Nunca pudo asistir a la escuela así que pasó a enrolar
el colectivo del 60% de analfabetas, circunstancia común en aquella época
entre la población femenina.
Ayudaba a sus padres en las faenas del campo y pronto
se despierta en ella su conciencia de clase explotada. Nunca se afilió a
partido alguno aunque votaba al que pertenecía su madre, el Partido
Comunista.
Al acabar la Guerra todos los hombres de su familia
entraron a luchar en la guerrilla. Manuela junto con su madre tuvieron que
atender las necesidades, en durísimas condiciones, de los hermanos
pequeños y de los dos hijos que Manuela había tenido con su compañero
Miguel, a la vez que ayudaba a los hombres escondidos en el monte por lo
que sufrió torturas y palizas por parte de los franquistas.
Sin embargo, y a pesar del continuo acoso y vejaciones
y las constantes detenciones a que fue sometida no consiguieron que jamás
delatase a los suyos a los que finalmente se unió, dejando a sus propios
hijos al cuidado de su madre. En el monte dio a luz al tercero y ante la
imposibilidad de atenderle se vio obligada a abandonarlo en un cortijo. Al
parecer la atención que recibió de un médico falangista no fue demasiado
buena, el niño sólo vivió un año.
En 1944 es capturada en
Fuencaliente, el año anterior su compañero Miguel había muerto en un
tiroteo con la Guardia Civil. A pesar de las torturas a las que fue
sometida una vez más, no consiguieron obtener de ella información alguna.
Con un brazo partido fue conducida hacia la cárcel de Ventas donde le fue
conmutada la pena de muerte.
Durante su cautiverio
aprendió a leer y a coser con lo que pudo ayudar económicamente a su
madre.
Permaneció en prisión hasta
1961. Cuando salió en libertad tenía cuarenta y un años.