérés comme des actes de perversion, de dépravation et d’excitation à la débauche, actes qui font de leur auteur un agent de corruption » [16].
Ces jeunes filles étaient en fait ses compagnes de travail, et comme ces «pratiques impudiques» se passaient sans témoin, et sans «entremetteuse», la Cour de Cassation annula le jugement en 1937 pour «manque de base légale». On voit néanmoins qu’avant la guerre, l’article du code pénal réprimant «l’excitation de mineur à la débauche» s’appliquait autant aux lesbiennes qu’aux pédérastes.
La mère de Nathalie Sorokine a porté plainte en décembre 1941 pour «excitation de mineure à la débauche». Elle voulait que sa fille épouse M. Dupas, qui avait été son amant, alors que Beauvoir la poussait à poursuivre ses études tout en l’aidant elle aussi matériellement. L’argument économique poussant au mariage ne tenait donc pas, et c’est bien sûr la liaison entre sa fille et son ex professeur de philosophie que la mère souhaite casser. On a vu la conversation rapportée par Beauvoir dans son journal au sujet de ce que deux femmes pourraient faire de pire ensemble qui mériterait la prison. Il est probable que Nathalie avait parlé de sa liaison à sa mère et que cette dernière était jalouse au point de vouloir y mettre un terme. Ce n’était ni la première, ni la dernière fois que Beauvoir est confrontée à la jalousie maternelle. Mais cette fois-ci, ce n’est pas pareil. Nous sommes sous l’occupation allemande et la police instruit la plainte. Une enquête judiciaire est menée en mars 1942, par l’inspecteur Dubois qui interroge les proches. Nathalie, bien sûr, mais aussi Olga Kosakiewitch et sa soeur Wanda, ainsi que Sartre et M. Dupas. Bien que le danger soit réel, les dépositions sont éclairantes sur la façon dont Beauvoir va se défendre en se réclamant d’une position de normalité. Elle explique au policier qui note sa déposition :
Nathalie, comme certaines jeunes filles de son âge, me portait une admiration vraiment exaltée. Je n’ai jamais répondu à ses appels et, au contraire, je l’ai dirigée vers des relations sexuelles normales. Nathalie Sorokine est violente, impulsive et combien de fois, plus tard lorsque je ne fus pour elle que son amie et son professeur, me reprochait-elle certaines de mes relations masculines [17].
Si l’on peut comprendre que Beauvoir nie avoir des relations sexuelles «anormales» sous le régime de Vichy, on s’explique moins comment elle n’hésite pas à charger son amie pour se parer de toute la respectabilité qui sied à un professeur. Le ton a terriblement changé depuis le jour où elle s’attendrissait sur sa « retenue dans la passion » et la grâce de sa tendresse. La version de Nathalie Sorokine est bien différente. Elle affirme avoir inventé cette histoire d’amour avec son professeur mais nous voyons qu’elle utilise le même vocabulaire que Beauvoir. « Je n’aimais pas cet homme et je voulais m’en séparer à tout prix. J’inventais alors cette histoire de rapports sexuels avec Mlle de Beauvoir afin de me débarrasser de M. Dupas. Mlle de Beauvoir m’avait donné ce conseil. M. Dupas comprenant que j’étais une femme "faussée sexuellement" me laissa le quitter. (...) Je tiens à dire que je suis une femme normale. Je n’ai jamais eu de relations sexuelles avec des femmes ».
Les deux femmes sont les seules à parler de «relations sexuelles normales». Interrogées, Olga parle «d’avances d’ordre très spéciales», Wanda de «moeurs spéciales», Sartre de «sentiments particuliers vis à vis des femmes», et «d’amitié réciproque entre Mlles Beauvoir et Sorokine». Quant à M. Dupas, son ex amant, la liaison entre les deux femmes est pour lui une «réelle passion». On voit donc comment Beauvoir se défend en utilisant l’argument de la normalité tandis que ses amis reconnaissent le caractère intime de leur liaison. Ce mode de défense ne l’empêchera pas d’être suspendue de l’Education Nationale ne juin 1943 puis réintégrée à la Libération.
