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Tiempo de trabajo, tiempo de vida: ¿reorganización o conciliación?

Viernes 5 de mayo de 2006, por Cristina Carrasco

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Ponencia cedida expresamente por la autora para Ciudad de Mujeres


Mi intervención se centrará en dos aspectos que me parecen claves cuando analizamos la situación social y económica de las mujeres: el tiempo y el trabajo.

En primer lugar, en relación al tiempo, si nos situamos en períodos anteriores a la industrialización, observamos que los tiempos de trabajo guardaban estrecha relación con los ciclos de la naturaleza y de la vida humana. Con el surgimiento y consolidación de las sociedades industriales el tiempo queda mucho más ligado a las necesidades de la producción capitalista: el trabajo remunerado no vendrá determinado por las estaciones del año (tiempo de siembra, de cosecha,...) ni por la luz solar (se podrá trabajar independientemente de si es de noche o de día). El reloj -como tiempo cronometrado- se establecerá como instrumento de regulación y control del tiempo industrial, pero este último condicionará en parte el resto de los tiempos de vida y trabajo: la vida familiar deberá adaptarse a la jornada del trabajo remunerado. Con el desarrollo del capitalismo, el tiempo de trabajo como fuente importante de la obtención de beneficio, es considerado un "recurso escaso" y se mercantiliza, es decir, asume la forma de dinero. De aquí que características como la productividad o la eficiencia se conviertan en aspectos importantes en los procesos productivos, ya que significan ahorro de tiempo y, por tanto, de dinero.

Y, en segundo lugar, en relación al trabajo, es curioso y sorprendente que hayamos llegado al siglo XXI y no manejemos una definición aceptable de "trabajo", teniendo en cuenta que es la actividad básica que nos permite subsistir. Si pensamos nuevamente en economías preindustriales, casi todas las actividades que realizaban mujeres y hombres se denominaban trabajo. Parte importante de ellas iban dirigidas a la subsistencia de la población. Es con la industrialización que una parte de la producción se separa del lugar de vida y se comienza a producir para los mercados. Pero parte importante de las actividades necesarias para la vida continúan realizándose en el hogar, aunque a partir de este momento perderán su categoría de trabajo. Desde entonces, la economía (y la sociedad) no consideran "el otro trabajo" o “los otros trabajos”.

En busca de una perspectiva más realista

En consecuencia, si queremos desarrollar una perspectiva más realista de análisis social, debemos incluir las distintas actividades realizadas por las personas dirigidas a satisfacer sus necesidades de subsistencia. Así, observamos que nuestras sociedades industrializadas funcionan y subsisten a través de procesos que podríamos denominar de “producción y reproducción”. Se producen y reproducen bienes, personas, relaciones. Todos estos procesos están absolutamente relacionados e interconectados, de tal manera que difícilmente puede separarse uno de otro. La participación humana en estos procesos se acostumbra a denominar trabajo, empleo o actividad, sin que -a excepción tal vez del empleo- las definiciones sean claras y las fronteras entre ellos, nítidas. De estos “trabajos o actividades”, se pueden señalar tres como los más relevantes, tanto por su magnitud como por su significado: el empleo (o autoempleo), el trabajo familiar doméstico y el trabajo de participación ciudadana. El primero, está asignado socialmente a los hombres, es el único remunerado y de aquí, normalmente el único considerado por la economía como trabajo; el segundo tiene como objetivo el cuidado de la vida humana y ha sido tradicionalmente realizado por las mujeres; y el tercero -conocido también como trabajo voluntario- engloba una cantidad de actividades muy variadas realizadas en distintos espacios sociales y con un papel significativo en lo que podríamos llamar la cohesión social.

Ahora bien, estos procesos no son ni tan independientes ni tan autónomos como lo pretende la disciplina económica. Baste con preguntarse: en un proceso de producción mercantil ¿de dónde proviene la fuerza de trabajo? ¿es que se ha producido por generación espontánea? ¿son suficientes los salarios para asegurar la reproducción humana? Diversos estudios han mostrado que una parte muy importante de la población no puede reproducirse sólo con sus recursos monetarios. Para ello -como condición necesaria aunque no suficiente- los salarios deberían ser los de subsistencia real. Pero, si los salarios fuesen realmente de subsistencia, eso significaría que sólo realizando el trabajo de mercado podríamos subsistir con al menos un hijo o hija. Es decir, el salario permitiría comprar todos los bienes y servicios sin necesidad de realizar ningún otro trabajo. Entonces, ¿qué salarios deberíamos ganar? Está claro que la producción mercantil capitalista no podría funcionar pagando salarios de subsistencia real.

