> Inmigración y Multiculturalidad > Un auténtico genocidioArtículo cedido expresamente por la autora y Vindicación Feminista para Ciudad de Mujeres
Esposados, hambrientos, vestidos con harapos, los cientos de africanos que intentaron llegar hasta España a través de la verja de Melilla, porque creyeron que merecían el respeto de seres humanos, están atravesando, en autocares vigilados por el ejército marroquí, el desierto de Marruecos hacia la frontera de Argelia, nuevamente. Lloran y gritan, exhibiendo las esposas, pidiendo que les ayuden a los periodistas que les siguen en este nuevo y escalofriante éxodo. Nuevamente, porque hace un par de días ya recorrieron este mismo camino, de igual forma, para ser abandonados en la nada, sin comida ni agua. Hombres, mujeres, niños, enfermos, heridos, embarazadas, fueron fotografiados por los periodistas, ¡ y benditos sean, que el mundo es algo menos horrible gracias a ellos!. Sus fotos y películas recorrieron las ondas y escalofriaron a las buenas personas, movilizaron a las ONGs y fastidiaron a los gobernantes españoles y marroquíes, que habían decidido, con satisfacción, el traslado de tan molestos personajes. España los devolvió a Marruecos y Marruecos los envió al desierto. Problema resuelto. Recordamos que Aznar hizo algo parecido con setenta u ochenta africanos que drogó, maniató y envió en avión vaya usted a saber donde. Eso fue con un gobierno de derechas, hoy con un gobierno socialista los emigrantes subsaharianos se envían a morir de hambre y de sed al desierto. Al mismo tiempo, nuestra vicepresidenta aseguraba, ante las cámaras de televisión, que Marruecos cumplía con los derechos humanos.
Pero las imágenes eran demasiado comprometidas y hubo que decir que así no se podía hacer. Lo dijo la prensa y la televisión, lo lamentó Kofi Annan -ese otro subsahariano tan triste siempre ante lo que Naciones Unidas no puede nunca evitar- y hasta el presidente del gobierno español se dignó ordenar a su inoperante ministro de Asuntos Exteriores que se moviera para evitar el escándalo. Como Marruecos era ahora el directamente responsable, después de recibir el cargamento desde España, tuvo que enviar autocares custodiados por el ejército para recoger a los que vagaban por el desierto, con la promesa de que serían trasladados a sus países de origen; y los africanos, después de haber sufrido el éxodo de dos y tres años de camino para alcanzar Europa, ante la evidente disyuntiva de morir en el desierto o regresar derrotados a su casa, aceptaron la rendición, e incluso cantaron de alegría mientras subían a los autocares. Ingenuamente. Como nosotros, los espectadores conmovidos por su tragedia, que creímos que ya estaba todo arreglado. Si a los emigrantes se les devolvía a los países de origen nosotros podríamos dormir tranquilos en el nuestro.
¡Qué fácil es engañar a los pueblos! Unos, los más desgraciados, necesitaban desesperadamente ayuda, otros, necesitábamos creer las declaraciones oficiales para tranquilizarnos. Y en cuanto los espectadores europeos cerramos los ojos en nuestras blandas camas, los soldados marroquíes esposaron a los africanos y los autocares dieron media vuelta y regresaron al desierto.
Reflexionando desde la lucidez recobrada me planteo: Pero, ciertamente, ¿quién puede creer que Marruecos tuviese la voluntad y el dinero para organizar los vuelos a diez o doce países, separados por miles de kilómetros, y así conducir hasta su casa a aquellos cientos de desgraciados? ¿Quién va a pagar las facturas? ¿Con qué medios: aviones, combustible, personal, alimentos, agua, espacios en donde puedan esperar? Y, ¿acaso van a tener asistencia sanitaria? Nosotros, los ingenuos ciudadanos españoles, no nos planteamos tales preguntas, confiados una vez más en las declaraciones y promesas de nuestros gobernantes. Durante veinticuatro horas estuvimos relajados. Ese fue el único premio por nuestra credulidad. SOS Racismo asegura que en este éxodo se han abandonado cadáveres en el camino, que con los adultos viajan bebés a los que no se les ha dado comida ni agua en varios días y que padecen vómitos y diarreas, hay heridos de bala y de caídas y todos padecen extenuación extrema. “Muchos morirán, esto es un auténtico genocidio”, aseguraba la portavoz. Seguramente constituirá un alivio para los gobernantes españoles y marroquíes. Y también europeos, como los comisionados de la UE que hicieron una visita turística celérica a las vallas de Ceuta y Melilla y regresaron rápidamente a sus cómodas ciudades sin resolver nada.
Mientras, en Madrid se conmemora y agradece la acogida que el presidente de la República de Méjico, Lázaro Cárdenas, otorgó a los republicanos españoles en 1939. Entre 25 y 30.000 fueron asilados en un país que padecía un severo nivel de pobreza. Recibieron una gran bienvenida e inmediatamente se les concedió la nacionalidad mejicana, y con más o menos dificultades pudieron encontrar trabajos varios. Se sabe que lo mejor de nuestra intelectualidad fue a parar allí, pero se habla menos de que también miles de carpinteros, albañiles, campesinos, herreros y amas de casa tuvieron que refugiarse en el exilio. Y los mejicanos no nos debían nada, después de siglos de colonización española que supuso un enorme expolio de sus riquezas. Francia también, aunque menos amablemente, hubo de admitir a miles de nuestros compatriotas en aquella fecha y conocemos barrios enteros de españoles en las ciudades francesas. En los años cincuenta y sesenta, muchos otros de nuestros ciudadanos hubieron de abandonar la madrastra que tenían como patria para conseguir trabajo en Alemania, en Francia, en Suiza, en Latinoamérica y hasta en Australia. Y en épocas bien recientes el gobierno de la Alemania del oeste asumió ayudar a veinte millones de compatriotas del este, porque le daba prestigio y poder, después de haber albergado a cinco millones de turcos en los últimos años, porque necesitaban fuerza de trabajo barata.
Europa ha acogido a miles de desplazados según los intereses que defendía, o la presión a que ha sido sometida. Los recursos de los países ricos son en la actualidad mayores que en siglos pasados, pero se reparten entre los beneficios de las grandes empresas, el mantenimiento de los ejércitos, los sueldos de sus políticos y funcionarios y el precario sostenimiento de una cada vez más deficiente seguridad social, que beneficia a los suyos. A la par que los gobernantes y políticos españoles, muchos de los comentaristas aseguran que no podemos hacernos cargo de la inmigración que se nos viene encima, aunque todos ellos saben que nos faltan criadas y albañiles, basureros y camareras, porque nuestro continente está sostenido por la base por los emigrantes. Si en este mismo momento se pretendiera prescindir de los miles de africanos y latinoamericanos que desempeñan estos oficios, nuestro país se hundiría. Y tampoco confiesan que si la miseria se enseñorea de África es gracias a los cuatro siglos durante los que las potencias europeas han esquilmado sus recursos y esclavizado a sus habitantes. Esto que digo, y mucho más que sólo saben los enterados -por ejemplo cómo se distribuye de verdad el presupuesto estatal-, lo conocen perfectamente nuestro gobierno y nuestros comentaristas y nuestros políticos, pero no conviene decirlo. De otro modo, tendrían que plantearse derribar la valla de Melilla y dedicar el dinero para acoger a los miles de inmigrantes a los que tanto debemos.
Barcelona, 9 de octubre de 2005.