Cette histoire n’en aura pas moins de profondes conséquences sur sa façon de parler publiquement du lesbianisme. Quand elle ne l’occulte pas, elle s’emploie à verrouiller une éventuelle accusation de lesbianisme (alors qu’elle est soupçonnée « d’excitation de mineure à la débauche » et qu’elles n’ont qu’une dizaine d’années de différence..., ce qui n’est pas un délit) derrière la critique du mythe de la féminité. Elle investit la féminité de tout ce qu’elle rejette dans la société au nom du naturalisme sans se rendre compte qu’en contre investissant la virilité de qualités hyper positives elle pratique exactement ce qu’elle dénonce.
Elle reprend à son compte le discours dominant sur la féminité comme la passivité, le rapport d’objet au sujet masculin qui en fait une proie sexuelle, qui devient ainsi un véritable repoussoir rejaillissant sur l’érotisme, ou l’absence, d’érotisme entre femmes. « Les amours saphiques sont dans la majorité des cas une assomption de la féminité, non son refus », écrit-elle. On voit comment Beauvoir se réfère au point de vue masculin pour discréditer le rapport au féminin dans le cadre lesbien dans une ambivalence qui apparaît encore plus crûment lorsque Beauvoir compare la lesbienne à la femme normale.
De même que la femme frigide souhaite le plaisir tout en le refusant, la lesbienne voudrait souvent être une femme normale et complète tout en ne le voulant pas (DS, II, 202).
Quel bel aveu ! car n’est-ce pas là que se situe son problème ? D’où la mise en équivalence de la lesbienne avec la frigidité, car ce que refuse la femme frigide ce n’est pas le plaisir, c’est l’homme qui prétend lui donner, ou lui prendre. Ainsi, l’ambivalence ne se situe pas par rapport aux catégories naturalistes masculin / féminin, mais bien par rapport à la norme dominante.
Ce qui ne l’empêche pas de les condamner sous prétexte que l’homosexuelle ne met pas en danger la suprématie mâle. « L’homme est plus agacé par une hétérosexuelle active et autonome que par une homosexuelle non agressive; la première seule conteste les prérogatives masculines » (DS, II, 196). Puis Beauvoir remet en question la distinction des sexologues entre inverties masculines et féminines parce qu’elle lui parait arbitraire. « Définir la lesbienne virile par sa volonté d’imiter l’homme, c’est la vouer à l’inauthenticité » (DS, II, 197), écrit-elle. On pourrait croire que Beauvoir s’élève ici contre la culture savante héritée de l’Antiquité qui définissait la tribade comme une femme qui «contrefait l’homme». Il n’en est rien, car la virilité de la lesbienne ne peut pas être authentique. En effet, si la lesbienne virile s’élève contre la spécification féminine, et Beauvoir cite deux exemples de travesties présentés par Havelock Ellis et Stekel, « cette révolte n’implique nullement une prédestination saphique ». Pourquoi ? Parce que des femmes hétérosexuelles sont aussi en révolte contre cette spécification, au point, écrit-elle, que « la femme dite “virile” est souvent une franche hétérosexuelle ». Et la lesbienne virile alors ? Eh bien, elle n’existe pas, car sa virilité, nous dit Beauvoir, n’est pas un trait de son érotisme, mais de sa position sociale. Je cite :
Ce qui donne aux femmes enfermées dans l’homosexualité un caractère viril, ce n’est pas leur vie érotique qui, au contraire, les confine dans un univers féminin : c’est l’ensemble des responsabilité qu’elles sont obligées d’assumer du fait qu’elles se passent des hommes. (DS, II, 214)
On aura compris que l’érotisme n’est pas ce qui caractérise la lesbienne. Et d’ailleurs, comment pourrait-elle avoir une sensualité agressive puisque, remarque avec acuité Beauvoir:
Elle demeure évidemment privée d’organe viril ; elle peut déflorer son amie avec la main ou utiliser un pénis artificiel pour mimer la possession ; elle n’en est pas moins un castrat (DS, II, 203).
Il est d’autant plus vain de ranger les lesbiennes en deux catégories tranchées qu’une « comédie sociale se superpose à leur véritables rapports », poursuit Beauvoir inexorablement. Et de dire exactement ce qu’elle reprochait aux psychanalystes : « Se plaisant à imiter un couple bisexué, elles suggèrent elles-mêmes la division en «viriles» et «féminines» (DS, II, 211). Autrement dit les catégories virile/féminine ne sont pas produites par la société mais reproduites par les lesbiennes qui arrivent ainsi aux « inutiles fanfaronnades et à toutes les comédies de l’inauthenticité. La lesbienne joue d’abord à être un homme ; ensuite être lesbienne même devient un jeu ; le travesti, de déguisement se change en livrée ; et la femme sous prétexte de se soustraire à l’oppression du mâle se fait esclave de son personnage ; elle n’a pas voulu s’enfermer dans la situation de femme, elle s’emprisonne dans celle de lesbienne » (Beauvoir :DS, II, 217).