Pero, más aún. A pesar de que el sistema en términos monetarios-económicos no podría subsistir con sólo el trabajo mercantil, mucho más importante es otro aspecto del trabajo familiar doméstico, aquel que prácticamente lo define, aquel que determina su objetivo básico: el ser responsable del cuidado de la vida humana. Lo cual implica no sólo la subsistencia biológica, sino el bienestar, la calidad de vida, los afectos, las relaciones, etc., todo aquello que hace que seamos personas.

De aquí la necesidad urgente de elaborar esquemas interpretativos más realistas que integren tanto la llamada economía monetaria (mercantil capitalista) como la no monetaria (familiar doméstica y comunitaria) y los distintos tipos de trabajo. Diversas autoras están dedicadas a ello en los últimos años.

El diagrama (al final del documento) representa una economía que integra los dos sectores que participan en el mantenimiento de la vida humana. Representa lo que podemos denominar un "flujo circular de la renta ampliado" que permite hacer visible el trabajo de reproducción no remunerado y relacionarlo con el sistema productivo de las empresas mercantiles. La línea negra gruesa separa lo que sería la economía oficial (parte superior) y la economía invisible no remunerada (parte inferior). Lo que se muestra es la ampliación de la renta y la extensión de los estándares de vida cuando se considera la economía no monetaria.

¿Por qué la invisibilidad del trabajo familiar doméstico?

Si aceptamos que el trabajo no remunerado es absolutamente necesario para el sostenimiento y cuidado de la vida humana, ¿cómo es posible que se haya mantenido invisible?, ¿por qué no ha tenido el reconocimiento social y político que le corresponde? Seguramente la respuesta es compleja. En cualquier caso me aventuro a señalar dos grandes razones: una más antigua de orden ideológico patriarcal y otra, posiblemente más reciente, de orden económico.

La primera tiene que ver con las razones del patriarcado. Se sabe que en cualquier sociedad el grupo dominante (definido por raza, sexo, etnia, ...) define e impone sus valores y su concepción del mundo: construye unas estructuras sociales, establece las relaciones sociales y de poder, elabora el conocimiento y diseña los símbolos y la utilización del lenguaje. Pero además, dichos valores tienden a categorizarse como universales, con lo cual se invisibiliza al resto de la sociedad. Las sociedades patriarcales no han sido una excepción a la norma general. Así, vivimos en un mundo donde la ciencia y la cultura han sido construidas por el poder masculino y, por tanto, sólo se ha valorado aquello que guarda relación con la actividad de los varones. En el caso concreto que nos ocupa, todas las actividades relacionadas con el sostenimiento de la vida humana que tradicionalmente han realizado las mujeres y que en gran medida se caracterizan porque su resultado desaparece en el desarrollo de la actividad, no han sido valoradas. En cambio, aquellas que se realizan en el mundo público, que sus resultados trascienden el ámbito doméstico y que tradicionalmente han sido realizadas por los varones, gozan de valor social.

La segunda razón tiene que ver con el funcionamiento de los sistemas económicos. Históricamente los sistemas socioeconómicos han dependido de la esfera doméstica: han mantenido una determinada estructura familiar que les ha permitido asegurar la necesaria oferta de fuerza de trabajo a través del trabajo de las mujeres. En particular, en aquellos grupos de población de bajos recursos económicos la dependencia del sistema económico ha significado una verdadera explotación de la unidad doméstica. En todo caso, en cualquier sociedad, sin la aportación del trabajo de las mujeres la subsistencia del grupo familiar no hubiera estado nunca asegurada. Sin embargo, los sistemas económicos se nos han presentado tradicionalmente como autónomos, ocultando así la actividad doméstica, base esencial de la producción de la vida y de las fuerzas de trabajo.

