Prilutzky, Julia

 20 de enero de 2007

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Julia Prilutzky Farny, nació en Kiev (Ucrania) en 1912 y adoptó la ciudadanía argentina. Cursó estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA y fue discípula de Alberto Williams en el Conservatorio Nacional de Música. Fue redactora de La Nación; El Hogar; Para Ti, El Mundo, Mundo Argentino y Clarín. Inauguró la cátedra de Literatura Hispanoamericana en las Universidades de Madrid y Salamanca y dictó cursos y conferencias en universidades de la Argentina y de Latinoamérica. Es una poeta representativa de la generación de los 40. 

Escribió su primer libro a los dieciocho años, “Títeres imperiales”, que se publicó por entregas en el diario  La Nación. Luego siguieron sus libros de poemas: “Viaje sin partida” (1939), “Intervalo” (1940), “ Sonetos” (1942), “ La Patria” (1949),  “Comarcas” (1949), “El Escudo” (1954), “Este sabor de lágrimas” (1954), “ Obra poéticas” (1959), “ No es el amor” (1967), “Hombre oscuro” (1968),  “Dulce y extraño amor” (1982).


Su libro "El escudo" recoge poemas sobre Juan Domingo Perón y Eva Perón e incluye el poema "Oración", que fue leído el 26 de julio de 1954 en un acto público masivo que se realizó en la avenida 9 de Julio, en Buenos Aires. ”Antología del amor”, publicada por primera vez en 1972, ha tenido veinticinco ediciones y mereció la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.

 

Cómo decir de pronto... - Tú duermes, ya lo sé... - Un día ...

Lluvia - No es el amor, lo sé, pero es de noche

 

No es el amor, lo sé,
pero es de noche
y yo estoy sola, frente
al mar que espera
con las uñas viscosas
de sus algas
y el sello de la sal sobre sus piedras:
sin cesar, desde el agua y las espumas
mil ramajes de brazos me recuerdan
que aguardan todavía
tendiéndome su ausencia.
Las mismas olas que devoran barcos,
que van hundiendo mástiles y velas,
tiran siempre de mí
salvajemente
ceñidas, enroscadas, como cuerdas.

No es el amor, lo sé, pero qué importa:
tiene su mismo rostro hecho de niebla
y su temblor febril y su acechanza,
tiene sus manos blandas que se aferran
con dura precisión.
Tiene su misma insólita presencia
con el prestigio de un fulgor pasado
y la futura soledad que empieza.
Tiene sin duda del amor la insidia
y el desgajado abandonar reservas
hasta quedar desnudo
como un árbol reseco.
Tiene el rondar la sangre
como un fantasma hambriento
sobre la inaccesible piel del mundo,
lamiendo inútilmente su corteza,
desesperado, ávido,
con la exacta impaciencia
del querer, del después,
del otoño y la espera.
Y aquel recomenzar desde la bruma
que es su signo quizá.
Y su señal más cierta.

No sé cuándo ha llegado:
es como un viejo amigo que regresa
con el rostro cambiado por los viajes,
las fiebres, el alcohol, las peripecias.
Reconozco sus rasgos,
su voz que ha enronquecido, pero es ésta,
su antigua voz que dice otras palabras
semejantes a aquéllas.
No es el amor, lo sé, y sin embargo
es su paso otra vez, y las caricias
recobran los caminos sin urgencia.
No hay palabras, y puedo estar callada:
todo es tan simple así, tan sin sorpresa
y es tan fácil estar, tan necesario.
No es el amor, tal vez. ¿Y si lo fuera?

 

 

Lluvia

 

Llueve otra vez. Llueve
de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega
con la lluvia.
Sobre la calle una
llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...

Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.

Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.
 

 

Un día ...

 

Un día te querré... Un día: ¿cuándo?
No lo sé, ni me importa, todavía.
Tan segura de amarte estoy, un día,
que ni anhelo ni busco, voy andando.
Mi mano que la espera va ahuecando,
y hoy reposa indolente, blanda y fría.
Un día te querrá... Hoy sólo ansía
encerrarse en la tuya, descansando.
Mi amor sabe aguardar. No es impaciente:
su deseo es arroyo, y no torrente
que hacia ti, con certeza, sigue andando.
Y una tarde cualquiera y diferente
me ha de dar a tu amor, serenamente.
Un día te amaré:
¿qué importa cuándo?
 

 

Cómo decir de pronto...

 

Cómo decir de pronto:
tómame entre las manos,
no me dejes caer. Te necesito:
Acepta este milagro.
Tenemos que aprender a no asombrarnos
de habernos encontrado,
de que la vida pueda estar de pronto
en el silencio o la mirada.
Tenemos que aprender a ser felices,
a no extrañarnos
de tener algo nuestro.
Tenemos que aprender a no temernos
y a no asustarnos
y a estar seguros.
Y a no causarnos daño.
 

 

Tú duermes, ya lo sé...

Tú duermes, ya lo sé.
Te estoy velando.
No importa que estés lejos,
que no escuche
tu cadencia en la sombra;
no importa que no pueda
pasar mi mano sobre tu cabeza,
tus sienes y tus hombros.

Yo estoy velando, siempre.
No importa que no pueda acurrucarme
para que tú me envuelvas sin saberlo,
para que tú me abraces sin sentirlo,
para que me retengas
mientras yo tiemblo y digo simplemente
palabras que no escuchas.
Yo puedo estar tan lejos
pero sigo velando cuando duermes.

 

 

   
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