Que l’homosexualité soit une prison pour Beauvoir, c’est probable. Mais pourquoi généraliser en un faux paradoxe qui disqualifie la lesbienne jusque dans sa liberté de sujet existant. On voit ainsi comment la série d’oppositions paradigmatiques sujet / objet, actif / passif, masculin / féminin, hypothèque toute possibilité de remettre en question la normalité en tant que norme construite socialement. De plus ces oppositions s’appuient sur une conception de la conscience qui barre tout accès à l’inconscient et à la part cachée de soi-même. Si une conscience est toujours consciente d’elle-même, comme le postule l’existentialisme, on ne risque pas de découvrir des vérités cachées. Pourquoi une femme désire-t-elle une autre femme quand toute son éducation, sa culture, sa religion, la conditionne à désirer un homme ? Pourquoi et comment a-t-elle échappé à ce conditionnement, voilà des questions que ne se pose guère Beauvoir. Ce qui l’intéresse uniquement, c’est d’être une femme normale tout en jouissant du trésor de la sensualité féminine.
Et c’est là où nous arrivons à la logique ambivalente de son propre désir. Chez Beauvoir, la relation sexuelle est vécue sur le mode de la prédation, que ce soit dans le cadre hétérosexuel ou homosexuel. L’introduction du chapitre sur la lesbienne est très explicite de son propre rapport à l’objet aimé.
Qu’elle s’adapte plus ou moins exactement à son rôle passif, la femme est toujours frustrée en tant qu’individu actif. Ce n’est pas l’organe de la possession qu’elle envie à l’homme : c’est sa proie. C’est un curieux paradoxe que l’homme vive dans un monde sensuel de douceur, de tendresse, de mollesse, un monde féminin, tandis que la femme se meut dans l’univers mâle qui est dur et sévère ; ses mains gardent le désir d’étreindre la chair lisse, la pulpe fondante : adolescent, femme, fleurs, fourrures, enfant ; toute une part d’elle-même demeure disponible et souhaite la possession d’un trésor analogue à celui qu’elle livre au mâle (D.S., II, p. 191).
On voit donc comment l’amour prédateur se situe chez Beauvoir dans la problématique du moi. Cette partie d’elle-même qu’elle « livre » au mâle, elle veut la posséder elle aussi, pour elle seule. Elle veut étreindre la pulpe fondante d’un sexe féminin, participer au banquet de la vie, consommer tous les fruits de la création sans être limitée par les préjugés. Le vocabulaire érotique de Simone de Beauvoir est tout entier informé par la gourmandise qui en fait l’expression d’une avidité de la chair aussi nécessaire à satisfaire que la faim ou la soif. « Nuit pathétique, passionnée, j’étais écoeurée de passion, c’est du foie gras mais de mauvaise qualité par dessus le marché" [18] , écrit-elle à Sartre en 1939 après une nuit passée avec Bianca Bienenfeld.
L’inconscience de lesbophobie chez Beauvoir va de pair avec son rejet de la bourgeoisie. Elle veut braver les interdits, tout voir, tout connaître, tout goûter. Le lesbianisme rentre dans cette avidité. C’est un objet de consommation comme un autre qu’elle absorbe dans une boulimie de la vie rarement rassasiée. Elle dispose d’une énergie considérable, elle peut faire vingt kilomètres à pied, écrire tout la journée, corriger des manuscrits tout en ayant envie de faire l’amour toute la nuit dans une chambre d’hôtel. C’est pourquoi, elle ne s’éloigne pas tant que ça dans le “Deuxième sexe”, de sa pratique de l’érotisme lesbien qui ne se situe pas du côté de la relation entre deux sujets, mais de la consommation sexuelle, ou plus exactement de la prédation. Pour reprendre la terminologie freudienne, je dirais qu’il se situe du côté des pulsions du moi et de son autoconservation alors que l’amour, qui est un plaisir partagé en tenant compte des désirs de l’autre, se situe plus du côté de l’altruisme.