En particular, los sistemas capitalistas son un caso paradigmático de esta forma de funcionamiento. En relación a la invisibilidad de la actividad desarrollada en el hogar, algunas autoras ya han puesto de manifiesto que en estos sistemas lo que permanece oculto no es tanto el trabajo doméstico en sí mismo sino la relación que mantiene con la producción capitalista. Esta actividad -al cuidar la vida humana- se constituye en el nexo entre el ámbito doméstico y la producción de mercado. De aquí que sea importante que este nexo permanezca oculto porque facilita el desplazamiento de costes desde la producción capitalista hacia la esfera doméstica. Estos costes tienen que ver con la reproducción de la fuerza de trabajo, con el mantenimiento de la población, con el desplazamiento de actividades de cuidados del sector público al privado, etc.

También se han puesto de manifiesto otros aspectos -económicos y relacionales- del trabajo familiar doméstico absolutamente necesarios para que el mercado y la producción capitalista puedan funcionar: el cuidado de la vida en su vertiente más subjetiva de afectos y relaciones, el papel de seguridad social del hogar (socialización, cuidados sanitarios), la gestión y relación con las instituciones, etc. Actividades todas ellas destinadas a criar y mantener personas saludables, con estabilidad emocional, seguridad afectiva, capacidad de relación y comunicación, etc., características humanas sin las cuales sería imposible no sólo el funcionamiento de la esfera mercantil capitalista, sino ni siquiera la adquisición del llamado "capital humano".

La historia reciente de las mujeres en España

Si miramos lo sucedido en las últimas décadas del siglo XX en España, tanto el mercado laboral femenino como el modelo familiar "male breadwinner" (hombre proveedor de ingresos-mujer ama de casa) comienzan a experimentar importantes transformaciones. Aunque si bien es cierto, no tanto como resultado de cambios institucionales, políticos u organizativos que apuntaran en esa dirección, sino básicamente como efecto de las decisiones de las propias mujeres. Sin embargo, la creciente incorporación de las mujeres al trabajo de mercado, no tiene como resultado el abandono del trabajo familiar: las mujeres continúan realizando esta actividad fundamentalmente porque le otorgan el valor que la sociedad patriarcal capitalista nunca ha querido reconocerle.

Lo impresionante es que estos cambios culturales y de comportamiento realizados por las mujeres no han tenido el eco correspondiente en el resto de la sociedad. Ni los varones como grupo de población ni las instituciones diversas han querido enterarse de los cambios profundos vividos por las mujeres. En consecuencia, el funcionamiento social no ha experimentado transformaciones sustanciales y los efectos de la nueva situación han tenido que ser asumidos por las propias mujeres.

El resultado es que la organización de nuestras sociedades vista desde fuera puede parecer absolutamente absurda e irracional. Seguramente si una “extraterrestre” sin previa información viniera a observar nuestra organización y desarrollo de la vida cotidiana, plantearía una primera pregunta de sentido común: ¿cómo es posible que madres y padres tengan un mes de vacaciones al año y las criaturas pequeñas tengan cuatro meses? ¿quién las cuida? o ¿cómo es posible que los horarios escolares no coincidan con los laborales? ¿cómo se organizan las familias? y ya no digamos si observa el número creciente de personas mayores que requieren cuidados directos. Probablemente nuestra extraterrestre quedaría asombrada de la pésima organización social de nuestra sociedad. Sin embargo, tendríamos que aclararle que está equivocada: no se trata exactamente de una mala organización, sino de una sociedad que continúa actuando como si se mantuviera el modelo de familia tradicional, es decir, con una mujer ama de casa a tiempo completo que realiza todas las tareas de cuidados necesarios. Y si esta mujer quiere incorporarse al mercado laboral es su responsabilidad individual resolver previamente la organización familiar.

Es decir, las organizaciones e instituciones sociales -y la sociedad en general-, siguen sin considerar que el cuidado de la vida humana sea una responsabilidad social y política. Esto queda claramente reflejado en los debates sobre el Estado del Bienestar donde es habitual que educación y sanidad se discutan como los servicios básicos y necesarios que debe ofrecer el sector público y, sin embargo, nunca se consideren, ni siquiera se nombren, los servicios de cuidados. Cuando de hecho, son por excelencia los más básicos: si a un niño no se le cuida cuando nace, no hace falta que nos preocupemos por su educación formal, sencillamente no llegará a la edad escolar.

