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...en la Música

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CÉCILE CHAMINADE
(Paris, 1857 -
Montecarlo, 1944) |
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En el verano de 1865, un joven músico francés
llamado Georges Bizet conoce en la ciudad francesa de Vésinet a una
niña de ocho años, llamada Cécile Louise Stephanie, hija del
financiero Monsieur Chaminade, que le deja asombrado por sus
cualidades musicales precoces, debido a las cuales llamaría en
adelante a la pequeña. “mon petit Mozart”.
Cuarenta años más tarde, esta niña sería ya una
dama en cuyo nombre y por admiración hacia ella se fundarían cientos
de clubs femeninos en Estados Unidos, cuyas partituras serían vendidas
por miles; y hasta daría nombre a una línea de cosméticos femeninos.
Aquella niña fue, en definitiva, la primera mujer que vivió de
componer música.
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Había nacido en París el ocho de agosto de 1857.
Su madre, que era una buena aficionada a la música, como muchas
mujeres de la burguesía por entonces, se ocupó de la iniciación
musical de su hija.
El joven Bizet, habitual visitante de la familia
Chaminade junto con otros músicos célebres, no se equivocó en absoluto
al recomendar encarecidamente que aquella diminuta genia tenía que
seguir estudios musicales más allá del ámbito familiar.
Su padre, sin embargo, tenía otra idea acerca de
lo que la música podía significar para una mujer de su clase. Se opuso
enérgicamente y declaró que una mujer burguesa sólo podía ser una
buena madre y esposa.
Tanto le lloraron madre e hija, tanto rogó Bizet
como amigo de la familia, que el padre, unos años después consintió en
que la jovencita acudiera a tomar lecciones con reputados maestros de
la época, con la única condición de que esas clases fueran privadas,
es decir, recibidas en absoluta soledad. No pudo Cécile compartir con
otros condiscípulos sus avances y experiencias, ni aprender en la
interrelación que es siempre una clase colectiva. No vivió, por
supuesto, el ambiente musical del Conservatorio de París. Tampoco pudo
variar apenas de maestro. Benjamin Godard fue su maestro más constante
e influyente.
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Sin embargo, desde que tocara a los ocho años
unas pequeñas piezas sacras que ella misma había compuesto para su
primera comunión, las que fueron el asombro de Bizet, no dejó nunca de
ser alabada y celebrada como compositora e intérprete, lo que no
impedía que ella en muchas ocasiones no se mostrara demasiado segura
de sus cualidades creativas; no debe asombrarnos tal cosa, porque hay
que considerar estas dudas, por una parte, las propias del propio
proceso creador y, por otra, el hecho de ser una verdadera pionera en
cuanto a su camino como compositora de éxito mundial; muchas mujeres
antes se habían dedicado a la música como intérpretes, bien en el
ámbito público, pero sobre todo en el ámbito privado del hogar o de
los conventos; pocas, sin embargo, habían podido desarrollar su labor
creativa como compositoras, pero desde luego a ninguna se le había
permitido una carrera pública en este sentido. Tenemos el estremecedor
ejemplo de Fanny Mendelshon o de Alma Mahler, que sufrieron todos los
prejuicios de su época y no pudieron desarrollar sus cualidades
musicales como debían, por el simple hecho de ser mujeres.
El caso de Cécile Chaminade se convierte entonces
en un primer ejemplo paradigmático de mujer compositora con una
carrera propia y exitosa.
Hasta la muerte de su padre, que en los últimos
tiempos de su vida ya se mostraba orgulloso de la carrera de su hija y
parecía haber olvidado de pronto el fin de toda mujer burguesa, Cécile
escribió lo que el mundo fuertemente masculinizado de su época llamaba
“música seria”.
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Su maravilloso y virtuosista “Concertino para
flauta”, que sigue siendo un desafío para cualquier flautista fue
compuesto, quizás para un flautista del que estaba enamorada y con
el cual no llegó a casarse, aunque puede resultar un hecho
legendario, ya que la única biografía más o menos fiable de
Chaminade, la que hizo su sobrina Antoinette Lorel, permanece aún
inédita en manos de la familia. A lo largo de su vida sólo se casó
una vez, con un anciano editor de música marsellés, con el cual
mantuvo o bien una relación platónica o bien un tranquilo
matrimonio de conveniencia, el cual sólo duró cinco años.
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Viuda de Monsieur Carbonel, el editor musical,
jamás volvió a casarse. Decía de ella misma:
“Mi amor es la música, de la cual yo soy
la religiosa, la vestal”.
A partir de la muerte de su padre, que no le dejó
precisamente una economía boyante, debido a sus malas inversiones, la
música se convirtió en su modo de ganarse la vida para ella y para su
madre, que fue, mientras vivió su fiel compañía.
Eso podría explicar que no escribiera más de la
llamada “música seria”, sino sólo piezas de piano para pianistas
intermedios y canciones acompañadas de piano. Esta dedicación suya le
proporcionó un enorme éxito en toda Europa y en Estados Unidos.
La admiración por sus composiciones alcanzó a
tanto que se fundaban clubs femeninos de admiradoras, y no sólo de su
música, sino de su talante y estilo como mujer. En uno de esos clubs
se llegó a formar una acróstico con sus iniciales que la definía como
ideal de mujer profunda, creativa, casi con un cariz místico.