Est-ce que la prédation érotique de Beauvoir s’est édifiée comme réaction de protection du moi vivant dans un contexte particulièrement misogyne et phallocentrique. Son moi n’était certainement pas reconnu à sa juste valeur. Que ce soit durant ses années de formation ou même après, avec Sartre. Car ils avaient beau donner l’image d’un couple d’intellectuels, Beauvoir avait bien plus besoin de lui que lui d’elle pour que ses idées passent en société. Elle le savait si bien que c’est probablement la raison qui l’a conduite à rompre avec Algren. Ses pulsions sexuelles ont été canalisées vers le moi, sauf peut-être avec son amant américain où elle pourra lâcher ses défenses et se permettre de vivre un conte de fées féminin dans le Nouveau Monde. L’aventure sera d’autant plus paradisiaque qu’elle la sait éphémère. Car une femme comme elle, identifiée à la fonction pensée, et toute entière dévouée à l’intelligence combative, ne peut pas quitter Sartre, ni un pays où son oeuvre est discutée, critiquée, récompensée, reconnue. Elle a besoin de ça, comme elle a besoin de manger du foie gras, de la chair, de la passion... en femme aux désirs inaltérés.
La prédation ne va pas sans une certaine perversion qui affleure dans les lettres à Nelson Algren où elle lui parle des lesbiennes qu’elle rencontre.
Trois lettre m’attendaient, une d’amour échevelé de la femme laide [Violette Leduc], qui ne m’a pas vue depuis treize jours et ne peut le supporter plus longtemps, une impérieuse de mon amie juive qui exige de ma voir immédiatement et beaucoup [Bianca Lamblin ?] et une encore plus impérieuse de ces femmes qui nous tapent régulièrement.... [19]
A propos de sa dactylo, elle écrit:
Quand elle m’a eu tout exposé, comme elle compose de beaux poèmes lesbiens, quel corps excitant elle possède, quelle passion elle montre au lit, elle a ajouté en rougissant légèrement : « Je suis tombée amoureuse de vous cinq ou six fois... Ça arrivera sûrement encore. » J’ai souri aimablement et détourné la conversation . Chaque fois que je lui donne de l’argent, elle veut me gratifier de son corps sublime, alors à la fin je lui ai appris que c’était Sartre qui casquait, que moi je n’avais pas les moyens de faire de telles largesses (LNA, 459).
On remarquera comme elle joue d’une certaine ambivalence autour du thème de la prostitution quant elle parle des lesbiennes. Quant à Violette Leduc, régulièrement surnommée « la femme laide », elle se trouve l’objet de relation basées sur le calcul. Le 28 janvier 1950, Beauvoir écrit : « Il est déconcertant que je puisse tant compter pour elle, alors que pour moi elle ne compte pas du tout » (p. 526). Certes, Beauvoir est agacée par la passion sans borne que lui voue Violette Leduc et qui deviendra le sujet de “Folie en tête”. Ce qui ne l’empêche pas de l’apprécier hautement, déclarant à Nelson le 7 octobre 1947 : « C’est sûrement la femme la plus intéressante que je connaisse » (p. 55). Le mot « intéressant » conduit là aussi au calcul. Mais ici il s’agit d’un calcul intellectuel.
Solitaire, lesbienne au fond du coeur, elle est de beaucoup la plus hardie des femmes que je connaisse. (...) Elle sait parler de l’amour sur un ton émouvant et remarquable ». Et une autre fois, elle lâche cette phrase superbement révélatrice de ses catégories conceptuelles : "Celle-là, avec une sensibilité féminine écrit comme un homme (LNA, 111).
On comprend mieux pourquoi Beauvoir a développé une vision si négative de la lesbienne. La sensualité se situe chez elle du côté des pulsions du moi et probablement d’un sevrage maternel précoce.