Así, en la medida que las mujeres se han ido integrando al mercado laboral, ha ido desapareciendo el modelo familiar "hombre proveedor de ingresos - mujer ama de casa" y se ha ido abriendo paso un nuevo modelo que tiende a consolidarse: el hombre mantiene su rol casi intacto pero la figura del ama de casa tradicional tiende a desaparecer, lo cual no significa que ésta abandone sus tareas de cuidadora y gestora del hogar, sino que de hecho asume un doble papel, el familiar y el laboral.

En consecuencia, las mujeres enfrentadas casi en solitario al problema de “conciliar” tiempos y trabajos (familiar y laboral) han hecho de “variable de ajuste” entre las rigideces de ambos trabajos: las necesidades humanas (biológicas y relacionales) y las necesidades productivas y organizativas de la empresa, con costes importantes, particularmente para ellas, de calidad de vida. Este proceso de “conciliación” ha exigido a las mujeres desarrollar distintas formas de resistencia individual, adaptaciones y elecciones diversas que tienen que ver con reducciones del trabajo familiar, con la organización del trabajo de cuidados y con formas específicas de integrarse en el mercado de trabajo.

No obstante, el proceso de incorporación laboral de las mujeres les ha significado introducirse en un mundo definido y construido por y para los hombres. Un mundo -el mercantil- que sólo puede funcionar de la manera que lo hace porque descansa, se apoya y depende del trabajo familiar. Un mundo para el que se requiere libertad de tiempos y espacios, es decir, exige la presencia de alguien en casa que realice las actividades básicas para la vida. En este sentido, el modelo masculino de participación laboral no es generalizable. Si las mujeres imitaran el modelo masculino ¿quién cuidaría de la vida humana con toda la dedicación que ello implica?

La cuestión entonces es que mientras existía el tipo tradicional de familia junto al modelo de producción fordista y los trabajos de mujeres y hombres aparecían como paralelos e independientes, el nexo entre el cuidado de la vida y la producción capitalista permanecía oculto y toda la actividad que realizaban las mujeres en casa -cuidado físico y psicológico de la vida humana- se hacía invisible. Pero cuando las mujeres pasan a realizar los dos trabajos y viven en su propio cuerpo la enorme tensión que significa el solapamiento de tiempos y el continuo desplazamiento de un espacio a otro, entonces es cuando el conflicto de intereses entre los distintos trabajos comienza a hacerse visible. De esta manera, la tensión vivida por las mujeres no es sino reflejo de la contradicción mucho más profunda de nuestras sociedades: la que existe entre la producción capitalista y el bienestar humano, entre el objetivo del beneficio y el objetivo del cuidado de la vida.

Las mujeres acompañan la vida

La situación descrita para hombres y mujeres queda perfectamente reflejada en los modelos de participación en el mercado de trabajo de cada uno de ellos o ellas. En primer lugar, la participación laboral masculina responde al modelo de U invertida: los varones se incorporan en la edad laboral y permanecen en el mercado hasta la edad de jubilación. Modelo característico del modelo familiar “male breadwinner” que sin embargo ha permanecido intacto posteriormente a la masiva entrada de las mujeres en el mercado laboral. De esta manera, los varones han continuado dedicando tiempo de trabajo sólo al mercado y han mantenido su forma de participar (modelo U invertida).

El modelo femenino, en cambio, no tiene forma de U invertida, sino que ha asumido formas distintas de acuerdo a la situación socio-histórica cultural de cada país. Tradicionalmente podía tener dos picos -o lo que es lo mismo, forma de M- lo cual representaba la incorporación de las mujeres al mercado laboral, su retirada al nacimiento del primer hijo, su reincorporación cuando el hijo(a) menor tenía edad escolar y finalmente su retiro en la edad de la jubilación. O, un pico, que representaba que después del nacimiento del primer hijo(a) las mujeres no volvían al mercado laboral. Estos modelos han ido modificando sus formas mostrando una lenta tendencia hacia la forma de U invertida. Pero en ningún caso ha llegado a ser una U invertida, ni siquiera en los países del norte de Europa con tradición más antigua de participación femenina. Y no creo que sea una cuestión de “retraso temporal”. Más aún, creo que si en algún momento el modelo femenino llega a una forma de U invertida, no estará representando lo mismo que el modelo masculino, sino que estará escondiendo una forma de participación muy distinta a la de los varones: jornadas a tiempo parcial, mayor temporalidad, etc.

