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Un apunte histórico cultural fundamental

Martes 18 de noviembre de 2008, por Nuria Bazaga Laporta

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Artículo publicado con el consentimiento de su autora.

Publicado originalmente en "Utopías / Nuestra Bandera", revista de debate político, nº 212 (Vol. II/2007)

Ver "Especial Simone de Beauvoir"


“Serás útil para el hombre o no serás”. En el segundo texto del capítulo “Mitos”- El segundo sexo- Simone de Beauvoir se dedica a analizar el lugar que han ocupado las mujeres en la obra de cinco escritores representativos de lo que ella llama una “actitud típica” entre los hombres que escriben: Montherlant, D. H. Lawrence, Claudel, Breton y Stendhal: en cada uno de ellos, escribe la autora, “se reflejaron los grandes mitos colectivos”. Tras analizar de forma particular cada uno de los casos, Beauvoir llega a la conclusión de que en todas estas obras la mujer queda reducida a las funciones que puede realizar para el beneficio del macho, a la otra respecto al sujeto central de la obra y, así, sus acciones, su existencia, pierden autonomía, nada de lo que hace tiene como objetivo a sí misma, sino a la realización del hombre el ego del cual se va extendiendo a lo largo de la obra.

Beauvoir establece una clasificación sobre el modo como son representadas las mujeres en los trabajos de esos autores: cada mujer responde a un rol muy concreto: algunas veces es el de la madre, creadora, otras el de la amante- compañera- inspiradora, del protagonista y tiene la función vital de conducir al macho hasta el descubrimiento de sí mismo: aparece para que el hombre tome conciencia de sí mismo, para que se realice como sujeto, su existencia en la ficción queda reducida a esta función y, si se niega a reducirla a esto, se convierte en la representación del mal: “serás útil para el hombre o serás el mal”: la mujer “debe renunciar a toda trascendencia personal y limitarse a nutrir la de su macho”, sentencia Beauvoir en aquel artículo; “(...) la mujer se nos ha presentado como carne, la carne del macho es engendrada por el vientre materno y recreada en los brazos de la amante” y, claro, puede entenderse esta identificación entre mujer y Naturaleza como algo elogioso cuando, de hecho, lo que muestra es que la mujer es para, y sólo para que el hombre llegue a ser. Aunque esto también quiera decir que los hombres-los héroes creados por esos autores- sean absolutamente incapaces de conseguir su objetivo por si solos, esto no salva el hecho de que, como musa y auxiliadora, la mujer no supera la categoría de ser para en aquellas obras, lo que justifica la manera como son descritas: “Para cada uno de ellos (de esos héroes), la mujer ideal será aquella que encarne más exactamente al Otro, capaz de rebelarle a sí mismo”. Pero en el fondo, eso nos conduce a otra de las ideas presentes en la obra de Beauvoir: que la mujer, entendida como vida, identificada con la Naturaleza, ha sido sometida desde el inicio por el macho destructor.

En el núcleo de la literatura de todos esos autores descansa aquella concepción concreta y limitada de la mujer y, desde aquel segundo plano en la literatura de hombres (la condena a la jugosa existencia del personaje secundario), la mujer de la ficción se aleja de la complejidad de la real: la mujer en relación a no limita, de hecho anula la presencia real de la mujer en la literatura. La historia de la literatura ha reducido a la mujer a madre, ángel y diablo y lo ha hecho de un modo tal que incluso en algunos autores, aunque no citados en el artículo que nos ocupa, como por ejemplo el venerado Dante esa reducción de los personajes femeninos se presenta como algo elogioso, incluso en obras donde aquellas no parecen responder a ninguno de esos roles de forma concreta, como es el caso de Lotte, la amada del Werther de Goethe, el amor por la cual acaba conduciendo al protagonista al suicidio.

Finalmente hay algo rotundo y espantoso en lo que se desprende del texto de Beauvoir: es un hecho que la cultura es una parte fundamental de la construcción del ser humano ¿A que clase de ser humano dará lugar la lectura de textos como los comentados por la autora? Beauvoir nos propone una serie de materiales para la reflexión sobre lo que hemos representado las mujeres a lo largo de la historia, sobre como hemos existido, sobre como hemos sido definidas: aquellos libros recogen la imagen que de la mujer tenían aquellos autores. La representación de la identidad en la ficción es un reflejo de la concepción de la mujer en el momento en que se escribe, lo que han realizado estos autores en el plano literario es una consecuencia de algo que está en el ambiente desde el inicio de la historia. En la introducción de la misma obra Beauvoir escribe que la mujer “ha sido definida como el Otro” y el trabajo que se propone la autora a lo largo de aquel libro consiste en desplegar las consecuencias que en las diferentes esferas ha tenido esta definición. La mujer está obligada a “el olvido de sí misma y el amor” y más allá de eso se diluye y desaparece, es la tierra para que el hombre tenga donde apoyar los pies, es para que el hombre devenga esa especie de Dios que la obra espera que devenga. Por ello escribe hacia el final del artículo Beauvoir: “Al definir a la mujer, cada escritor define su ética general y la idea singular que tiene acerca de sí mismo, y también inscribe en ella, a menudo, la distancia que existe entre su punto de vista sobre el mundo y sus sueños egoístas”.

En aquellas obras, en la mujer todo queda reducido a amor, un amor que limita, un amor que la convierte en la sirvienta cumplidora de la causa del macho y la hace incapaz de verse a si misma como tal: de reconocerse como la otra, como mera función.

Beauvoir cierra el texto afirmando con cierta, no, bastante, ironía que el lugar que ha ocupado la mujer en las obras de los autores comentados prueba que, al menos, “cada hombre tiene aún necesidad de adquirir consciencia de sí mismo”. Más allá de esto, el final de la lectura conduce de forma inevitable a un espacio de dudas la respuesta de las cuales parece llevarnos a una sola dirección: ¿Cómo abandonar ese rol? ¿De que manera dejar de ser representada como función? ¿Cómo pasar de ser la otra a ser centro complejo y autónomo de la trama? ¿Cómo recuperar la autonomía perdida por un amor esclavo? ¿Cómo acabar con un imaginario marcado por la sumisión y la obligación a la renuncia de la realización personal? La historia redujo a la mujer a madre, ángel y diablo, más allá de esto, la mujer de carne y hueso todavía tendrá que escribir mucho si quiere recuperar el tiempo que los hombres han perdido reduciéndola a la otra, por su parte Simone de Beauvoir realizó esta tarea, a través de algunas novelas, pero sobretodo de pequeñas obras de gran intensidad como La mujer rota o Monólogo dejó también para la posteridad un texto de corte biográfico- Memorias de una joven formal- en el que reflexionando sobre su propia existencia nos da las claves de aquella escritura a través de la cual la mujer atraviese finalmente las fronteras hacia la literatura.


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