Elle sert à nourrir les appétits du moi sans faire de distinction entre moi et l’autre. Très autoritaire avec les jeunes femmes qu’elle désirait, m’a confié Bianca Lamblin, Beauvoir avait le pouvoir et imposait sa volonté sans discussion. En revanche avec les hommes il lui faut tenir compte du point de vue de l’autre du fait qu’elle évolue dans une société où l’homme règne en maître et qui n’accorde à sa puissante polarité intellectuelle qu’un minuscule champ d’exercice. L’ignorer serait un comportement schizophrénique beaucoup plus préjudiciable que l’option perverse pour laquelle elle a opté parce qu’elle lui permet de tirer le meilleur parti possible de la situation de domination qui était celle des femmes de sa génération. Dans l’introduction du “Deuxième Sexe” elle écrivait : « Les femmes d’aujourd’hui sont en train de détrôner le mythe de la féminité. Elles commencent à affirmer concrètement leur indépendance, mais ce n’est pas sans peine qu’elle réussissent à vivre intégralement leur condition d’être humain » (p. 195). C’était en 1949. La conquête de la condition humaine de la femme passe par la virilité, ou la fraternité, comme elle le dit en conclusion du “Deuxième sexe”. Elle passe donc par le modèle masculin en tant que condition humaine universelle, et c’est bien pour ça que Beauvoir a développé avec Sartre une conception du couple qui lui permet de fusionner intellectuellement avec lui tout en gardant la jouissance de son propre trésor féminin.
Dans sa correspondance avec Sartre de 1939, elle expose sa conception de l’amour dans le trio où elle distingue « l’amour unique » des amours contingentes, ce qu’elle appelle les « mises entre parenthèses » qui s’applique notamment à Bianca Bienenfeld avec qui Sartre avait une liaison. Le 8 octobre 1939 elle écrit à Sartre :
... après ces dernières semaines et les lettres que vous m’avez écrites, aucune sagesse ne saurait plus me faire effectuer cette conversion qu’est la mise entre parenthèse. Mon amour, on ne fait qu’un, et je sens que je suis vous autant que vous êtes moi-même. Je vous aime mon doux petit, et jamais je n’ai mieux senti votre amour (LS, 171).
Impossible de dire ça à la femme désirée. D’abord parce qu’elle n’a pas éclairci sa propre ambivalence autour des genres et des normes. L’homosexualité est naturelle en tant que désir du féminin, mais elle n’est pas normale. Ensuite parce qu’elle est attirée par ses anciennes élèves avec qui elle n’a pas de relation d’égalité intellectuelle comme elle le vit avec Sartre. Elles sont objet de sa prédation sexuelle et Beauvoir méprise trop la passivité féminine pour se reconnaître dans une lesbienne désirant la féminité. D’où son ambivalence face au désir lesbien. Il faut qu’on lui résiste, et à ses yeux, seul un homme sait le faire. Dans le Deuxième Sexe, elle a des passages très révélateurs de sa conception de « l’acte » sexuel lorsqu’elle compare l’amour avec un homme et avec une femme : C’est seulement quand ses doigts modèlent le corps d’une femme dont les doigts modèlent son corps que le miracle du miroir s’achève. Entre l’homme et la femme l’amour est un acte ;.chacun arraché à soi devient autre : ce qui émerveille l’amoureuse, c’est que sa langueur passive de sa chair soit reflétée sous la figure de la fougue virile ; mais la narcissiste dans ce sexe dressé ne reconnaît que trop confusément ses appâts. Entre femmes l’amour est contemplation ; les caresses sont destinées moins à s’approprier l’autre qu’à se recréer lentement à travers elle ; la séparation est abolie, il n’y a ni lutte, ni victoire, ni défaite ; dans une exacte réciprocité chacune est à la fois le sujet et l’objet, la souveraine et l’esclave ; la dualité est complicité (DS, II, 208).
Autrement dit, dans l’érotisme lesbien il y a mélange, non différenciation des sujets, non acte et non lutte. D’où les clichés sur «la ressemblance», « la similitude », «le dédoublement» et ce qu’elle appelle «le miracle du miroir» qui affirment, et c’est grave pour la féministe Beauvoir, que la femme ne se construit pas comme sujet dans le face à face érotique avec un autre sujet femme. C’est face à un homme que la jeune fille se « métamorphose » en sujet actif, autonome, viril. Pas face à une femme. Peut-être n’a-t-elle pas rencontré de femme assez forte pour résister à son appétit prédateur ? Sartre est le seul, peut-être, sur lequel elle ne peut exercer une emprise car il ne se fait aucune illusion sur ses sentiments, comme en témoigne cette lettre du 23 décembre 1939 :
Vous m’amusez avec votre harem de femmes. Je vous encourage fort à bien aimer votre petite Sorokine, qui est toute charmante. Mais direz-vous, il faudra la sacrifier à la fin de la guerre. Vous êtes une naïve, mon amour, car de deux choses l’une : ou vous n’y aurez pas trop tenu et alors, telle que vous êtes, fin de la guerre ou pas vous la laissez tomber comme un crachat, mauvais petit que vous êtes. Ou bien, comme cela se produit, vous vous y attachez et alors je vous sais assez âpre pour vouloir la garder envers et contre tous. Il serait tout à fait dommage de sacrifier ce pur et charmant petit cœur [20].