Si observamos ahora la otra cara de la moneda, la otra parte del proceso, vemos que la participación femenina en trabajo familiar doméstico sí que tiene forma de U invertida análoga a la de los varones en el mercado, pero con incorporación a edades más tempranas y sin retiro mientras las condiciones de salud lo permiten. Ahora bien, una característica importante del trabajo de cuidados es que su realización no es lineal, sino que sigue el ciclo de vida: se intensifica notablemente cuando se cuida a personas dependientes: niñas, niños, personas ancianas o enfermas. De aquí que la intensidad de participación de las mujeres en trabajo familiar doméstico depende en parte importante de su situación en el ciclo vital: lo habitual es que aumente cuando se pasa de vivir sola a vivir en pareja, continúe aumentando cuando se tienen hijos o hijas, disminuya -aunque se mantiene elevado- cuando éstos crecen y vuelva a aumentar si se tiene la responsabilidad de una persona mayor. Y, en cualquier momento puede aumentar por alguna situación específica: enfermedad, accidente,... de alguna persona del entorno afectivo. En este sentido podemos decir que las mujeres a través de su tiempo y su trabajo acompañan la vida humana.

En cambio, la participación doméstica de los varones, además de ser absolutamente minoritaria, es bastante lineal, en el sentido de que su intensidad prácticamente no se ve afectada por el ciclo vital. Este comportamiento responde perfectamente a la figura del “homo economicus”, personaje representativo de la teoría económica que dedica todo su tiempo a actividades de mercado y no le preocupan las actividades de cuidados. Sin embargo, el más elemental sentido común nos indica que el homo economicus sólo puede existir porque existen las féminas cuidadoras que se hacen cargo de él, de sus hijos e hijas y de sus madres y padres.

Además, es conveniente recordar que los tiempos de cuidados directos presentan otra característica: son más rígidos en el sentido de que no se pueden agrupar, muchos de ellos exigen horarios y jornadas bastante fijas y, por tanto, presentan mayores dificultades de combinación con otras actividades. Pero esto no es ni una situación extraordinaria ni una situación que interese valorar como “buena o mala”, sencillamente es una característica humana: todas y todos necesitamos ser cuidados en períodos determinados de nuestra vida.

¿Conciliación o reorganización?

En consecuencia, si tenemos en cuenta lo aquí señalado -los cambios experimentados por el modelo familiar, las rigideces que exigen las tareas de cuidados y la flexibilización del mercado laboral- todo en conjunto está implicando una difícil "conciliación" entre el tiempo de trabajo y los tiempos de las actividades públicas y de relaciones, particularmente para la población femenina que experimenta no sólo dificultades considerables para estructurar sus vidas, sino también una continua tensión y contradicción al solapar tiempos de dimensiones tan diferenciadas. Contradicción que repercute en la propia categoría del ser de las mujeres.

En definitiva, es absolutamente imprescindible una nueva organización de la producción y de los tiempos de trabajo que permita tanto a mujeres como a hombres realizar los distintos trabajos sin tensiones, aceptando que ambos son fundamentales para el desarrollo humano y la calidad de vida. Instituciones, empresas y hogares conforman la sociedad. De aquí que, por una parte, debemos exigir que las distintas administraciones elaboren y articulen políticas que tiendan a este objetivo. Por otra, es un reto para las empresas intentar una organización del trabajo y de la producción bajo un modelo que se aleje del modelo masculino de utilización del tiempo, que tenga en cuenta que las personas no somos siempre personas activas y sanas, sino que necesitamos cuidar y cuidarnos. Creo que es un gran desafío para todas y todos, y confío que posible si queremos una sociedad más humana y sostenible.

30 de enero de 2004



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