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Philippine
Bausch, llamada Pina, nace en Solingen (Alemania) en 1940.
Tras formarse con Jurt Jooss en Alemania y pasar una temporada en la
Juilliard School de Nueva York, vuelve a su país y comienza a trabajar
en el hoy mítico Tanztheater de Wuppertal, que dirige desde 1973.
Allí, muy pronto se convertirá en la creadora de ese rico y
extremadamente complejo territorio que se ha denominado Teatro-Danza.
Observadora nata desde niña, actúa impulsada por un afán de contar lo
que sucede a su alrededor y, para ello, como otros artistas de
diferentes campos, comienza por rechazar el concepto de “cuerpo ideal”
para mostrar una realidad heterogénea en la que el movimiento adquiere
un enorme poder trasgresor.
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De su mano
y del trabajo de sus bailarines han surgido piezas tan emblemáticas
como Ifigenia en Táuride, Café Müller, Arien, 1980, Kontakthofy muchas
otras, tan discutidas como admiradas en todo el mundo.
Del mismo
modo, su carácter trashumante y su enorme curiosidad por las
diferentes formas de vida la han llevado, desde los años 80, a
realizar distintas “residencias” en algunas de las grandes capitales
del mundo actual. Tras una estancia de dos meses con todos sus
bailarines en la ciudad elegida, siempre surge un nuevo espectáculo
que no tiene por qué estar directamente relacionado con la ciudad pero
que, sin duda, sale a la luz empapado de todas sus esencias. Roma,
Palermo, Madrid, Lisboa, Estambul o Hong Kong han sido algunas de sus
sedes.
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Todas sus obras han
sido realizadas casi siempre con la ayuda de más de veinte
bailarines y bailarinas, de diferentes razas
y países, que, siguiendo el peculiar
método de trabajo de la |
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directora, se implican
con sus propios miedos, sus propios deseos, sus complejos y, en
suma, con su propia vulnerabilidad. Esto lleva a la utilización de
toda la gestualidad del comportamiento cotidiano, tanto en lo
íntimo como en lo social; un aluvión de gestos físicos y
emocionales que la sabia mano de la Bausch recicla y reintegra en
composiciones llenas de originalidad, de ternura, de irónica
crueldad y, sobre todo, de un
vivo |
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humanismo que la sigue
manteniendo entre las grandes creadoras del arte actual.
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Entre sus
temas más recurrentes se encuentra el deseo de las personas de ser
amadas: “Todo lo que hacemos para que nos quieran”.
En resumidas cuentas, sus obras se valen de unos estereotipos del
comportamiento humano que la artista plantea en forma de preguntas
cuyas respuestas quedan siempre abiertas a las mil interpretaciones de
los espectadores y espectadoras.
Como ella misma afirma, “todos somos distintos. Seguro que hay
muchos niveles posibles de ser mujer y muchos de ser hombre así como
muchos ámbitos en los que ambos se unen, pero siempre he atendido
mucho más a la persona”.
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No cabe duda, sin
embargo, de que ese poner en el centro a la persona, sin
apriorismos de ningún tipo, esa posibilidad que le ha dado a los
bailarines y bailarinas para que muestren -de forma artística,
naturalmente, mas no por ello con menos sinceridad-, sus
sentimientos, sus experiencias, sus crisis y sus problemas de
relación con los y las demás, constituye una enorme aportación a
este camino fatigoso y lleno de obstáculos que debe llevarnos
hacia la igualdad (que no hacia la homologación) de la sociedad
contemporánea.
Hoy se encuentra retirada de la danza activa, salvo excepciones
como su participación con el cineasta Almodóvar en la película
“Hable con ella”. |
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