En conclusion nous pouvons dire que la relation d’emprise est une option que prennent les femmes qui désirent le pouvoir dans des situations historiques où elles ne l’ont pas légitimement. Comme l’écrit Roger Dorey dans un article sur le sujet : « L’emprise traduit donc une tendance très fondamentale à la neutralisation du désir d’autrui, c’est-à-dire à la réduction de toute altérité, de toute différence, à l’abolition de toute spécificité; la visée étant de ramener l’autre à la fonction et au statut d’objet entièrement assimilable » (LC, 503).
N’est-ce pas ce que Beauvoir à décrit dans « la lesbienne » ? « La séparation est abolie ». Car la différence ne se situe pas entre les femmes qui, d’une certaine manière, reviennent toutes au même, mais entre l’homme et la femme. D’ou la valorisation du modèle viril qui est une manière comme une autre de consommer les trésors de la féminité tout en partageant un certain pouvoir intellectuel avec des hommes d’exception.
D’ou aussi pour le féminisme qui se réclame de son héritage la nécessité de repenser la question des différences s’il veut participer aux débats du XXIe siècle sur la symbolisation de la relation femme - femme.
[1] S. de Beauvoir, Quand prime le spirituel, Ed. Gallimard, 1979, p. 5
[2] S de Beauvoir, Lettres à Sartre, 21 diciembre 1939, Gallimard, 1990, p. 370.
[3] S de Beauvoir, Journal de guerre, 12 octubre 1939, p. 86.
[4] Helene Vivienne Wenzel, « Interview with Simone de Beauvoir », Yale French studies, 72, 1986, pp. 15-40.
[5] S. de Beauvoir, Le Deuxième Sexe (1949), Gallimard, Folio essais, t. II, p. 191. Todas las citas están sacadas de esta edición
[6] Semaine Juridique, Paris,1935, p. 259.
[7] Todas estas citas están sacadas de Gilbert Joseph, Une si douce occupation : Simone de Beauvoir et Jean-Paul Sartre, 1940-1944, Paris, Albin Michel, 1991, p. 210-212.
[8] S. de Beauvoir, Lettres à Sartre, Ed. Gallimard, 1990, p. 225.
[9] S. de Beauvoir, Lettres à Nelson Algren, Un amour transatlantique 1947-1964. Texto establecido, traducido del inglés y anotado por Sylvie Le Bon de Beauvoir, Paris, Gallimard, Folio, p. 455.
[10] J.P. Sartre, Lettres au Castor et à quelques autres, Gallimard, 1983, p. 503.
[11] S. de Beauvoir, Quand prime le spirituel, Ed. Gallimard, 1979, p. 5.
[12] S de Beauvoir, Lettres à Sartre, 21 décembre 1939, Gallimard, 1990, p. 370.
[13] S de Beauvoir, Journal de guerre, 12 octobre 1939, p. 86.
[14] Helene Vivienne Wenzel, « Interview with Simone de Beauvoir », Yale French studies, 72, 1986, pp. 15-40.
[15] S. de Beauvoir, Le Deuxième Sexe (1949), Gallimard, Folio essais, t. II, p. 191. Toutes les citations sont extraites de cette édition.
[16] Semaine Juridique, Paris,1935, p. 259.
[17] Toutes ces citations sont extraites de Gilbert Joseph, Une si douce occupation : Simone de Beauvoir et Jean-Paul Sartre, 1940-1944, Paris, Albin Michel, 1991, p. 210-212.
[18] S. de Beauvoir, Lettres à Sartre, Ed. Gallimard, 1990, p. 225
[19] S. de Beauvoir, Lettres à Nelson Algren, Un amour transatlantique 1947-1964. Texte établi, traduit de l’anglais et annoté par Sylvie Le Bon de Beauvoir, Paris, Gallimard, Folio, p. 455.
[20] J.P. Sartre, Lettres au Castor et à quelques autres, Gallimard, 1983, p. 503.