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Temblor de la falsificación

Martes 8 de mayo de 2007, por Susana Guzner

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Artículo publicado con el consentimiento de su autora


"En mala hora se me ocurrió procurarme un sueño apacible comenzando la lectura de «El temblor de la falsificación» de Patricia Highsmith. Había llegado a Zurich a las tantas tras un vuelo calamitoso, ni un hotel disponible y a la una de la mañana me registré en una pensión cochambrosa cuyos moradores - sería risible llamarles “huéspedes” - más parecían mutantes post-atómicos que seres humanos.

¿Por qué he dicho “en mala hora”? Porque desde el vamos Highsmith me trincó arteramente por la nuca y solo tuvo a bien soltarme cuando le dio la gana, exactamente cuando arribé al punto final alrededor de las cinco de la mañana.

Bien podría haberme impuesto cerrar el libro y los párpados, soy adulta y dueña de mis actos, pero me fue imposible. TENÍA que proseguir, era un desafío obsesivo. Además estaba completamente despabilada. O mejor dicho: completamente fascinada.

He leído y releído la obra completa de Highsmith. La considero una escritora maestra en su género. Un suspense muy peculiar, inimitable, marca de la casa. Su inconfundible narrativa, de estilo amodorrado y cansino, es neutral sólo en apariencia, puesto que ese buscado - y perfectamente logrado - laisser faire resulta tan ingenuo como la paciencia de una araña elaborando baba y tejiendo su tela con un propósito letal.

Soporto poco una historia que no me atrae, apenas le doy chance y si en las primeras veinte páginas me siento harta, indiferente o enfadada me desembarazo del libro sin más ni más.

Pero P.H. es única. Desde el principio entabla con quien la lee una morbosa seducción psicológica que despierta sibilinamente la violenta turbulencia de nuestras pasiones, nos guste o no, la aceptemos o no. A lo largo de su producción, Patricia - me excuso por la confianza pero la considero de mi familia - fue perfeccionando y recreándose en esta complicidad soterrada y sus obras se tornaron cada vez más minimalistas, recortando personajes y situaciones, invitándonos a odiar, despreciar o vilipendiar con todas nuestras fuerzas y todo esto... sin mover un músculo, la dura texana, burlándose de una en cada frase: “eres tú la perversa, yo solo escribo”. Maligna. Más que narraciones son atmósferas opresoras y una se enreda, se asfixia, boquea en busca de un soplo de aire fresco, suplica por una tregua que, por supuesto, no llega. Pérfida.

“El temblor de la falsificación”, a mi entender, es la culminación de un extraordinario fenómeno literario: el libro lo elabora más quien lo lee que la propia escritora. P.H. logra una tal inversión de roles entre autora y lector/a que explica en parte por qué yo, cansada hasta el paroxismo, me pasé una noche en blanco construyendo El temblor... en una pensión hedionda de Zurich.

En esta extraordinaria novela la economía de medios alcanza su máximo esplendor. Tres personajes: el protagonista que narra en primera persona no sus peripecias sino sus escasas o nulas peripecias y otros dos con los cuales el narrador traba amistad. O cierta amistad... De acuerdo, dejémoslo en “compañía”. La acción - la no acción, diría - transcurre en Hammamet (Túnez).

Con estos palos Highsmith propone una historia donde el calor ambiental es dueño y señor de la atmósfera literaria. El calor y la inanición, el sinsentido, la rémora exasperante de un Ingham - el protagonista - que sencillamente espera noticias de sus lejanos amigos de Nueva York a la par que intenta escribir los primeros folios de un guión del cual, faltaría más, tiene poca o ninguna idea y menos ganas. Es subyugante comprobar cuánto atraen las cuencas vacías de la nada...

Puesta en tal situación, insisto, podría haber intentado conciliar el sueño. Pero deseaba - perdón, rectifico, ME URGÍA - sugerirle algún tema a Ingham, procurarle entretenimiento a su espera, acompañarle por las calles de Hammamet - ciudad que, para mi desdicha dado el caso, conozco bastante bien, otro condimento que me implicaba en la trama - , y sobre todo, buscar desesperadamente un final a esta quietud estatuaria que me ponía los nervios de punta.

En algo alivió mi inquietante desazón el hecho de que Ingham asesinara a un vernáculo que lo escudriñaba por donde fuera. Bien hecho, se lo merecía con creces. No quise que interviniera la policía, dado que la indiferencia y mutismo impuestos entre los encargados del hotel lo arreglaron por mí, nadie vio nada, nadie oyó nada, nadie sabía nada. ¿Por qué comprometerme gratuitamente si el fisgón merecía morir por...fisgón? Uno menos, mira.

Por otra parte, yo estaba muy atareada bebiendo y comiendo en la misma tasca ruidosa de la kashba, elucubrando propuestas lúdicas para que el protagonista entretuviera sus horas muertas, no sé, una partida de tenis, tal vez enseñarle a bailar el tango o algo más fructífero que su insensato deambular, incluso a sabiendas de que él no lo aceptaría: se hallaba paralizado, toda la trama estaba paralizada, era trastornador ¿O tal vez era yo quien se hallaba profundamente removida por emociones que no encontraban su catarsis? Fascinante: mi libro interior luchaba de continuo con el real y confieso sin pudor que me ganó por varios rounds. Si eso no es literatura en estado puro, que baje la Diosa y lo vea.

Lo único que objeto a “El temblor de la falsificación” son sus secuelas. Adormilada - pese a los varios cafés engullidos a las nueve de la mañana - y observando el magnífico paisaje suizo pasar por la ventanilla del tren rumbo a mi destino entre las montañas, reflexioné acerca de mi noche en blanco. No estaba arrepentida por haber perdido horas de sueño, ni tampoco por haber leído un libro fuera de serie. Lo que me inquietaba sobremanera era una especie de sensación de ridículo, de haber sido una marioneta en las manos expertas y tortuosas de Patricia, y, esencialmente de haber hecho la tarea por ella. Pero... ¿Por qué tanto desasosiego?

Porque, y faltando poco para llegar a Öber Egery, caí en la cuenta de que había cometido un asesinato y me había importado un bledo. Abundo: me había liberado de una tensión extrema que Patricia sembró en mi espíritu. Ahora me remordía la conciencia, debí entregarme a las autoridades, mas aún, no tenía por qué matar al fisgón tunecino. Ya poco podía hacer, pero esa sensación de descubrirme como una asesina inmisericorde me acompañó varios días.

Muy bueno lo suyo, P.H.: Usted con las manos limpias, cándida y ausente y yo una amoral depravada. Pero se lo advierto: sus herederos abonarán hasta el último céntimo de la factura de mi terapeuta. Y no bromeo.

Susana Guzner

“El temblor de la falsificación” (Patricia Highsmith, Alfaguara)

Artículo publicado originariamente en la sección "Heterodoxia" de la web El leedor



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