De su madre recibe una
educación liberal poco habitual en la época y en la clase social a la que
pertenecen. A una edad temprana se
manifiesta su conciencia de otra realidad distinta a la que ella disfruta.
En el colegio de monjas en el que ella asiste, el último año decide
impartir clases en la “escuela de las niñas pobres”, como contrapartida a
esta docencia de Isabel y a diversas ayudas provenientes de la burguesía
los padres de las niñas tenían que asistir a misa, actitud con la que
Isabel se muestra en desacuerdo.
Su conocimiento de
otras lenguas, le permite trabajar como profesora de español en la
localidad inglesa de Sussex y más tarde como corresponsal de prensa.
Pero su mayor deseo es
ser actriz y puede verlo cumplido gracias a la complicidad con su madre,
lo cual no deja de suponer un escándalo en su entorno cuando para tal
propósito se marchan a Madrid para que le hagan una prueba a instancias de
la actriz, María Tubau a la que conocen en un homenaje que se le concede
en Málaga y a la sazón, madre de Ceferino Palencia, crítico de arte con
quien Isabel se casa en 1909. Debuta en el teatro con la obra “Pepita Tudó”.
Su labor de actriz la
simultanea con la de corresponsal de la revista inglesa “Laffan News
Bureau” y con la de colaboradora del periódico “The Standard”. Igualmente
edita junto a su hermana y una amiga, una revista, “La dama y la vida
ilustrada” y se inicia como conferenciante en el Ateneo madrileño.
En 1918 comienza su
militancia feminista en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME),
de la que llega a ser presidenta. En 1920 asiste como delegada al XIII
Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, en
Ginebra, en su calidad de Secretaria del Consejo Supremo Feminista de
España.
Si de niña entra en
contacto con la clase trabajadora desde la óptica de la caridad, ahora lo
hace desde la de la justicia social, al ser invitada a pronunciar una
conferencia en la Casa del Pueblo sobre “Educación de las mujeres”, donde
descubre mujeres obreras, inteligentes, luchadoras y carentes de los
prejuicios que encorsetan a las mujeres de la burguesía de su época.
Mujer polifacética e
inquieta, se da a conocer también en los años veinte por la divulgación
del folclore y artesanías españolas en conferencias por Europa y América,
que recogió en su libro “El traje regional español” (Ed. Voluntad, Madrid,
1926) y por los problemas de la infancia, recogidos en “El alma del niño”
(1921), tratado sobre psicología y derechos de los menores.
En abril de 1926 se
crea el Lyceum Club Femenino, siendo presidenta María de Maeztu y como
vicepresidentas, Victoria Kent e Isabel Oyarzábal. A este club que supone
un gran paso en la cultura y liberación de las mujeres de su época, se las
critica desde los sectores conservadores, entre ellos, obviamente la
Iglesia por su feminismo activo en defensa del divorcio y otros postulados
progresistas.
En 1929 preside la
Liga Femenina Española por la Paz y la Libertad y se especializa en
Derecho Internacional, en el área del trabajo de la mujer y de la
infancia.
Es la única mujer que
forma parte de la Comisión Permanente de la Esclavitud en las Naciones
Unidas.
En 1931 se presenta
como candidata a diputada a las Cortes Constituyentes por el Partido
Socialista.
Se la nombra
traductora del Comité Organizador de la XX Sesión del Instituto
Internacional, Consejera Gubernamental en la XV Conferencia Internacional
del Trabajo, vocal del Consejo del Patronato del Instituto de Reeducación
Profesional y así un largo etcétera.
Su implicación
política es total y su relevancia se acrecienta hasta tal punto que en
1933 actúa como delegada en la Sociedad de Naciones y se le autoriza, en
nombre de la República, a ejercer como ministra plenipotenciaria, es
decir, a firmar una convención en nombre de su gobierno, hecho insólito
para una mujer en aquella época.
Igualmente, se
involucra en la lucha contra el fascismo y forma parte del Comité de
Mujeres contra la Guerra y el Fascismo.
En 1935, con la
derecha en el poder, se niega a representar a un “gobierno autoritario” en
la Conferencia Internacional del Trabajo y asiste como representante de
los trabajadores.
En 1936, declarada la
Guerra Civil Española, participa en la Comisión de Auxilio Femenino y es
nombrada por la República nuevamente Ministra Plenipotenciaria de segunda
clase, con destino en la Legación Española en Estocolmo donde desarrolla
una actividad incesante en defensa de la causa republicana. Con la derrota
del gobierno republicano, Isabel cuando logra reunir a los suyos,
liberados tras su paso por distintos campos de concentración franceses,
abandona la embajada e inicia su exilio en México.
Cuando parte de
Noruega y según costumbre tradicional, se le entregan unas serpentinas
para que las arroje desde el barco hacia las gentes que despiden a las
personas que van a emprender el viaje. Curiosamente las últimas cintas que
quedan entre sus dedos son tres, sus colores, morado, amarillo y rojo.
Para Isabel tiene este hecho un significado especial, el del vínculo
inquebrantable con su país para los exiliados españoles obligados a
abandonarlo. Guarda estas cintas, mientras vive, como un preciado
recuerdo.
En México continúa sin
descanso su actividad feminista e intelectual, publicando en 1959 el libro
“En mi hambre mando yo”.
En 1974 muere sin
haber podido cumplir su mayor deseo, regresar a España. Sus restos
descansan en el Panteón español de la capital mexicana.