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C – Concentrado y concertado esfuerzo.
H – Harmonía
de espíritu y trabajo.
A – Artísticos ideales.
M – Mérito musical mantenido.
I - Inspiración.
N – Notas.
A – Ardor y aspiración.
D – Devoción por el deber.
E – Empeño honorable.
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| Tenía un público femenino
ferviente que la adoraba, mientras los sectores musicales masculinos,
o sea, la gran mayoría, se pasmaban por una parte de sus cualidades o
denigraban su música como música de salón.
Lo cierto es que sus canciones siguen siendo hoy en día una
verdadera delicia, aunque su nombre esté olvidado del gran público y
sólo reservado a unas cuantas personas curiosas, eruditas y
musicólogas.
Steel Moegle, una de sus estudiosas, defiende su labor como
compositora explicando el espacio que la música clásica dejaba al
descubierto y que ella cubrió ampliamente y con excelencia. En
definitiva, Chaminade escribía su música para sus contemporáneas, para
las mujeres aficionadas a la música, pianistas y cantantes de mediano
nivel. Quizás estemos ante un caso de lenguaje femenino incomprendido
por el grupo humano que ha detentado el poder cultural durante siglos.
Así como Virginia Woolf reclamaba para las mujeres creadoras una
habitación propia, quizás lo que deba ser reivindicado de una vez hoy
en día, y ya sabemos que con lento y pacífico trabajo, sea una voz
propia y una crítica acertada y justa que la comprenda.
Chaminade, en el campo musical, la tuvo y eso le costó que siempre
pusieran en entredicho su originalidad –todos los críticos tratan de
encontrar el compositor al que se parece en cualquier pieza-, su peso
específico – sus piezas son calificadas de ligeras-, o su papel
innovador, cuando tales cosas nunca son buscadas en compositores
varones. Se le buscan maestros y antecedentes, no parecidos; la
ligereza en ellos es gracia; la falta de innovación es para ellos
acertada utilización de los recursos tradicionales.
Chaminade era una mujer en un mundo creativo de hombres. Un músico
llegó a decir de ella, y esto no se sabe muy bien cómo tomarlo, que no
era mujer que componía, sino un compositor que
era mujer. Curioso tema para una larga reflexión sobre el género en la
música, e incluso en otras artes. Pero sobre todo en la música, un
coto fuertemente cerrado y defendido durante siglos de la presencia
femenina.
De ello tenía verdadera conciencia la compositora y su análisis acerca
de las cualidades creativas de las mujeres y las barreras casi
infranqueables que podían encontrar se reflejan claramente en estas
palabras suyas:
“Yo no creo que las pocas
mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la
excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para las
mujeres; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado
seguridad… La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo
en el mundo y el trabajo que su sexo y condición les impone no ha
sido ajustado a darle una completa idea para el desarrollo de lo
mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y sólo unas pocas, a
pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad
inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa
incapacitación”.
Cécile recorrió toda Europa con enorme éxito, llegando hasta la misma
Turquía. La reina Victoria de Inglaterra la recibió con honores en
Windsor. Su gira por los Estados Unidos fue clamorosa. Fue recibida
por el propio presidente Roosvelt, agasajada y admirada en Canadá.
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Su obra consta de más de
cuatrocientas composiciones, de las cuales apenas podemos escuchar
hoy en día algunas grabaciones. |

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Entre sus composiciones, la mayoría publicadas sólo en partitura y no
grabadas comerciablemente, encontramos un ballet, “Callirhoé”, que se
mantuvo en cartel durante meses desde su estreno; el famoso Concertino
para flauta; los Seis estudios de concierto para piano; una obra
escénica, “La Sevillana”; una Sonata en Do menor; una gran cantidad de
hermosas canciones para soprano y piano; innumerables piezas para
piano solo.
No resulta comercial, es de suponer. Hasta tal punto esto es así que
una magnífica grabación de la Deustche Gramophone, realizada por la
soprano Anne Sophie Von Otter, no lleva en portada ni en la carátula
del disco el nombre de la compositora, sino en la contraportada y en
letra menor. Otra curiosidad, no sabemos si casual o intencionada.
Francia, cuyos músicos varones tanto la habían despreciado, la honró
finalmente concediéndole la Legión de Honor, convirtiéndose en la
primera mujer que recibía tal galardón.
Su comportamiento durante la Primera Guerra Mundial fue ejemplar. Dejó
de lado su carrera musical para convertirse en enfermera en un
hospital de campaña; tenía entonces cincuenta y siete años. Después de
la Guerra aún siguió componiendo, pero fue espaciando poco a poco sus
apariciones públicas.
En 1925 se retiró definitivamente de la escena musical y después de
sufrir la amputación de un pie, fue a vivir a Montecarlo, donde vivió
hasta su muerte, el 13 de agosto de 1944.
Su nombre y su música se hundieron en el olvido más absoluto. Hoy en
día aún no se ha recuperado su voz musical ni su personalidad de
vestal del arte, mujer y artista, de méritos personales y cívicos.
Parece que puede haber llegado el momento de recuperarla en la
genealogía de mujeres que nos precedieron y que hoy pueden ser iconos
de la liberación de las mujeres modernas.
Fuensanta M. Clares |
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